Política sin matices ni grises

Ayer se celebraba el día del Armisticio en las explanadas de los Campos Elíseos y en la tumba del soldado desconocido recordado en la llama perenne que arde a los pies del Arco de Triunfo de París. Se recordaba el final oficial de la Gran Guerra, que terminó a las once horas del día once del mes undécimo de 1918. En Londres se celebró este fin de semana con el desfile ante el cenotafio de Whitehall de todos los primeros ministros del Reino Unido. La amapola en el ojal de muchos británicos rememora aquella primera gran tragedia del siglo XX. En Estados Unidos se celebra el día de los Veteranos para conmemorar a todas las víctimas de las guerras de su breve historia.

Cada pueblo escribe sus propios relatos y celebra las gestas de su nación de acuerdo con sus grandezas y miserias. Se cumplen cien años del comienzo de la Gran Guerra y las celebraciones de su final tienen una especial relevancia en tantos países europeos que enviaron a la muerte a más de diez millones de jóvenes soldados. Aquella barbarie de patriotismos enfrentados marcó la siniestralidad universal del siglo pasado.

La Gran Guerra no fue, como se pretendía, la guerra que acabaría con todas las guerras, sino que sembró las semillas de los conflictos que devastaron Europa hasta el término de la Segunda Guerra Mundial. Aquellos gritos amargos de “nunca más” todavía resuenan en todos los territorios europeos que pretenden evitar que el espectro de la guerra vuelva a aparecer en los 28 estados de la UE, que intentan preservar la convivencia a pesar de las diferencias y conflictos latentes entre los estados miembros.

Hace cien años empezaba una nueva era en Europa que ofrecería todas las oportunidades para un progreso ilimitado, pero también para los enfrentamientos más inhumanos y destructivos que acompañaron un siglo que fue grande pero también desgraciado.

No intento establecer paralelismo alguno con la situación que se vive en Catalunya y en España a raíz de la nueva era que se abría el domingo con la participación de más de 2.300.000 catalanes en una votación que suponía una ruptura legal y política con las instituciones del Estado. Fue la última de las cinco manifestaciones masivas, festivas, alegres y reivindicativas que se han celebrado en Catalunya desde agosto de 2010 para protestar contra la decisión del Tribunal Constitucional sobre el Estatut que había seguido todos los pasos preceptivos para convertirse en la ley máxima de los catalanes. En esa primera manifestación se inició el intento programado de ruptura con España.

Cayó el segundo tripartito y recuperó el poder CiU. Primero, con una mayoría suficiente aunque no absoluta y, segundo, con 50 escaños que no permitían a Artur Mas gobernar sin apoyos que se cotizaron a un alto precio político. La Esquerra Republicana de Oriol Junqueras y las calles que han llenado Carme Forcadell y Muriel Casals desde la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural han condicionado la política de Artur Mas, que el domingo se permitió desafiar al Estado haciéndose propia otra gran manifestación que en este caso adquiría la forma de un proceso participativo con urnas de cartón. Mas ganó el pulso a Rajoy el domingo que se quedó con el Tribunal Constitucional en las manos sin que se atreviera a implementar sus sentencias.

Pienso que tomó una decisión prudente aunque los suyos y buena parte de la opinión pública española le acusen de haber instrumentalizado al TC para, a la hora de la verdad, camuflarse en las decisiones de los fiscales que entonces no actuaron cuando Mas se hizo el primer responsable del simulacro de las urnas.

El momento es de una cierta gravedad para todos. Rajoy tiene problemas con los suyos y con la adversa situación del goteo de casos de corrupción que afectan la credibilidad del gobierno. Ha recurrido tanto al Tribunal Constitucional que ha olvidado que la política no se hace sólo con la Carta Magna, sino que se practica simplemente con la política en el sentido más grande y más sencillo.

A pesar de la victoria pírrica del domingo, Artur Mas no tiene un panorama fácil. Ha ganado el pulso a Rajoy y también a Junqueras. Pero la política no es cuestión de pulsos, sino de largos recorridos, de servicio a los ciudadanos, de resolver los problemas ordinarios y extraordinarios de la gran mayoría de la gente.

Mas recogió las fuerzas de la calle en el 2012 y ahora es la calle la que le dice qué tiene que hacer, cuándo y cómo. La carta a Rajoy no tendrá una respuesta inmediata. Y las prisas de Junqueras, Forcadell y Casals adquieren aires de ansiedad. Quieren elecciones en forma de plebiscito, pronto, lograr una mayoría parlamentaria y proclamar la declaración unilateral de independencia. Sólo entonces se abrirían las negociaciones con Madrid. La ruptura del frente soberanista es más que probable si no se otorga un margen de maniobra a Mas.

El problema de fondo es que la política en Barcelona y en Madrid ha abandonado los matices, los grises, los intentos de resolver el conflicto con exigencias y cesiones, como ha ocurrido siempre en situaciones extremas. Se ha planteado una ruptura pacífica y amistosa sin tener en cuenta que habrá muchas tensiones con España y un pacto de no intervención entre los países europeos. La soledad política es desaconsejable y peligrosa.

Lluís Foix

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