Políticas newtonianas en el universo de Einstein

La historia de Estados Unidos, como la de los países europeos a partir del siglo XV, se define por sus conquistas en el exterior. El continente americano fue conquistado, sus habitantes primitivos se vieron privados de la tierra y reducidos a la servidumbre, se ocupó gran parte de México, y los Estados del Caribe y América Central quedaron sometidos a tutelaje. Nuestra oposición al imperialismo fue ambigua y contradictoria, conjugando el auténtico rechazo de algunos estadounidenses con la cínica justificación de otros de la dominación que imponíamos.

Seguimos siendo una potencia imperial. Nuestro control del sur de la frontera ha mermado, pero ahora es mayor nuestra presencia en otras partes del mundo. Las explicaciones de nuestros sabios y el lenguaje de nuestros políticos cambian, Kabul sustituye a Saigón, pero los ataúdes de nuestros soldados vuelan de regreso a casa y las naciones que decimos estar liberando o protegiendo siguen quedando devastadas. El secretario de Defensa, Gates, ha anunciado una importante reorganización de las fuerzas armadas, destinada a prepararlas para intervenir en guerras civiles; un proyecto que, con su laxa definición de “terrorismo”, augura un sinfín de conflictos.

Con todo, es algo que no cuadra con la tendencia general de la historia contemporánea. Los Estados del Hemisferio Norte, en su mayoría, han sido expulsados del Hemisferio Sur: España y Portugal tuvieron que abandonar América Latina, Francia se fue del norte de África y Gran Bretaña abandonó Egipto, Irak y el subcontinente indio.

Por otra parte, se ha renunciado a África y los blancos del continente aceptan el Gobierno de la mayoría en Suráfrica. La Esfera de Prosperidad Compartida de la Gran Asia Oriental, propiciada por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, es un lejano recuerdo. Las revoluciones china y rusa significaron la liberación respecto al dominio extranjero.

El nuevo proyecto estadounidense se justifica de tres maneras distintas. En primer lugar, dice que se enfrenta a la organización islamista que está tras los atentados contra Estados Unidos. Si dicha organización sigue existiendo, en qué se ha transmutado o dónde puede encontrarse son preguntas a las que el Gobierno estadounidense no puede responder. En lugar de eso, el nuevo proyecto político-militar conlleva la lucha, en los países de origen, contra grupos islamistas y de otra índole que cuanto más batalla Estados Unidos contra ellos, más adeptos tienen.

La segunda justificación afirma que estamos inmersos en una campaña en defensa de los derechos humanos y el desarrollo económico. Lo cual deja de lado los defectos de nuestros aliados, entre ellos Israel y Arabia Saudí. Las pruebas de que el respeto a los derechos humanos y el desarrollo económico puedan lograrse mediante la presión exterior brillan por su ausencia.

Según la tercera justificación, estamos asumiendo nuestras responsabilidades mundiales, aunque gran parte del resto del mundo preferiría que nos centráramos en nuestros problemas internos. Así lo cree un sector de la opinión pública estadounidense. Muchos de nuestros artistas, académicos, escritores y pensadores están de acuerdo, y, con ellos, un grupo considerable de personas de la élite económica y política.

¿Por qué no se cuestionan las líneas generales de la propuesta del Pentágono? Sólo 51 de los 435 congresistas se opusieron a financiar la guerra en Afganistán, sistemáticamente mal concebida. El resto del mundo vive en un universo einsteiniano en cambio constante, mientras Estados Unidos continúa en un medio estático y newtoniano.

La inercia del aparato imperial es la fuerza motriz de nuestra física política. Por sí solos, los condicionantes económicos no reducirán nuestro modelo de intervención permanente en el exterior, e incluso podrían acentuarlo. Lo que sí podría alterar la situación sería la aceptación pública de que nuestro país puede tener un papel mundial más complejo y limitado, menos orientado por la angustia y el miedo.

Muchos nos equivocamos al pensar que Vietnam haría inevitable esa aceptación, o que el desastre en Irak remataría la faena iniciada con la derrota en Indochina. Unas pocas horas de televisión estadounidense o la lectura del Washington Post indican que la convicción de la propia superioridad moral sigue primando en nuestra sensibilidad política, sin dejar de ocultar un profundo miedo a un mundo hostil. De alguna manera, nuestro presidente duda que una visión alternativa deba presidir abiertamente su política exterior y militar. Avanza poco a poco, lo cual minimiza el impacto de sus iniciativas, nuevas y muy positivas respecto a la reducción de armas nucleares y el conflicto árabe-israelí.

A menos que adopte un papel dominante y pedagógico, los elementos regresivos del aparato pondrán en cuestión su programa. Durante la campaña electoral hablaba como Prometeo. Ahora hay cierto riesgo de que termine como Sísifo.

Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.