Política y estrategia en Afganistán

Desde la llegada de la nueva Administración demócrata americana a principios de año, la guerra de Afganistán ha pasado al primer plano de la actualidad. La polémica desatada por la oportuna filtración del informe McChrystal al «Washington Post» está levantando una gran polvareda en el ámbito político norteamericano con sus secuelas en la Alianza Atlántica.

El debate en la prensa de Estados Unidos es encendido, ya que se ha pasado de una simple «reconsideración estratégica», a un percibido enfrentamiento entre el presidente y su general en la zona de operaciones. En este caso hablamos de Obama y McChrystal. Ello trae a colación reminiscencias de otros choques, aunque no parece ser este el caso, como el de Lincoln con McClellan en la Guerra Civil, o el de Truman con McArthur en Corea. Parece que el destino ha puesto al prefijo gaélico Mc como contrapunto a los inquilinos de la Casa Blanca en tiempos de guerra. No hay que sacar falsas conclusiones, como no podía ser de otra manera, siempre prevalecerá la autoridad del presidente.

El pasado mes de marzo el presidente Barack Obama definía el objetivo de su estrategia en la zona como: «Desorganizar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda en Afganistán y Pakistán», añadiendo que, para ello, era necesaria «una estrategia más fuerte, adecuada e integral», «…anular los progresos de los talibanes y promocionar un gobierno afgano más capaz y fiable». Como ya se sabe, esa opción fue expuesta a los aliados de la OTAN, a los que se les solicitó su apoyo. Se preconizaba un «enfoque» donde la acción «integrada» de los potenciales diplomático, económico, militar e informativo permitiese estabilizar y reconstruir el Estado afgano. Dada la situación, la condición previa, en términos militares pasaba por una campaña previa de contrainsurgencia que estableciese el ambiente de seguridad necesario, lo que conlleva un esfuerzo prolongado con vistas a proteger a la población separándola de los insurgentes. En estas situaciones la derrota es fácilmente identificable y la victoria posee contornos difusos.

La situación actual, como señaló el Dr. Kissinger en «Newsweek» el pasado día 3, no es nueva y hay que evitar el derrotismo que se produce por las controversias previas a conflictos en los que hay que enfrentarse a adversarios que utilizan la guerra de guerrillas.

Estamos asistiendo, por una parte, a las naturales tensiones entre una nueva Administración, que alcanza el poder mediante un alarde mediático en la que, en la era de la información, se emplean realidades virtuales y, por otra otra, la realidad de los hechos. Anteriormente, las cosas funcionaban de otra manera. Lo relacionado con los intereses vitales de una nación no era corriente que se convirtiese en materia de campaña electoral. Pero parece que las cosas en la actualidad funcionan de otra manera. Estas tensiones son de naturaleza política y deben subsanarse en ese ámbito, pues si contaminasen el ámbito estratégico, producirían alteraciones que podrían ser presentadas por los medios como «derrotas» y, en el caso de la potencia hegemónica mundial, eso sería muy grave.

Por otra parte, un empeño largo y costoso en Afganistán sólo es justificable ante la opinión pública estadounidense si los intereses vitales norteamericanos no se pudiesen solucionar de otra manera. Y ahí reside parte del problema: en la campaña electoral no se explicó el coste. El rumbo a seguir en Afganistán depende mucho, por un lado, de la opinión de los consejeros de la Casa Blanca y, por otro, de la parte militar, con el almirante Mullen y los generales Petraeus y McChrystal, pues el secretario de Defensa tiene que actuar como el fiel de la balanza. De fondo se atisba la necesidad política, de Gran Estrategia, explicada sólo a medias, de reducir la «huella» militar americana en tierras del Islam y acomodarla a las expectativas del discurso de Obama en El Cairo.

Es un hecho admitido que el largo empeño militar americano en Mesopotamia y en las estribaciones del Indo-Kush ha reducido la libertad de acción estratégica de Estados Unidos a nivel global, a la vez que sus Fuerzas Armadas, como instrumento militar, están sometidas a una enorme y prolongada presión. Si se decide llevar a cabo una campaña de contrainsurgencia en Afganistán, esta situación se prolongará en el tiempo. Además, el «confinamiento» militar americano en Irak y en Asia central está liberando otras dinámicas estratégicas en África, América del Sur y en otras partes de Asia con gran potencial de amenaza y otras, como la nuclearización de Irán, a punto de concretarse.

La actual situación en Afganistán es un problema aplazado. La guerra en Irak lo ocultó durante seis años y ahora está podrido. Estados Unidos ya ha puesto a prueba la máxima del general Marshall de que «una democracia no puede implicarse en una guerra de siete años». Esa guerra ya ha entrado en su octavo año en Irak. La acción necesaria en la zona Afganistán-Pakistán sobrepasa la «paciencia estratégica» de las democracias y ahí está el problema.

Otro rasgo de la situación es que la actual Administración americana no ha emitido todavía su Estrategia de Seguridad Nacional y la OTAN está en el proceso de confección de su Concepto Estratégico, lo que no debe ser óbice para identificar las consecuencias del conflicto a nivel regional y global. Si el conflicto afgano no se logra encapsular, el contagio puede extenderse no sólo a Pakistán, sino a India, China, las repúblicas ex soviéticas de Asia Central y la misma Rusia, donde existen minorías islamistas que podrían radicalizarse.

La tradicional forma americana de resolver los problemas estratégicos, basada en la creencia firme de que existen normas y valores de aplicación universal, lo que algunos denominan «la talla única universal», debe de buscar acomodo en un nuevo ambiente donde resurgen las tensiones geopolíticas. En este debate, y en la toma de decisiones, es imprescindible que participen los aliados. La defensa de nuestros intereses así lo demanda.

Enrique Fojón, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado.