Políticos, «traidores a España»

La madre naturaleza, con lluvias torrenciales durante los días 12 y 13 de septiembre en el sureste español (Valencia, Alicante, Murcia y Almería), ha puesto en evidencia a la inoperante clase política actual española, que lleva quince meses sin gobernar, desde junio de 2018, en que consumaron la moción de censura en el Congreso de los Diputados, ayudados por separatistas y filoterroristas, y derribaron al Gobierno existente. Los recientes temporales han sido la gota de agua que ha colmado el cúmulo de evidencias de que los políticos -de los cinco partidos mayoritarios- son incapaces de sentir el deber de Estado y las necesidades prioritarias de la nación antes que las luchas partidistas. Muestran que son negados para formar un Gobierno de coalición, hablan de «negociaciones», cuando los problemas de España no son aptos para «chalanear»; sino simplemente asumir que es necesario acometer directamente las necesidades, como los daños del temporal, y, dentro de un Pacto de Estado, ponerse a gobernar civilizadamente, como ha pedido el pueblo en las urnas. En el fondo de la cuestión está el abandono al que, en este terreno, está sometida España, desde hace casi medio siglo en que se proclamó la democracia, siendo incapaces, en todo este tiempo, de legislar y habilitar de medios (vía Ley de Aguas o Plan Hidrológico Nacional) que contemplen las necesidades actuales y la proyección de las futuras, con la construcción de infraestructuras como exige el desarrollo de un país moderno y progresista.

A la situación actual de precariedad y carencia de un tratamiento de aguas general se ha llegado, entre otras muchas razones, porque desde 1945 en que concluyó la II Guerra Mundial se inició en España la emigración hacia Europa, y se comenzó a abandonar el campo, los cultivos, el abancalamiento del suelo y todo lo que suponía la retención del agua, permeabilización de terrenos para cultivos y conducción de caudales. Igualmente se desatendieron bosques, se intensificaron construcciones -a veces en espacios inundables- y se asfaltaron miles de hectáreas con carreteras y calles que no absorben agua, sino que la repelen; todo lo cual tuvo el doble efecto de que el agua, en mayor volumen, se acumule en menores espacios y corra a mayor velocidad, causando superiores daños porque ni arquitectos, urbanistas, ingenieros…, ni principalmente políticos, se preocuparon del apresado, conducción, dominio y tratado de aguas, que exigen sus cauces naturales.

Los políticos de turno dirán que se valorarán daños y compensarán a los afectados. Eso no es suficiente, aunque necesario. Hay que afrontar la situación buscando soluciones efectivas desde la raíz. No en balde ha llovido sobre mojado, porque ya hace 86 años, precisamente en ese mismísimo epicentro en el que la madre naturaleza acaba de dejar en evidencia a la infinidad de sucesivos políticos españoles, es donde se han descargado las últimas tormentas: Alicante. El 26 de febrero de 1933, en la comida, tras la Asamblea sobre Política Hidráulica celebrada en el teatro Monumental, el entonces ministro de Obras Públicas, el socialista Indalecio Prieto, citó la necesidad de infraestructuras, y dijo: «Esta no es obra a realizar en el periodo brevísimo de días, ni de meses; es obra de años, para la cual se necesita la asistencia de quienes hoy gobiernan, de quienes están en la oposición, de quienes sirven al régimen republicano y, oídlo bien, de quienes estén en contra de él; porque quienes por patrocinar el régimen republicano una obra de esta naturaleza le negaran su asistencia y su auxilio, serían, no enemigos del régimen, sino unos miserables traidores a España».

Quien esto escribe lleva más de cincuenta años clamando por la máxima intercomunicación de cuencas en España, el recrecimiento de presas, la transformación de pantanos de contención en embalses permanentes, como lo debería ser el de la pedanía de Los Rodeos, de Campos del Río, en el río Mula, afluente del Segura.

Afligen las víctimas y los daños que ocasionan los temporales, claro. Pero más incomprensión origina que la ineptitud de los políticos lleve siglos sin concebir que el agua que nos regala el cielo, imprescindible y esencial para la existencia de la vida vegetal, animal y humana, tan escasa en España, dejemos que se pierda en el mar. ¡Despertad políticos!

Antonio Garrido Buendía es periodista.

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