¿Podrá China rescatar a Europa?

La crisis de la deuda en Europa ha dejado de ser un asunto europeo. Combinada con los temores de una nueva caída de los Estados Unidos en la recesión, la crisis europea de la deuda está arrastrando a la economía mundial a otro ciclo de pánico financiero y recesión económica.

Las economías con mercados en ascenso en general y los llamado países BRIC (el Brasil, Rusia, la India y China) en particular pueden sentirse afortunados de haberse librado de esa vorágine financiera, que contemplan desde la barrera, pero deberían reflexionar al respecto. Con unos mercados financieros mundiales y unas redes comerciales estrechamente integrados, las crisis financieras y las contracciones económicas en las economías desarrolladas, que aún representan casi el 60 por ciento del PIB del mundo, inevitablemente socavarán las prosperidad de los países con mercados en ascenso.

Así, pues, algunos han pedido a los más importantes países en ascenso que den un paso adelante y recurran a sus enormes reservas de divisas para comprar la deuda de países asolados por la crisis, como, por ejemplo, Grecia, Italia y España. En particular, se ve a China, con sus 3,2 billones de dólares de reservas de divisas, como un posible caballero blanco que podría acudir al rescate de las naciones europeas azotadas por la deuda.

China ha jugado con esas esperanzas y se ha mostrado a un tiempo timorata y exigente. Sin comprometerse a prestar asistencia substancial alguna, el Gobierno chino ha pedido públicamente que la Unión Europea conceda a su país la codiciada condición de “economía de mercado”, si quiere que afloje el bolsillo. Esa condición tiene importancia, porque, si la consigue, resultará mas difícil que se considere a las empresas chinas culpables de inundar los mercados extranjeros mediante una competencia desleal.

Lamentablemente, quienes esperan que China desempeñe un papel directo para calmar el pánico financiero en Europa no dan prueba de realismo. Los dirigentes chinos han sido extraordinariamente reacios a correr riesgos en sus incursiones en los asuntos financieros internacionales y, en vísperas de una transición en la dirección (que, según se espera, se producirá dentro de un año), ningún funcionario superior se atreve a poner en peligro sus perspectivas políticas propugnando medidas audaces y polémicas. Aun suponiendo que China tuviera la voluntad de ayudar a las economías de Europa que padecen dificultades, sólo podría aportar una porción modesta de la enorme cantidad de financiación necesaria para restablecer la confianza en la deuda soberana europea.

Pero eso no significa que China no pueda hacer nada para ayudar a Europa. Si bien el intento de los funcionarios chinos de obtener una concesión enorme –la condición de economía de mercado– es inoportuna y resulta de mal gusto, el Gobierno de China debe sopesar los importantes beneficios que podría obtener al prestar una ayuda limitada, pero importante, a Europa en su momento de necesidad.

De hecho, hacerlo redundaría en beneficio de la propia China como parte interesada en la estabilidad económica de Europa. La UE es el mayor socio comercial de China, pues las exportaciones de mercancías que aquélla recibió ascendieron a 383.000 millones en 2010. Así, pues, una recesión en Europa causaría también una desaceleración de la economía –dependiente de la exportación– de China.

Las secuelas financieras de la crisis de la deuda podrían suponer también enormes pérdidas para China. Unos 800.000 millones de dólares de sus reservas de divisas están invertidos en activos denominados en euros. Una suspensión de pagos desordenada y la consiguiente presión a la baja del euro causaría inevitablemente  una pérdida de valor de las inversiones chinas.

China puede adoptar tres medidas para ayudar a Europa, pero, para que den resultado, la UE debe dejar de lado algunas de sus antiguas sospechas sobre China. En primer lugar, ésta puede contribuir al aumento de las exportaciones de la UE reduciendo sus obstáculos administrativos al comercio de productos procedentes de la UE. A corto plazo, eso podría aminorar el propio crecimiento de China, pero, en vista de su gigantesco superávit comercial con la UE (230.000 millones en 2010), se trata de una medida razonable y que se debería haber aplicado ya hace mucho. Un diez por ciento de aumento de las exportaciones de la UE a China (un incremento neto de 15.000 millones al año) contribuiría a la creación de al menos 300.000 puestos de trabajo e impulsaría las perspectivas de crecimiento de Europa.

En segundo lugar, China puede participar en la recapitalización bancaria en Europa. En este momento, los bancos de Europa necesitan urgentemente apuntalar sus balances. El fondo soberano y las entidades financieras no bancarias de China han estado muy interesados en invertir en bancos occidentales bien asentados. Éste es un buen momento para hacerlo, pues las valoraciones de dichos bancos se han desplomado.

Por último, la crisis de Europa brinda una atractiva oportunidad para que China aumente su inversión directa en ella. En 2010, dicha inversión ascendió a sólo 1.300 millones de dólares. Hoy, cuando los gobiernos y las empresas de Europa están abriendo los brazos a los inversores extranjeros, las empresas chinas deseosas de conseguir mercados, tecnologías y diversificación pueden obtener pingües beneficios.

Pero en Europa se ha visto con recelo el dinero chino, lo que refleja los temores de que China tenga un programa político oculto. Esa parcialidad ha disuadido al capital chino de hacer apuestas mayores en Europa. Ya es hora de que Europa apueste por China.

Es probable que semejantes medidas impulsen las perspectivas de crecimiento a medio plazo de Europa. Si bien lo más probable es que no tuvieran efectos tranquilizadores inmediatos en los mercados financieros que actualmente son presa del pánico, son algo mucho mejor que contemplar con los brazos cruzados la caída de Europa en un abismo financiero.

Por Minxin Pei, profesor de Administración Pública en la Universidad de Claremont McKenna. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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