Políticas irreflexivas

Políticas irreflexivas
Foto: Pablo Arenas.

Si los españoles no tenemos el hábito de preguntar por el éxito o la rentabilidad del dinero que invierten y gastan, sobre todo gastan, las administraciones públicas es lógico que tampoco dediquemos un gran esfuerzo a revisar nuestras actitudes políticas. Lo malo es que este feo vicio irreflexivo no lo tenemos solo millones de españoles de a píe, sino que lo cultivan con mimo los partidos, como se puede comprobar con facilidad ante cualquier descalabro electoral. Los dirigentes afectados proceden a repetir que su fracaso es ilusorio porque en realidad han ganado y a repasar los mil factores que pueden explicar el trastazo, de forma tal que ninguno de ellos suponga el menor atisbo de crítica a su política. Esto nos aproxima a lo que Borges decía de los peronistas, que no eran malos, sino incorregibles.

Nuestra moral pública milita directamente contra el buen sentido cuando actuamos de este modo. En la vida privada, por lo general, obramos de manera más inteligente, más atenta a la experiencia. Si compramos un coche de una marca y nos sale rana, difícilmente repetiremos modelo por más que la propaganda del auto insista en sus infinitas virtudes. Por muy partidarios que seamos de un equipo, estamos atentos a sus fallos y exigimos a los dirigentes que los corrijan, porque nos gusta ganar. Pero con las políticas públicas ni se nos ocurre hacer algo parecido y ni siquiera nos preguntamos cómo es posible que habiendo cada vez más funcionarios acudir a las administraciones públicas signifique un tormento inagotable. El “vuelva usted mañana” de Larra se ha convertido en un “pida usted cita por internet y veremos si se le puede atender antes de seis meses”. Lo curioso es que en la época de Larra los funcionarios eran cuatro gatos y ahora son millones, no exagero (según los datos publicados por el Ministerio de Función Pública, en julio de 2022, en España había 2.731.117 trabajadores públicos).

Nos tomamos la política como un ritual de creyente, votamos a “nuestro” partido (hay que ser crédulo para pensar que un partido nos pertenece de alguna manera) y, a nada que nos descuidemos, acabamos por hacer y pensar las mismas cosas que criticamos con pasión cuando las hacen los contrarios. Pondré un ejemplo: hace muy pocos días recibí un X de un diputado que refiriéndose al líder del bloque contrario decía, casi literalmente: “No tiene ni decoro, ni escrúpulos, ni decencia, ni moral, ni vergüenza. Nos pide desterrar el insulto y la descalificación horas después de empeñarse en embarrar el debate”, es decir que se quejaba de las malas maneras del rival, pero no con mejores modos.

Vivimos en un momento en que hay empeño en envilecer la vida pública y ese plan está teniendo éxito. No estaría nada mal que cada cual pensase a quién favorece más esta conversión de la política en una bronca incesante, en especial sugiero que lo piensen los que se sienten conservadores y/o liberales, manías que uno tiene.

En la reciente Fiesta Nacional hemos sido testigos de que ni siquiera una ocasión que debería ser solemne consigue apartarnos de la gresca. El presidente del gobierno ha cometido la descortesía, una más, de hablar de su proceso de investidura y de sus innombrables aliados en el Palacio Real, como si no tuviese otro lugar en el que hacer tamañas deposiciones, pero es que buena parte de la “derecha sin complejos” venía de darse un festín de pitadas y de pareados de taberna en el Paseo de la Castellana en lugar de limitarse, en este preciso instante, a honrar a nuestros ejércitos y al Rey que preside la conmemoración. Se ve que han tomado ejemplo de Zapatero que se dio el gusto de no levantarse de su asiento ante el paso de la bandera de los EEUU, eso sí que es ser progresista… y muy mal educado (por cierto que el precio de esa patada simbólica lo estamos pagando todos los españoles y no está siendo baladí).

La política requiere educación y buenas maneras porque es, por definición, lo contrario de la guerra, es la dedicación a levantar nuestro país para llevarlo a lo más alto y eso no se puede hacer solo con “los nuestros”. El patriotismo es comprender esa necesidad y saber que por encima de la animadversión al que discrepa tiene que estar siempre el esfuerzo por lograr un provecho común. Lo peor que puede pasar cuando alguien se empeña en no actuar de tal modo, excluir a los otros, impedir el pluralismo, es que los rivales hagan lo propio, porque, poco a poco, se puede llegar a lo de Venezuela, incluso a lo de Hamas, es cosa de tesón y constancia.

Quienes tienen la amabilidad de leerme saben que creo un error que la derecha le haga el juego a esta izquierda empeñada en el bloqueo, en la exclusión, pero el hecho es que la campaña del PP se dejó guiar de un optimismo obtuso y se puso bajo la advocación de un lema negativo a más no poder, “derogar el sanchismo”, lo mismo que el “no es no” de Sánchez, aunque en forma un poco leguleya. Cuesta admitir que esa campaña fracasó, pero peor es que haya signos de que no esté clara la voluntad de aprender de este desastre que ha supuesto, en efecto, la pérdida de una oportunidad excepcionalmente favorable.

Es responsabilidad de los dirigentes cambiar las políticas que no obtienen el resultado apetecido, que no consiguen alcanzar la mayoría que España necesitaría para recuperar impulso y abandonar la senda descendente que lleva ya desde casi dos décadas. Pero a los ciudadanos también nos toca una parte de responsabilidad y por eso me preocupa que haya quienes piensen que todo consiste en pelear con más denuedo, en oponerse las veinticuatro horas del día, en dar píe a una oposición de apariencia tumultuaria, incluso gamberra. A quienes así piensan habría que preguntarles: ¿creen ustedes que las ideas juegan algún papel en la política? ¿están dispuestos a contribuir a que haya una alternativa seria, atractiva y poderosa al gobierno de Sánchez y secuaces? ¿son capaces de imaginar un futuro atractivo para todos, una manera distinta de hacer política, una España cuya única actividad no sea hacer que crezcan las administraciones y el empleo público y convertirnos a todos en carne de subsidio?

Porque me atrevo a sugerir que, si todo va a consistir en salir más a la calle, pitar más fuerte a Sánchez, y repetir los eslóganes que solo se creen los muy adictos, me temo muy mucho que repitiendo lo mismo no obtendremos nunca nada muy distinto. Lo veremos, sin duda.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es La virtud de la política.

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