Politizar la retirada

Para algunos, la política es un tablero de juego, con solo dos movimientos posibles: “quítate tú, que me pongo yo”. Pero el espacio político no es esto. Es el hueco que media entre los elementos, el vacío necesario para que estos existan, con sus posiciones y sus desplazamientos. Si no lo hubiera, el tablero y sus piezas se evaporarían, como un sueño. Como la fantasía que es en realidad toda representación, incluida la representación política.

¿Quién, cuándo y cómo se construyó este tablero? Las ficciones jurídicas del contrato social instituyeron los movimientos posibles en el espacio político moderno. Así, igual que el alfil o la reina se desplazan por la cuadrícula de un modo y no de otro, los actores políticos modernos solo se han podido instituir y moverse a través de lo que permiten ciertas palabras: contrato, Estado, soberanía, constitución, propiedad o representación. Términos que pretendían trazar itinerarios seguros para la vida política, pero que también han vallado, en siglos posteriores, muchos otros recorridos posibles. Hoy empezamos a intuir que desplazarnos en el espacio político a través de las palabras no solo implica hacerlo “mediante” ellas. Significa también que es posible ir “más allá” de las mismas. Porque las palabras curvan el espacio político, lo abren o lo cierran. Y si es verdad que a veces lo liberan, otras lo vuelven realmente irrespirable.

La actual crisis del espacio político es, sobre todo, una brecha abierta en el valor de las palabras: en su capacidad de representar, en su fuerza legislativa, en su compromiso moral. Hay que volver a pronunciarlas con seriedad y propiedad. Es preciso aprender nuevas formas de movimiento y discurso en el espacio político, igual que un día, como individuos, aprendimos a caminar y a hablar a un mismo tiempo. Ignoro si es la hora de reconstruir la vida política o de edificar otra vida política, digna de tal nombre. Lo que resulta claro es que en este momento la codificación que el tablero político, ciertos partidos, hacen de esta crucial necesidad tiene un recorrido muy corto y unos movimientos asfixiantes.

Cuando se repite ad náuseam que “hacen falta otras voces políticas” parece que lo que se pretende es encontrar recambios sin desgastar, un casting político al estilo operación triunfo en busca de la juventud y la frescura, de la habilidad de decir “algo que suene diferente”. Lo inquietante es que, como si fuesen productos, muchas de estas nuevas voces nacen con una obsolescencia planificada: parecen diseñadas para sustituir a políticos maduros una vez cumplida su fecha de consumo preferente.

A veces, fuera de los aparatos de los partidos, un mirlo blanco logra hacer llegar un canto más o menos en nombre del pueblo. Pero, y siento ser un poco aguafiestas, si la melodía tintinea como electoralmente rentabilizable, pronto se lo embadurna en el almíbar de los elogios hasta asfixiarlo. Atención: no hay nada más neutralizador que la lisonja. Porque a menudo es el heraldo de su contrario. Ante tanto ruido, furioso y absurdo, resuena un discreto verso de Calderón: “Cuando tan torpe la razón se halla / mejor habla, señor, quien mejor calla”.

No defiendo que ahora haya que callar en la política a mayor gloria de la marca nacional; tampoco me refiero a la administración rastrera de silencios irresponsables que venimos soportando. Lo que afirmo es que no solo se precisan nuevas palabras y voces; es hora de aprender qué son esos silencios elocuentes. Porque el silencio político también puede ser un uso, muy sutil, de la palabra. Igual que el espacio media entre los elementos de un sistema, los silencios tercian y expresan, suspenden y denuncian. Son también lenguaje político. No hablo de la “mayoría silenciosa” de Mariano Rajoy. Hablo de otra cosa, que por ahora solo se puede llamar tentativamente “la retirada de la política” tal como, hace más de 20 años, intuyeron filósofos como J. L. Nancy y A. Badiou. Desde entonces, la tendencia no ha hecho más que confirmarse.

¿Qué retirada es esa? Se trata de un repliegue estratégico, que no consiste simplemente en abandonar el campo de batalla. No es una deserción sino una retirada provisional, cargada de sentido, respecto a la arena política formal. Ignoro aún en qué medida pensadores como Zizek aciertan al definir como tragedia (esto es, la dramática experiencia de lealtades contrapuestas) el doble objetivo que afrontan hoy los movimientos antagonistas: por un lado, reivindicar una política económica “antimercados” y, por otro, reclamar una democracia real y más directa.

Pero sí sé que es una pregunta inquietante, incluso desagradable, aunque no por ello menos ineludible: estamos forzados a pensar la relación que existe entre democracia y capitalismo en este momento histórico. El rechazo a la oferta de formar parte del tablero político es una forma de retirada, que está logrando mostrar un espacio político más amplio y, con ello, intentando abrir respiraderos en la vida política. Respiraderos e incertidumbres, desde luego. Politizar ahora esa retirada es vital: es algo más elaborado y útil que la abstención y un paso más allá de la simple desafección. Politizar esa retirada debe convertirse en un gesto con sentido. Ha de ser un trabajo inteligente sobre la simbolización de lo político, un contundente ejercicio de expresión política y no de expresivismo, eso que hoy inunda de reemplazos afectivos sentimentales nuestra fosilizada vida política.

Si la irrupción de poderes no políticos en el espacio político genera hoy déficits democráticos inocultables, ese trabajo sobre la simbolización de lo político convoca a una escenificación de los correspondientes contrapoderes. El gesto político de la retirada permite denunciar la clamorosa ausencia de los representados, manifestar que la política es una ficción con efectos muy reales e indicar que más allá del tablero, la vida política se extiende por un territorio inexplorado, entretejido por miles de espacios micropolíticos. La magnitud de la tarea propuesta es oceánica: politizar esta retirada y devolver su reflujo como el embate de una ola sobre la corrompida vida política. Vale la pena abordarla. Si hubiéramos podido resolver la paradoja de cómo impugnar y defender al mismo tiempo la idea de representación política, habríamos resuelto el enigma de la desobediencia: por qué subvertir la ley a veces es la única forma de preservar su sentido más profundo. Pero es un enigma que debe seguir abierto.

Alicia García Ruiz es Investigadora de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Autora del libro Contra la Privatización de la Universidad.

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