¿Podrá el erizo quijotesco con el zorro hamletiano?

El privilegio coyuntural de ser el único ser humano que en el transcurso del último mes ha hablado durante horas y horas tanto con Zapatero como con Rajoy ha aumentado exponencialmente los requerimientos privados a emitir un pronóstico que, como director de este periódico, habría recibido en todo caso al acercarse las elecciones. «¿Cómo has visto al presidente a micrófono cerrado?». «¿Qué tal encontraste a Mariano el día que cenasteis en Santiago?». «¿Pero de verdad tú quién crees que va a ganar?».

Los propios términos en los que una y otra vez se me formula esta última pregunta podrían parecer bien poco halagadores no sé si para mi persona o para el conjunto de la profesión, pues presupondrían que los periodistas realizamos un diagnóstico de mentira -o de conveniencia- ante nuestros lectores y, como si fuéramos vulgares políticos, guardamos la franqueza -a menudo inconveniente- para nuestro círculo más íntimo.

Yo lo interpreto, sin embargo, como una elocuente muestra del estado de ansiedad que se ha apoderado de los cenáculos madrileños -o gallegos o granadinos- ante la inesperada falta de contundencia de la mayoría de las encuestas. Y el hecho de que, tal y como ya reflejé de forma sucesiva en esta misma página, ni Zapatero ni Rajoy dejaran de interrogar al interrogador en términos similares es la prueba de que más allá del optimismo adolescente del uno y del puntilloso egotrip del otro, en el fondo a ninguno de los dos les cabe la camisa en el cuerpo.

Tal vez lo inteligente en esta situación sería susurrar en los oídos de mis comunicantes nuevas claves o pronósticos que a ellos les hicieran sentirse mejor informados y a mí más cotizado en la escala de su aprecio. Pero por mucho que lo intento -será que ni mi conciencia ni mi caletre dan ya más de sí- no consigo perfeccionar ni lo que le dije a Zapatero cuando le comenté que «el vencedor será aquel de vosotros dos que logre completar su imagen pública con una parte de los atributos positivos que los ciudadanos ven en el otro», ni lo que le auguré a Rajoy cuando le espeté que «si los españoles piensan que la cosa no va mal podrán permitirse el lujo de que vuelva a ganar Zapatero, pero si se dan cuenta de que sus problemas son serios entonces recurrirán a ti como valor refugio».

A través del blog desde el que ha empezado a enriquecer el debate diario que todo lector que se precie debe mantener con su periódico, Arcadi Espada ha planteado una pregunta y detectado una presunta contradicción en torno a estos dos remedos de juicio salomónico. Paso a contestarle en pos del hilo conductor de esta carta.

«Convendría saber por qué el Director deja claro que la eliminación del tuteo -entre políticos y periodistas- es un mero artificio y por qué lo mantiene». Respuesta: porque quiero que quede constancia de que no me limito a suministrar una versión editada, limpia de ruidos sintácticos y en cierto modo teatralizada de una conversación concebida para quedar expuesta en el escaparate, mientras el relato del encuentro real con todas sus sorpresas e imperfecciones queda oculto en la trastienda de las confidencias para unos pocos. Es decir, que aunque es cierto que el trato humano crea un espacio de intimidad coloquial antes o después de que la entrevista haya adquirido el ropaje formal de un acto público, no por eso el periodista -y por lo tanto el lector- deja de estar ahí si lo que se hace o se dice tiene valor informativo. Por eso conté lo del melón con sal en La Moncloa o la escena en la que «Mariano» describía en qué sillas había sentado a «Alberto» y «Esperanza». ¿O es que alguien pudo creer que yo estaba en el balcón de Carabaña porque me gustaban las procesiones?

La segunda observación tiene mucha más enjundia: «Enredado en la equivalencia, el Director parece tener problemas con la lógica. Al presidente Zapatero le dice que ganará en la medida que logre parecerse a Rajoy. Y a Rajoy le augura el éxito en la medida en que la percepción general de la situación económica le permita exhibir hasta qué punto es diferente del otro».

