Política y propaganda

Decía Winston Churchill con su conocida ironía que el político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, pasado mañana y el año próximo, y de saber explicar por qué lo que predijo no ocurrió finalmente. Más que hacer predicciones, el político debe dar explicaciones sobre lo que pretende hacer. Y luego hacerlo. La política es comprometerse con la realización de hechos. También es conveniente contar lo realizado. Ello reporta credibilidad al dirigente y confianza en la sociedad. Pero eso ya no es política, sino propaganda. Los partidos en el poder acuden a las urnas fiados más en lo que han hecho que en lo que proyectan hacer. Basan sus estrategias electorales en la propaganda más que en la política. Y la verdadera política consiste en hacer más que en relatar. Los partidos en la oposición al carecer de experiencias de gobierno que narrar, lo fían todo a lo que harán si alcanzan el poder. Su discurso suele ser más político que propagandístico. Por ello, parecen estar en mejores condiciones de generar emoción, y a la vez, incertidumbre.

Hoy es evidente la recuperación en la inversión y en el consumo; también el saneamiento de las cuentas públicas y la adquisición de cierto prestigio internacional. Pero el Partido Popular debiera centrar su campaña electoral en lo que hará más que en lo que ya ha logrado. Sin olvidar que en un programa electoral son más importantes las omisiones que las promesas porque las omisiones definen una actitud y confirman una política. A los populares les resulta ahora más necesaria que nunca otra recuperación: la de los casi dos millones y medio de votantes perdidos durante esta legislatura que consideran que aquellos han renunciado a asumir el puesto rector que la sociedad esperaba de ellos y viven inmersos en una orfandad política. Esa reconquista implica, asimismo, rescatar aquellas señas de identidad que hicieron de un partido un referente reconocible entre los suyos y, tal vez, entre los ajenos, como una organización preparada para esa tarea abrumadora de defensa de la libertad y del orden constitucional y para una gestión, siempre solvente, del progreso económico y la prosperidad social. En suma, como una formación política presta y dispuesta para gobernar España sirviendo a los intereses nacionales.

Van a ser necesarias las ideas de siempre y otras a crear. La aparición de nuevos actores y de circunstancias novedosas hacen de la adaptación al medio una auténtica exigencia. No parece que se esté dando con la estrategia acertada para esa adecuación al terreno. Acostumbrado a tener en frente a un socialismo tan conocido como un familiar, el PP no sabe cómo hincarle el diente al nuevo comunismo emergente ni a un revival de centrismo que ansía enlazar con la Transición. No es suficiente con tener ideas, hay que darles salida para que adquieran fuerza y eficacia, que son la base para la acción. La batalla de las ideas consiste en manifestarlas, defenderlas y contribuir a crearles ambiente. Ello requiere presencia en el mundo de la cultura, conexión con intelectuales que piensen en sintonía y diálogo con los medios de comunicación para influir más y mejor en la opinión pública. Así es como se sitúan las ideas propias en el centro del debate político para luego desde el Gobierno procurar convertirlas en hechos, concretándose en un sólido tejido de aplicaciones prácticas, que al reflejarse sobre los ciudadanos se ponen a su servicio. El resultado es crédito y liderazgo.

Toda fuerza política que aspire a la gobernabilidad debe acelerar un proceso de articulación de corrientes sociales diversas pero convergentes y comprometidas en cuestiones de Estado, no de partido, y en asuntos de bien común, no de minorías. Si al ciudadano se le explica lo que se va hacer, se le informa de lo mucho que hay por hacer; si se pide su participación y colaboración en un proyecto de ambición nacional que opere como canalizador de esfuerzo colectivo y genere entusiasmo y orgullo de país, probablemente disminuirían en gran medida el ambiente de franca desorientación y el desánimo en que están sumidos muchos de los votantes y simpatizantes del PP, y al mismo tiempo, podría atraerse buen número de electores alejados y acampados en los predios de la abstención. A menos de dos meses para unas elecciones generales que muchos vaticinan como decisivas para el alma y el cuerpo de España y para su hechura constitucional, el derrotismo pudiera ser el peor enemigo de un partido que precisa de un aldabonazo para la renovación en mensajes y en personas. Su electorado preferiría ir con paso firme y decidido a la urna. No querría votar con resignación ni con la nariz tapada. Desea victorias eficaces, no victorias sin alas, que acaban convirtiéndose en derrotas heroicas.

Raúl Mayoral Benito, abogado.

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