Política ‘ludens’

El periodo de interinidad que se abrió tras el 20-D y cuyo final no acaba de verse ha dado lugar a un tiempo confuso en el que las formaciones parlamentarias hablan de diálogo y negociación mientras practican –o tratan de hacerlo– la guerra de desgaste contra sus potenciales aliados. Las demás fuerzas no acaban de asimilar los resultados electorales del PP de Rajoy, y este se aprovecha del desconcierto que su irreductibilidad genera entre quienes anunciaron tras el 26 de junio su vocación opositora. El juego sin nombre del que todos somos partícipes dio comienzo hace casi ocho meses. Sus reglas no están claras precisamente porque, de tanto ocultar las intenciones propias, nadie sabe ya a lo que juega. Lo único evidente es que por ahora el Homo ludens surgido del 20-D no ha sido capaz de aportar nada creativo, innovador o meramente productivo para la cosa pública.

El juego resulta equívoco porque recurre a una serie de sugestiones en cadena. Los populares de Rajoy van de sobrados porque todas las demás formaciones, sin excepción, salieron a duras penas de los últimos comicios generales. A pesar de lo cual los dirigentes de las distintas siglas se muestran extrañamente confiados, una vez instalados sobre la peana parlamentaria, porque intuyen que los ciudadanos sienten más indiferencia que hartazgo ante sus evoluciones y comparecencias. Y porque están seguros de que al final alguien hará efectiva la conjura que evite unas terceras elecciones. El cambio ha sido desterrado como expectativa, al tiempo que un olvido indulgente parece haber diluido la contestación social en un verano en el que los políticos simulan no tomarse vacaciones.

El Homo ludens surgido del 20-D ha recuperado la distancia entre la política y el ciudadano gracias a que la interinidad institucional ha logrado asentarse poco menos que como el estado natural de la cosa pública. La política espectáculo ni siquiera resulta tan espectacular como para mantener la atención de la gente. La representación del diálogo y el combate se produce en un escenario muy alejado del público y, además, siguiendo una agenda tan plagada de entreactos que le restan interés. Ni siquiera la consabida fórmula de mantener cohesionados y activos a los incondicionales sirve en el estío, dado que no se sabe a ciencia cierta quiénes son los propios de cada partido. De ahí que todos los pilotos –incluido Rajoy– hayan optado por fijar el timón de su respectiva nave, aun a sabiendas de que podría ir a la deriva.

Se necesita una gran dosis de optimismo para especular siquiera con la posibilidad de que al final el juego sin nombre acabe alumbrando nuevas formas de realizar la política. Hipótesis para descartar de plano si los partidos persisten en su empeño por compatibilizar las llamadas al diálogo con la guerra de desgaste de ese mismo contrario al que se invita a la negociación. Si la democracia pluralista ha de basarse necesariamente en un ejercicio de renuncias, la primera de ellas es dejar para otro momento el objetivo último de todo clan partidario: acabar con quienes se resistan a integrarse en él. Aunque es obligado reconocer que se ha producido un notable avance al respecto en comparación con los modos que empleó el “bipartidismo popular-socialista”, por ejemplo tras el 11-M con la teoría de la conspiración y el afán compartido de hacerse con la mayoría absoluta aniquilando al otro. Conviene recordarlo aunque sirva sólo de consuelo.

El Homo ludens podría redescubrir el interés común, dando lugar a una política de mínimos para el gobierno de las instituciones. Pero el juego se vuelve intencionado o inevitablemente confuso desde el momento en que Rajoy maneja de manera equívoca el orden de los dos objetivos a los que, al parecer, únicamente su partido puede aspirar: la investidura y la gobernación. Sus eventuales interlocutores se debaten entre concederle el plácet de la reelección sin condiciones –y por tanto sin ataduras– o presentarle exigencias previas a la gobernabilidad. Lo del “techo de gasto” es una broma que el presidente en funciones utiliza para interpelar a sus eventuales apoyos, cuando en realidad se trata de una variable sujeta a las prescripciones de Bruselas. Pero no hay nada más efectivo para eludir la novación política que la pretendida identificación entre los intereses propios y los del país hecho nación. El discurso de que nadie hace nada en beneficio propio sino por el bien de todos refleja la pugna a empellones que protagonizan todos los partidos entre sí, sabiendo que la fragmentación del arco parlamentario les hace concurrir en pos de los mismos caladeros de voto. Forma parte de un juego rebosante de cinismo que no conduce a nada.

Kepa Aulestia

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