No hay tal contradicción e intentaré explicarlo mediante la clásica representación cruzada de un eje de abscisas y otro de ordenadas. Pongamos en la barra horizontal, en el extremo izquierdo, el máximo nivel de satisfacción social imaginable en la ciudad alegre y confiada, y en el derecho, un frenético estado de alarma roja fruto de la acumulación de todo tipo de desconfianzas y preocupaciones. ¿Verdad que entre el pánfilo don Optimo y el avinagrado don Pésimo cabe una amplia panoplia de sensaciones intermedias?

Centrémonos ahora con más detalle en la línea vertical, situando en la parte de arriba el perfil de Zapatero y en la de abajo el de Rajoy, pero no clasificándolos en función de convencionales etiquetas ideológicas, sino al modo de los zoólogos y de acuerdo con la célebre distinción que Isaiah Berlin hizo entre zorros y erizos. Si tomo esta referencia no es sólo como público desagravio al inteligente diputado del PP José María Lassalle, que de resultas del absorbente plan de trabajo de mis conversaciones con Rajoy se quedó sin dos de sus ponentes -el entrevistador y el entrevistado- en las jornadas que organizaba como homenaje al gran pensador liberal británico, sino también a modo de explicación de lo que tenía en la cabeza cuando formulé mi cábala ante el presidente y de lo que hubiera expuesto en la Fundación Ortega si hubiera podido cumplir con un compromiso tan atrevido como el de dictar una conferencia titulada Isaiah Berlin ante las elecciones del 9-M.

La dicotomía procede de un verso del poeta griego Arquíloco: «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una cosa grande». Para Berlin esto implica que «los escritores, los pensadores y los seres humanos en general» se dividen entre quienes «relacionan todo con una visión central única... un principio organizativo universal que por sí mismo da sentido a todo lo que son y lo que dicen» y quienes «persiguen muchos fines, a menudo sin relación entre sí y a veces contradictorios, conectados en todo caso por alguna causa psicológica o fisiológica». Los erizos son, pues, centrípetos, y los zorros centrífugos. Erizos son quienes se empecinan en la firme defensa de sus convicciones, sean éstas cuales sean, y zorros, aquellos merodeadores que entran y salen, suben y bajan, disfrutando siempre con la propia experiencia de la búsqueda. Los erizos lo tienen claro y con ellos sabes siempre a qué atenerte. Los zorros hacen de la duda un arte y transmiten una atractiva sensación de aventura y reinvención de la realidad.

Si aun advirtiendo que se trata de una catalogación un tanto arbitraria y nada rígida, Berlin identifica como zorros a Shakespeare, Montaigne, Molière, Balzac o Joyce, y como erizos a Platón, Hegel, Dante, Dostoievski o Nietzsche, espero que no me retiren el Premio Internacional de Periodismo que me concedieron el año pasado bajo su advocación si traslado tales analogías a la fauna política de nuestra democracia. Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Tierno Galván, Miguel Roca, Josep Tarradellas, Pío Cabanillas Gallas o Alberto Ruiz- Gallardón pertenecerían como Zapatero a la especie de los zorros, mientras que José María Aznar, Alfonso Guerra, Julio Anguita, Jordi Pujol, Marcelino Camacho, Xabier Arzalluz, Esperanza Aguirre o José Bono acompañarían a Rajoy en la de los erizos.

Se trata, como se ve, de una división transversal que no distingue ni las ideologías, ni las afinidades personales, ni las experiencias vitales, ni las categorías morales, ni el mayor o menor ardor guerrero, sino tan sólo dos formas distintas de mirar e interpretar cuanto sucede. Los zorros son poliédricos, camaleónicos y caleidoscópicos. Los erizos son monistas en el sentido de que todo lo enfocan a través de un determinado prisma, sea conservador, izquierdista o liberal, españolista o separatista: como diría uno de los ya mentados, «programa, programa, programa». Los zorros adaptan sus posiciones hasta a los resultados del Campeonato Nacional de Liga -«en realidad este Ronaldinho siempre ha sido más bien pálido de cara...»-, mientras los erizos se resisten como gato panza arriba a que la realidad les estropee un buen titular.

