Políticas lingüísticas

«What profiteth (sic) it Irish or Basque to gain Astrophysics and to lose Gaeltacht or the caserio?» («¿Qué beneficio le aporta al gaélico o al vasco ganar la (variedad de la) Astrofísica y perder la de la zona mayoritariamente gaélica o la del caserío?». Joshua A. Fishman, Language Spread and Language Policy for endangereg languages, 1998, 13)

Es tema recurrente cuando hay lenguas en contacto y una de ellas tiene menos hablantes y/o menor poder social. Entre nosotros no es habitual, por lo que han sido oportunas las declaraciones del ex viceconsejero de Política Lingüística, publicadas en EL CORREO. Daba cuenta del aumento significativo del conocimiento del euskera (franja 16-24 años), aunque no de su uso. Más tarde, y en unas jornadas sobre cuestiones similares, dieron la misma información paradójica el ex lehendakari y el rector de la Universidad: no aumenta el uso pese a aumentar el conocimiento. Y esto es grave: una lengua que no se usa -o se usa muy poco- carece del rasgo llamado 'vitalidad'; no se desarrolla ni, por lo tanto, evoluciona, y tiene el riesgo de ir siendo 'lengua muerta'. Sobre todo, si no se usa la forma de hablar (o 'variedad') propia de nuestra vida cotidiana en comercios habituales, encuentros fortuitos, etcétera, correspondiente a nuestra práctica informal de la lengua (de toda lengua natural). Es la variedad vernácula que Fishman llama 'caserío'.

Porque toda lengua natural (y no 'artificial') es un conjunto de variedades adecuadas, cada una, a la función que cumple en su dominio social. Y la variedad de la 'Astrophysics' de Fishman o la de la Lingüística no es la del supermercado, por ejemplo. Nos ha costado mucho impartir docencia universitaria en euskera sin ningún precedente al que acudir; pero la extensión del euskera en ese nivel superior, aunque aporte prestigio a la lengua, no le da vitalidad, al carecer de etoglosia o, digamos, de fuerza comunicativa. Salvando los euskaldunes nativos y unos pocos más, el euskera sigue siendo una lengua formal, aprendida, y su extensión es dificultosa.

Hablo desde Bilbao, que no es Lea-Artibai, y que con su entorno representa más del 50% de la población de Euskadi. Y en Bilbao no se oye euskera por dos razones al menos.

La primera procede de la Constitución de 1978 que fija el 'deber de conocer' para el español y remite al Estatuto donde se señala 'el derecho de usar' para el euskera. El efecto en quien no sienta el valor simbólico del vasco es de indiferencia hacia su uso cuando no de oposición, actitud que suele camuflarse delegando el aprendizaje en los hijos o alegando su escaso valor para el esfuerzo que exige. Esto lleva a la segunda razón anunciada.

La norma del euskera (y no el estándar, como en el caso del catalán de Pompeu Fabra), conocida como vasco unificado, es difícil. Soy firmante del documento 'Batasunaren Kutxa', de 1970, en el que unos pocos nos comprometíamos con la unificación de la lengua: era y es un paso indispensable. Pero las formas, en especial verbales, propuestas por filólogos (no por lingüistas), quizá buscando ser integradoras, son utópicas y complicadas. Demasiado para ser empleadas con fluidez por hablantes normales. Esto debió parecerle escandaloso a un colega mío de Euskaltzaindia, para quien el euskera no es más difícil que el castellano porque un niño aprende en la cuna por igual una u otra lengua. Tiene razón, aunque está equivocado. Es obvio que todo niño adquiere (más que aprende) por igual cualquier lengua en la cuna. Pero hay dos precisiones: es dudoso que la mayoría de los jóvenes de esa franja de 16-24 años sean euskaldunes nativos y, según datos oficiales, son bilingües. Es decir, que disponen de dos lenguas para expresarse en una u otra. Porque el contacto de lenguas, que es social, está en el bilingüe que compara sus lenguas e incluso, las mezcla, siendo la interferencia moneda corriente. La difícil situación del euskera está en que no hay monolingüismo vasco ni en Euskadi ni, probablemente, en ningún sitio.

En Lingüística, adjetivos como fácil, difícil, significan en relación a un estándar explícito o implícito con el que se los compara. En nuestro caso, los bilingües citados tenderán a comparar las formas verbales vascas con las castellanas. Por ejemplo, 'eman diezadakezu' corresponde a 'me lo puedes dar', pareciendo ésta más fácil que aquella para usar por construirse con elementos independizables y reconocibles semánticamente frente a la forma vasca que es un bloque de morfemas abstractos inseparables. Sé -por haber sido la primera en demostrarlo hace tiempo- que el vasco es lengua aglutinante y que este rasgo fundamenta su estructura. Pero las formas verbales similares a la citada, si bien fascinan al gramático por su pulcritud, suponen un hándicap en el uso natural de la lengua. Y como tienen formas alternativas más ágiles, creo que la grave situación actual lleva a sopesar éstas. Quizá habría que cambiar la filosofía frente a la norma vasca, porque la ley del mínimo esfuerzo es real y, en nuestra práctica diaria, la gramática no es sino un 'mal necesario', ya que buscamos jugar con la lengua. Es obvio que mi propuesta no cabría en distinto contexto político.

La política lingüística se inserta en una planificación con varios componentes. El Gobierno vasco ha actuado con acierto sobre casi todos ellos, salvo sobre el de mayor impacto social: la codificación de la norma. Y puede pensarse que, a través de sus expertos, tenía que haber alertado a la Academia sobre los tristes datos del uso, para introducir medidas correctoras, como prevé el modelo de planificación aunque sean incómodas.

Me cuento entre quienes han dedicado mucho tiempo al euskera y querría poder emplearlo en mi ciudad. Me gustaría también dejar de oír que la lengua que no tiene más país que este nuestro para manifestarse y vivir es un enfermo terminal que no acaba de morir.

Karmele Rotaetxe Amusategi, catedrática de Lingüística y Sociolingüística en la UPV-EHU.