Política, economía y carbono en 2019

Para muchas de las economías mundiales, mercados financieros, jefes de gobierno y entidades encargadas de cumplir políticas de emisiones de gases de carbono, 2018 no acabó bien. Las huellas de la crisis financiera y la Gran Recesión global, junto con las tendencias de cambio estructural de largo plazo en los ámbitos económico, tecnológico, cultural y demográfico han dejado en muchos países a amplias franjas de la población con la sensación de ser marginadas en lo político, menospreciadas en lo cultural y/o perjudicadas en lo económico. Y sus líderes han quedado profundamente debilitados con su expresión de sus reclamos en las encuestas, en Internet y en las calles.

En Alemania, Ángela Merkel, Canciller por cuatro periodos, ha actuado desde hace mucho como la líder de facto de la Unión Europea. Entonces vino su decisiva decisión de 2015 de acoger a más de un millón de refugiados en Alemania. La reacción –impulsada por la frustración ante la presión adicional sobre los servicios públicos, las finanzas y las fuerzas del orden, por no mencionar el catastrofismo político- la dejó tan herida que este mes decidió no buscar la reelección como líder de su partido ni optar a su reelección como canciller una vez acabe su mandato en 2021.

El sentimiento antiinmigración difícilmente se confina a Alemania. Desde Italia a Polonia ha ayudado a los partidos políticos populistas a acceder al poder. Hungría puso alambradas para mantener fuera a los refugiados. Dinamarca confiscó los bienes de los inmigrantes y ahora se dispone a enviar cientos de solicitantes de asilo “no deseados” a una remota isla deshabitada que antes se usó para investigación de animales enfermos.

La resistencia a la inmigración y, en términos más generales, la ansiedad acerca de la concesión de soberanía a la UE también ayudó a impulsar otro acontecimiento clave de los últimos años: el referendo por el Brexit celebrado en el Reino Unido en 2016. Después de que David Cameron, el entonces Primer Ministro, prometiera realizar una votación popular para salir de la UE (una maniobra para elevar su margen de victoria en su reelección de 2015), no pudo ganar suficiente flexibilidad de los líderes de su bloque, incluido un mayor control sobre la inmigración, para convencer a una mayoría de los votantes a quedarse en la UE.

En 2018 el drama del Brexit continuó. La Primera Ministra Theresa May logró un acuerdo de compromiso con la UE, pero tras una contundente derrota en el Parlamento se vio obligada a posponer las votaciones sobre el mismo hasta enero. La oposición a sus acuerdos fue tan fuerte entre sus compañeros de partido que tuvo que someterse a una moción de confianza del Partido Conservador.

Aunque May se las arregló para sobrevivir a ese reto, parece estar atrapada en el dilema de la negativa de la UE de hacer más concesiones y las profundas divisiones internas en su país. Hoy las encuestas señalan a Jeremy Corbyn, líder de extrema izquierda y aparentemente antisemita del Partido Laborista, como su más probable sucesor.

Luego tenemos a Francia, donde el Presidente Emmanuel Macron, saludado alguna vez como el próximo líder de facto de Europa, se ha enfrentado a una ola de protestas y disturbios civiles en las últimas semanas. Macron ya había estado luchando por impulsar su agenda de reformas de estímulo al crecimiento, centrada en imponer modestas limitaciones al hipertrofiado estado de bienestar francés.

Pero fue un aumento al impuesto a los combustibles, presentado como una medida para ayudar a reducir las emisiones de gases de invernadero, lo que generó las llamadas protestas de los Chalecos Amarillos. En la economía de la potencia con más impuestos del mundo, aparentemente los ciudadanos se hartaron de las medidas de una clase política hacia lo que perciben como un objetivo distante, en lugar de atender a sus necesidades inmediatas.

De manera similar, el Canadá el Primer Ministro Justin Trudeau se enfrenta a una reacción contra el impuesto federal al carbono que se ha implantado a las cuatro (de diez) provincias canadienses que rechazaron sus políticas de reducción de emisiones originales, lo que le podría costar el cargo el año próximo. El aumento de las tensiones entre los gobiernos nacionales y regionales es una de las más importantes tendencias globales de los últimos años, aunque la menos comentada.