A los zorros se les tacha a menudo su oportunismo y frivolidad; a los erizos, su rigidez y soberbia. El zorruno Zapatero alardea, cómo no, de «cintura», proclamando que la suya está en el cerebro; y el erizado Rajoy reivindica cuatro atributos arquetípicos de su condición: «Seré un presidente previsible, patriota, independiente... y resolutivo». Sólo añadió el ingrediente de «moderado», dándonos una buena pista, al no ser capaz de imaginarse en una situación como la de Sarkozy con Carla Bruni -«Oiga usted, es que yo soy de Pontevedra»-, de que también en estas escalas zoológicas hay todavía clases.

Zapatero puede ser liberal en una casilla del tablero e intervencionista en la de al lado; kennediano y antiyanqui, simpático y sectario, magnético y poco de fiar: estamos ante el hombre en cuya boca las mismas palabras pueden querer decir una cosa y su contraria; ante el gobernante que ha logrado tardar nueve meses en recorrer la distancia más corta imaginable entre los dos puntos contiguos que ocupan Batasuna y ANV. Rajoy es el hombre del sentido común, la continuidad, la coherencia, la fe en el esfuerzo, la defensa de la unidad de España, el apego al principio de autoridad y la preocupación por la cesta de la compra. No es una cuestión de carácter sino de fuste. El uno comunica muy bien su embarullamiento, el otro nubla su claridad unidimensional a través del filtro de su ironía. Al campo del uno no hay manera de ponerle puertas... y al otro no lo saques de ahí.

En un ensayo sobre su admirado Turgueniev, Isaiah Berlin identificó elogiosamente a los zorros con las dudas de Hamlet, y a los erizos, de forma más crítica, con el dogmatismo con que Don Quijote persigue su ideal. En un brillante artículo publicado en el último número de los Cuadernos de Pensamiento de FAES, el propio José María Lassalle abraza esa misma preferencia al advertir que mientras los erizos quijotescos «son víctimas de la pasión existencial de querer comprender todas las cosas desde el prisma de un todo unitario», los zorros hamletianos «están expuestos a las contradicciones y tensiones que genera el pluralismo de los valores y el relativismo de la verdad».

¿Un quinta columnista en la cocina ideológica de Aznar? ¿Un infiltrado de talante zapateril en la corte del Rey Mariano? No, en este caso la explicación es tan sencilla como la vida misma: un profesor de universidad y diputado del PP casado con una profesora de universidad y diputada del PSOE o, para ponerlo más difícil, del PSC. O sea, alguien que, como el propio Lassalle escribe, glosando la laudatio de Berlin sobre Turgueniev, «valoró lo ajeno incluso en medio de la zozobra y agonía de lo propio, pero que supo que entender al otro no significa tener que aprobar su conducta ni sus ideas».

El hecho de que los dos dirigentes políticos más elogiados por Berlin fueran simultáneamente el requetezorro Roosevelt por su «capacidad de integrar una enorme amalgama de datos cambiantes» y el archierizo Churchill por su «diamantina firmeza de propósito» demuestra no sólo que cada situación -incluso en un mismo momento histórico- requiere de un tipo de liderazgo distinto, sino también que partiendo desde actitudes políticas prácticamente opuestas puede convergerse no ya en un proyecto compartido sino en un fin idéntico.

Podrá alegarse que menos mal que el hamletiano Roosevelt no era el inquilino de Downing Street, porque entonces los nazis habrían ganado la Batalla de Inglaterra, y menos mal que el quijotesco Churchill no habitaba en la Casa Blanca, porque ningún New Deal habría sacado a los Estados Unidos ni de la Gran Depresión ni del aislacionismo. Pero como, por fortuna, raras veces las sociedades humanas viven situaciones tan límites como las que moldearon la era de la Segunda Guerra Mundial, habrá que comprender que, puestos a elegir entre un prestidigitador y un centinela, la predilección de la mayoría de nuestros contemporáneos se incline por el mestizaje.

De hecho la mejor descripción que he leído del propio Isaiah Berlin es la que hace su biógrafo Michael Ignatieff, cuando lo define como «el tipo de zorro que anhela ser erizo: saber una cosa, sentir una cosa con más autenticidad que otra». Después de haberse retratado mordazmente a sí mismo como una especie de «taxi intelectual», Berlin encontró, según Ignatieff, «esa única cosa grande que iba a ordenar toda su vida intelectual en el tema de la libertad y la libertad traicionada». Se refiere obviamente a sus famosas conferencias de finales de los 50 en defensa de la «libertad negativa», es decir, de la libertad como «no interferencia», un concepto, por cierto, fronterizo con la insistencia del zapaterista Philip Pettit en el baremo de la «no dominación».

