Podrían

La aparición de una nueva opción política dispuesta a someterse al escrutinio público ha de ser saludada, por principio, como una buena noticia para la sociedad y para la democracia. El favor que obtenga de los ciudadanos reflejará una carencia mayor o menor en el panorama partidario precedente. Claro que Podemos quiere representar mucho más que el intento de ocupar un espacio vacío. Nació para las europeas de mayo cuestionando la solvencia política y moral de las formaciones preexistentes. Parece haber modulado sus líneas programáticas hacia una oferta menos irrealizable, pero sin corregir un ápice sus invectivas contra la casta y el régimen del 78. No viene a corregir un déficit, sino que aparece con ánimo de sustituir el actual arco parlamentario en su conjunto.

Todo está contaminado, menos la fuerza emergente, que se considera impoluta y víctima de los prejuicios propios del establishment. No es el populismo que anida en su discurso de identificación con la desazón social lo que encrespa el ánimo de los demás grupos políticos. Es su desfachatez a la hora de ningunearles nada más obtener el 8% de los votos para el Parlamento de Estrasburgo. Es su descaro en pretenderlo todo y el año entrante. A pesar de lo cual partidos, instituciones y líderes de opinión debieran hacer un pequeño esfuerzo democrático por mostrarse más amables ante la alternativa. Por procurar a Pablo Iglesias y a los suyos una acogida tan sonriente como el rictus que ellos muestran recién llegados a la sociedad política que quieren cambiar de raíz.

Las urnas son crueles y periódicamente se vuelven esquivas a quienes se creen dueños de sus votantes. La aparición de Podemos está anunciando poco menos que un cataclismo en el orden establecido, del bipartidismo en España y del multipartidismo en Catalunya y en Euskadi. Casi cuarenta años de encuadramiento electoral parecen venirse abajo con la emergencia de una fuerza imprevista, que no es fácil de situar en el doble eje izquierda-derecha y nacionalismo-centralismo de la bidimensión política española. Como si el plano se transformase en un espacio atravesado por un tercer eje prosistema-antisistema. Como si se acabara la bicoca de ser gobierno y oposición a la vez en el caso de Mas y Urkullu.

Podemos ha irrumpido cargado de razones en su denuncia de una corrupción sistémica, en sus advertencias sobre el ocaso de las virtudes de la transición, en su crítica a la dejadez de la política frente al dictado de los mercados financieros y los intereses de las grandes empresas. Pero la llegada al foro público conlleva obligaciones que Pablo Iglesias y su gente no pueden soslayar. La primera y básica es reconocer que los demás estaban ahí porque así lo habían decidido miles y hasta millones de ciudadanos que no merecen ser tratados como simples alienados por la casta. En otras palabras Podemos debe renunciar a cualquier tentación de erigirse en una alternativa total y totalizadora para cumplir con los mínimos democráticos. Del mismo modo que los demás deben a Podemos un margen de confianza a favor del pluralismo, Podemos tiene pendiente asumir la pluralidad como requisito indispensable para que una sociedad se declare abierta.

La segunda es poner en positivo la severa crítica que realizan al sistema económico y político para ofrecer una alternativa real. ¿Qué quiere decir real? Pues que no justifique su eventual inviabilidad en la existencia de aviesas resistencias que impiden su triunfo. Solo a partir del cumplimiento ineludible de esas dos obligaciones democráticas Podemos puede concursar en el foro público asumiendo algo ineludible: la necesidad de acuerdos –generales o parciales– que permitan a la política aportar soluciones o salidas a los desafíos a los que se enfrenta la sociedad, apurando las oportunidades de lo posible y ensanchando los cauces de la realidad.

La faceta más desconcertante de Podemos no es que se erija en portavoz exclusivo del descontento social. Su faceta más desconcertante es que aspira al poder, y a un poder político pretendidamente absoluto, proyectando sobre el imaginario colectivo un antes y un después de su aparición en escena. Aunque Podemos es el fenómeno por antonomasia del voto prestado. Del voto que puede concedérsele a una organización férreamente centralizada, que presenta todos los síntomas de un bolchevismo digital y graves déficits democráticos, para dar mucho más que un serio aviso. Para ponerlo todo patas arriba en la razonable confianza de que la hipotética llegada de Podemos al poder de ayuntamientos, autonomías o patrias no empeorará la situación ni pondrá en riesgo el futuro inmediato. Como si el desquite fuese condición previa para albergar esperanzas.

Kepa Aulestia

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