Política de la sangre

La campaña por la dirección del Partido Laborista británico no suele ser un acontecimiento trascendental, pero la reciente contienda entre dos hermanos – David y Ed Miliband- no sólo ha brindado material para un fascinante drama familiar, también ha ilustrado algunas peculiaridades de las culturas democráticas que con frecuencia pasan inadvertidas y la extraña relación entre lo personal y lo político que forma parte de la jerarquía del protocolo democrático.

La política – o al menos el ejercicio del poder- era tradicionalmente un asunto familiar. Por lo general, los reyes anhelaban herederos masculinos, porque la investidura del poder se hacía por linaje filial y se distribuía mediante conexiones tribales.

El poder hereditario no necesariamente contribuía a unas relaciones familiares cálidas y abiertas. Enrique VIII estuvo dispuesto a ejecutar a dos esposas y a escindir a la cristiandad por conseguir un hijo varón. En sociedades polígamas, hay ejemplos de concubinas reales que matan a los hijos de otras para asegurar el predominio de su línea genética.

Los otomanos introdujeron el uso del «fratricidio real judicial», supuestamente para prevenir una guerra civil.

Ya entrañara una lealtad absoluta o una rivalidad asesina, la política tradicional raras veces estaba exenta de la pasión personal. No así en las modernas democracias occidentales, donde las pasiones personales deben estar, al menos en teoría, totalmente separadas de la representación impersonal de intereses de grupo.

En sus orígenes griegos, la democracia comenzó con la creación de una esfera pública distinta de la familia y sus intensas emociones, pero las democracias modernas – en particular, las que siguen el modelo anglosajón-lo llevan más lejos, al intentar separar no sólo lo privado de lo público, sino también a la persona del político.

Esa división está inscrita en cierto modo en el espectáculo democrático. Después de los debates presidenciales en Estados Unidos o el Reino Unido, los contendientes, que pueden haber estado acusándose de los más imperdonables pecados, se dan la mano vigorosamente y se dedican sonrisas cordiales y alentadoras.

Por mucho que Barack Obama aborreciera las opiniones de George W. Bush, tuvo que recibir los secretos de Estado transmitidos por el ex presidente, en una reunión confidencial e indudablemente cordial. En los debates parlamentarios, las batallas ideológicas feroces pueden estar a la orden del día, pero los ataques ad hóminem están excluidos.

No cabe duda de que todo eso es positivo y necesario para el desarrollo de la vida democrática ordenada, pero a quienes no estén acostumbrados a ella la capacidad para combinar la enemistad con la camaradería puede parecerles ilógica. De hecho, puede ser que la transición de la política apasionada a la impersonal sea uno de los imperativos más difíciles que afrontan los democratizadores en todos los países.

En la Europa oriental anterior a 1989, por ejemplo, las posiciones ideológicas de los políticos estaban consideradas inseparables de su yo moral o humano. Quienes estaban en el bando contrario no sólo eran culpables de sostener opiniones erróneas, sino que, además, estaban esencialmente errados y, por tanto, eran dignos de condena y de odio.

En semejantes circunstancias, la idea de que se pueda tratar jovialmente a enemigos políticos y tal vez tomar una copa con ellos fuera del horario oficial o entrar en un gobierno de coalición con ellos puede parecer no sólo innatural, sino también un poco indecente incluso. De hecho, en algunas democracias jóvenes o en culturas más inestables, no siempre se consigue mantener la suspensión de los sentimientos personales.

El año pasado, sin ir más lejos, pudimos presenciar peleas a puñetazos en parlamentos desde Iraq hasta Taiwán, pasando por Turquía y – se trató del caso más espectacular-Ucrania. A nosotros semejante comportamiento nos parece desafortunado o incluso incivilizado; los participantes probablemente lo experimentaran como un desbordamiento de un sentimiento justo.

Es evidente que las trifulcas parlamentarias no son un modus operandi deseable, pero ¿hasta dónde se puede llevar la separación entre la persona y el político y hasta qué punto le damos crédito de verdad?

La campaña de los Miliband fue un ejemplo extremo de lo que podríamos denominar contranepotismo: el intento de abstraer al político de todos los apegos privados. Cuando los dos hermanos participaban en plataformas juntos y discutían mutuamente sus opiniones, intentaban mantener la doble ficción de que, por una parte, no había un vínculo especial entre ellos y de que, por otra, sus desacuerdos, a veces feroces, no teñían sus afectos fraternos.

Durante un tiempo, todo el mundo siguió el juego educadamente, pero la complicada contradicción que entrañaba quedó expuesta cuando el hermano más joven, Ed, obtuvo la dirección, por un margen mínimo y en el último minuto. De repente, no pareció del todo correcto. En los medios de comunicación, empezaron a abundar las comparaciones con el robo por parte de Esaú de la primogenitura de Jacob y con diversas tragedias de Shakespeare. La decisión de David Miliband de retirarse de la política de primera línea reveló claramente que se había producido una decapitación simbólica y nos preguntamos si Ed Miliband no se verá, al estilo de Macbeth, acosado – y, por tanto, dificultado-por la violencia psicológica que cometió.

Al juzgar a los candidatos a un cargo importante, se nos insta a que rehuyamos la «política de la personalidad» y pasemos por alto aspectos de las identidades de los políticos como, por ejemplo, su vida espiritual, su comportamiento privado (a no ser que cometan transgresiones evidentes) y su aspecto y gustos estéticos. En la práctica, pocos son los que consiguen compartimentar sus percepciones, y tal vez no sea deseable hacerlo.

Podemos no querer que los políticos actúen movidos por el interés propio, pero debemos reconocer que tienen su personalidad, formada por una multitud de factores y pasiones. Dicho de otro modo, si no queremos reducir nuestra concepción de la política a la simple elaboración de políticas, debemos recordar, aunque sólo sea en pro de un juicio más completo y realista, que los políticos también son humanos.

Eva Hoffman, autora de Lost in translation y After such knowledge. Copyright: Project Syndicate, 2010 Traducción del inglés: Carlos Manzano.