Esa misma metamorfosis del zorro convertido en erizo detectada en su evolución intelectual la encontramos también en su comportamiento público cuando, invitado por Philip Toynbee a sumarse a una campaña a favor del Desarme Nuclear Unilateral, el «liberal bien intencionado, vacilante, meditabundo, testigo de la compleja verdad» que Berlin veía en sí mismo a través de Turgueniev, decidió plantarse: «A menos que haya un punto en el que estés dispuesto a luchar contra viento y marea, y sean cuales sean los peligros, no solamente para ti, sino para cualquiera, todos los principios se vuelven flexibles, todos los códigos se deshacen, y todos los fines mismos para los que vivimos desaparecen».

Volviendo a nuestro propio zoo de cristal, los mejores momentos de la Transición son fruto de esas mutaciones parciales y en gran medida reversibles: por ejemplo, cuando todas las zorrerías de Adolfo Suárez quedan aparcadas para interponerse ante el golpismo militar -erguido en su escaño la tarde del 23-F- como el más numantino y berroqueño de los erizos; o cuando Alfonso Guerra, el hombre del saco de la derechona, deja todas sus púas de erinácido insectívoro en el guardarropa del restaurante donde se sienta a negociar, de zorrezno a zorrezno, la Constitución con Fernando Abril. El zorro González se convierte en erizo cuando decide jugársela, primero obligando al PSOE a abandonar el marxismo, y luego, ya en el poder, doblando la mano a la izquierda social en el referéndum de la OTAN: «El que me echa un pulso lo pierde», dice para bien y para mal. El erizo Aznar conquista la mayoría absoluta cuando asombra a tirios y troyanos negociando y pactando astutamente con casi todo el espectro político y las fuerzas sociales.

Tanto Rajoy como Zapatero son conscientes de que la sociedad española -o al menos esos decisivos sectores intermedios que inclinarán la balanza dentro de 34 días- se mueve entre el anhelo de votar por alguien que reúna la inteligencia del uno y la belleza del otro y el riesgo de que, como en la broma de Bernard Shaw, la criatura salga con los atributos cambiados y hagamos un pan como unas hostias. Ambos saben que en el transcurso de la campaña y en especial durante los debates televisados tienen que encontrar un punto de equilibrio consistente en combatir el estereotipo de sus defectos sin dejar de reafirmar las virtudes conexas a ese estereotipo.

Zapatero necesita aparecer más fiable, sólido y solvente sin dejar de resultar simpático, moderno y audaz. Rajoy necesita exhalar más simpatía, modernidad y audacia sin dejar de transmitir fiabilidad, solidez y solvencia. Por eso en su entrevista Zapatero se comprometió «rotundamente» a no volver a negociar con ETA, dejando sin embargo en el ambiente la sensación de que estaría dispuesto a correr de nuevo riesgos en pro de la «causa noble de la paz»; y en la suya Rajoy se desmarcó de la foto de las Azores y de las posiciones de la Iglesia sobre el aborto, el divorcio y el matrimonio homosexual, pero sin olvidarse de remachar su occidentalismo y su defensa acérrima de la familia. Por eso el PSOE ha introducido en su campaña el rancio y misionero lema Motivos para creer y el PP se ha inventado el innovador truco de la llamada personalizada de Rajoy a través de internet. En todo ello consiste, hoy en día, el viaje hacia el centro político.

Pero claro, estas estrategias no suceden en el vacío, sino que entre tanto los acontecimientos fluyen en el sentido incontrolable y en cierto modo caótico en el que el Tolstoi estudiado por Berlin veía avanzar la Historia, mientras Napoleón y el zar Alejandro creían fatua y ridículamente dominarla. De ahí que interrelacionar la necesidad de ganar aceptabilidad a base de capturar parte de las virtudes del otro, con la conveniencia de modular esa aproximación según la atmósfera colectiva que vaya consolidándose de aquí al 9-M, pues en definitiva las elecciones reflejarán la fotografía instantánea de una jornada determinada, no es, querido Arcadi, atentar contra la «lógica», sino por el contrario tratar de exprimir todo su zumo.