Las medidas climáticas también están enfrentando viento en contra en otros lugares. En la Conferencia sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (COP24), celebrada este mes en la ciudad polaca productora de carbón de Katowice, los negociadores apenas se las arreglaron para acordar un manual para implementar el acuerdo climático de París de 2015, incluida una metodología consistente para la medición de los avances.

Más revelador es el hecho de que en el COP24 se constató que muchos otros países están atrasados en el cumplimiento de sus compromisos de París (que, incluso si se cumplieran, probablemente no bastarían para lograr los objetivos de emisiones globales). Entre ellos está Alemania, donde la campaña de Merkel para impulsar las energías renovables y abandonar gradualmente la energía nuclear ha generado una mayor dependencia de la forma más sucia del carbón, el lignito, para mantener los precios bajo control y servir de respaldo para las energías eólica y solar.

A comienzos de la conferencia, las críticas se centraron en los Estados Unidos por la decisión del Presidente Donald Trump de retirarse del acuerdo de París lo antes posible (en 2020). Sin embargo, el registro estadounidense de reducción de emisiones sigue estando entre los mejores del planeta, a pesar de la creciente resistencia a nuevas políticas climáticas.

Por ejemplo, en los estados de Washington, Arizona y Colorado se rechazaron hace poco iniciativas para limitar el uso de combustibles fósiles. Incluso en la ultra ecológica California, casi se derogó un aumento al impuesto a los combustibles que se había promulgado recientemente; solo sobrevivió porque a los votantes les preocupaba cómo obtener fondos para reparar las carreteras y caminos del estado, muy necesitados de mantenimiento.

El clima está lejos de ser la única preocupación que acosa a la administración de Trump. En las elecciones de medio mandato de este año, su Partido Republicano perdió el control de la Cámara Baja de Estados Unidos. Si bien los indicadores macroeconómicos siguen siendo sólidos, a muchos les preocupa el aumento de las tasas de interés, el crecimiento a la baja en el exterior, y las últimas tendencias del ciclo económico y de mercado. Los aranceles aduaneros implantados por Trump, especialmente contra China, están ampliando estas inquietudes, ya que arriesgan ser un contrapeso a los efectos de estímulo del crecimiento de sus reformas tributaria y normativa.

Más allá de Occidente, el partido nacionalista hindú Bharatiya Janata del Primer Ministro indio Narendra Modi acaba de sufrir importantes derrotas en cinco elecciones estatales, debido a las crecientes preocupaciones por la economía, que también están cobrando intensidad en China, a medida que el crecimiento se ralentiza, aumentan las disputas comerciales con EE.UU. y los reclamos globales sobre el ciberespionaje, la transferencia forzada de tecnología y su ambiciosa política industrial “Hecho en China 2025” generan prohibiciones sobre los productos de algunas compañías chinas de alta tecnología. Sin embargo, el Presidente Xi Jinping mantiene firmes las riendas del poder.

Las recalibraciones políticas que ocurren en las principales economías del mundo resaltan los límites al nivel y ritmo de inmigración que una sociedad puede absorber sin perturbaciones excesivas; a la voluntad de los ciudadanos de obedecer las reglas de un gobierno centralizado, por no decir supranacional; y sobre la tolerancia pública de la debilidad económica. Cuando se aproxima el año 2019, los líderes deben centrarse en asuntos internos del día a día de sus ciudadanos, al tiempo que avanzan hacia modelos políticos más flexibles y descentralizados capaces de gobernar poblaciones diversas. Esto no solo mejorará la estabilidad al interior de los países, sino que cimentará bases más sólidas para la cooperación en problemas internacionales de alta prioridad, desde el comercio al riesgo climático.

Michael J. Boskin is Professor of Economics at Stanford University and Senior Fellow at the Hoover Institution. He was Chairman of George H. W. Bush’s Council of Economic Advisers from 1989 to 1993, and headed the so-called Boskin Commission, a congressional advisory body that highlighted errors in official US inflation estimates. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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