Nadie duda de que si ETA hubiera abandonado el terrorismo, Ibarretxe hubiera renunciado a su plan, la inflación estuviera en el 2% y el crecimiento en el 5%, Zapatero ganaría por goleada. Y tampoco que si todas las semanas hubiera un atentado con víctimas mortales, la secesión del País Vasco fuera cuestión de días y tuviéramos, al revés, una inflación del 5% y un crecimiento del 2%, estaríamos en puertas de un triunfo apabullante de Rajoy.

Sin llegar a ninguno de esos dos supuestos extremos, hasta muy finales del otoño todas las hipótesis electorales tenían como escenario el cuadrante superior izquierdo de nuestro gráfico: en líneas generales la situación se percibía como buena, la confianza dominaba sobre las preocupaciones y a Zapatero le bastaba mover relativamente poco su imagen porque sólo una minoría tenía la sensación de necesitar un cirujano con sentido de estadista. Las elecciones anticipadas eran una baza segura y su convocatoria, lo que dictaba la prudencia; pero claro, quien llevaba cuatro años siendo imprudente, no iba a tener un súbito ataque de sensatez y realismo.

En apenas tres meses la voltereta en política antiterrorista y sobre todo la evolución de la economía nos han trasladado a un escenario muy diferente. Rajoy ha tenido la habilidad de enfatizar el paralelismo entre la manipulación y el engaño -el «ocultamiento de la verdad»- en la negociación con ETA y la táctica del avestruz en la gestión de la economía: «Quien niega la realidad no es capaz de reformarla». Con el crecimiento cayendo hacia el 2% y la inflación subiendo hacia el 5%, con los desplomes de la Bolsa y la bajada del empleo y el consumo, todo empuja el desenlace electoral hacia el cuadrante inferior derecho, es decir hacia el territorio del erizo.

¿Significa esto que la victoria del PP se ha convertido ya en la más probable de las hipótesis? No, sólo significa que si quiere consumar sus expectativas triunfales Zapatero va a tener que hacer un esfuerzo mucho mayor para reinventarse a sí mismo y recorrer un trecho más grande del previsto en pos de los atributos que adornan a Rajoy. Y eso sin descuidar al mismo tiempo la movilización de la «izquierda volátil» con los mensajes radicales de estos días a base de anticlericalismo y culto al doctor Montes. Total, el más difícil todavía.

Pero como Rajoy tampoco puede quedarse inmóvil, pues ni ha sobrevenido la catástrofe ni la popularidad del Gobierno se ha venido a pique -lo idóneo para él habría sido que la legislatura durara tres meses más-, la niebla de la incertidumbre es más espesa que nunca. Hoy por hoy su «cintura» de zorro hamletiano sigue proporcionando a Zapatero más reflejos para reaccionar ante el desplazamiento de las prioridades y expectativas del electorado, pero el carácter chapucero innato a su forma de entender el ejercicio diario del poder no deja de jugarle malas pasadas como este boomerang del cheque regalo de 400 euros destinado sólo a una parte del personal.

En el rincón opuesto, y pese a que está soltándose bien los músculos en el calentamiento, veo a Rajoy aún demasiado rígido y no del todo dispuesto a correr los riesgos que ampliarían notablemente sus opciones de victoria. Si su estrategia termina siendo la de esperar a que Zapatero se derrumbe solo, mucho me temo que se quedará corto en ese juego de las siete y media. Si por el contrario se lanza a por él en tromba, puede llegar a pasarse de frenada y acrecentar esa mala fama de catastrofista frente a la que de nada le servirá que el tiempo termine dándole la razón en la próxima legislatura. Lo que de él se requiere, en suma, es un trabajo de orfebrería fina.

Tenemos, pues, en el trapecio al zorro hamletiano y sobre la cuerda floja al erizo quijotesco. Sólo queda contener la respiración hasta que uno de los dos caiga, la noche del recuento, exánime sobre la pista. Hace tres meses advertí que la suerte parecía echada, pero hoy me rindo a la evidencia de que los dados están rodando.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.