Pop y circunstancia

I. Los viajeros por Gran Bretaña han puesto tanto ingenio y entusiasmo en el reproche que los denuestos contra la cocina nacional alcanzan el grosor de un subgénero literario. Baste referir que entre los testimonios más misericordiosos que podemos encontrar está el de James de Coquet, para quien la culinaria británica sería buena de no estar, por lo habitual, "celosamente escondida". A nuestro Camba le honra, como a Paul Morand, haber echado un capote espiritual a unos británicos con la autoestima gastronómica siempre escocida: ahora nadie duda de que en Reino Unido se come, nacional o foráneo, de modo extraordinario. Los clichés culturales tienden a perpetuarse, sin embargo, aunque hoy en las islas se beba más café que té, haya más práctica católica que anglicana y convivan el tweed con los vaqueros y las onzas con los gramos. Lo mismo parece ocurrir con una monarquía capaz de combinar la pompa y lo pop. Según Burke, el rasgo cultural más propio de Gran Bretaña es abarcar al mismo tiempo lo presente, lo pasado y lo futuro, a imagen de aquel cuadro de Turner -de tanto peso en el imaginario nacional- en que un moderno barco de vapor remolca, Támesis arriba, al viejo Temerario que luchó en Trafalgar. También la continuidad de la monarquía la afirma menos como anacronismo que como pervivencia. A eso, sin duda, ha ayudado la célebre "elasticidad británica", esa inteligencia capaz, de un extremo a otro de la vida de Isabel II, de dar un trato a Wallis Simpson y otro muy distinto a Meghan Markle.

II. Del pollo Coronación al bizcocho Battenberg, no son pocas las fantasías culinarias que emanan de bodas y festejos de la monarquía británica. En la Gran Guerra, para marcar distancias con el mundo germánico, el apellido Battenberg se tradujo en Mountbatten y la dinastía pasó de Sajonia-Coburgo-Gotha a Windsor. Hubo buenas razones para no haber elegido, por ejemplo, York: para la realeza inglesa, Windsor es el lugar de la memoria. Fue defensa de Londres en tiempos de Guillermo el Conquistador, hace mil años. Ha sido y es capilla de la Orden de la Jarretera, parada social con el Royal Ascot y -a un bateo de cricket del colegio de Eton- academia de las élites británicas. Junto a la memoria, también ha tenido algo de relicario del amor: allí lloró su pena Jorge III y allí tuvo su retiro la viuda de Windsor, la reina Victoria, que mantuvo intacto siempre "el cuarto azul" donde murió su Alberto. Allí, en fin, compartieron más de un pícnic Diana de Gales y su esbelto profesor de equitación. Respetado por las guerras, Windsor se vio atacado por un enemigo aún más antiguo: el fuego. Fue en noviembre de 1992, última almendra amarga de lo que la propia reina llamó annus horribilis de la corona. Sí, pasado, presente y futuro: en el mismo lugar en que se refugió de los bombardeos, Isabel II ve mañana la boda de su nieto. Signa temporum: en todas las ceremonias ha habido que moderar el esplendor, en 1947 por el racionamiento; setenta años después, por esa terna de austeridad, ejemplaridad y transparencia.

III. El Retrato de una época de G. M. Young tiene la fama -cosa no menor- de ser el mejor ensayo jamás escrito. Es tanto el peso de su reputación que resulta todo un alivio leerle a Juan Benet que a veces el libro -una lección sobre la era victoriana- le aburría. En todo caso, Young tiene observaciones de agudeza. Si el pueblo inglés, escribe, ha apoyado "la supervivencia de una institución que, a ojos de los radicales, no es más que una cara ficción, sin duda inútil y tal vez maligna", es por una realidad a la que "los estudiosos de la filosofía política rara vez prestan tanta importancia como merece": precisamente, "el afecto". Es común en nuestros días hablar -con cierta ligereza- de una pasión británica por sus monarcas. Parecería una especie de destemplanza característica de una britanidad por lo demás siempre mesurada. Lo importante, sin embargo, es la inteligencia de ese apego: por decirlo al modo burkeano, para amar a la Corona, la Corona tiene que ser amable. Y para eso, tiene que dejar de ser peligrosa. Ahí, la propia historia del país puede leerse como un intento de embridar el poder real en todo lo que va de la Magna Carta allá en el siglo XIII a la Gloriosa en el XVII o la sentencia de Macaulay -"el príncipe reina y no gobierna"- ya entrado el XIX. La reina Victoria, tan dada a meterse en políticas, llevaría muy a mal esa limitación de su capacidad ejecutiva. Y, sin embargo, la lenta sedimentación de la monarquía parlamentaria iba a traer un modelo en el que todos -pueblo y soberano- ganaban más que perdían: por algo Pendás lo llama "milagro jurídico-político". La sociedad podía respaldar a su monarca sin temor a tentaciones despóticas. Las instituciones lograban equilibrar "el viejo sentimiento de la monarquía heroica" con "el refinamiento de la constitución". El monarca sumaba enteros de autoridad e influencia con sus funciones, hoy clásicas, de "ser consultado, exhortar y prevenir". Y al Estado, "el digno uso" de la corona le podía aportar "un valor incalculable". También a cualquier ciudadano, con un sistema premial mediante el cual un oncólogo, un poeta o un fabricante de detergentes veía sus éxitos y esfuerzos ornados por el reconocimiento de la sociedad y las instituciones. La Corona, desde el XIX británico, se vuelca en este apoyo a iniciativas y necesidades de la comunidad que no siempre son la prioridad de la política del día y que precisan de apoyo para prosperar. Cuando se pregunta qué harán Harry y Meghan, es justamente eso: una filantropía inteligible por la sociedad a la que sirven. Como se ve, el amor británico a la Corona está ligado a la percepción de su utilidad. Y para creer que es una percepción bien fundada, basta imaginar los dividendos que la serie The Crown habrá generado en términos de anglofilia -y en puro dinero- en todo el mundo.

IV. Seguramente la hiperpolitización no sea menos inconveniente que la banalidad: esta tribuna tal vez debiera haberse dedicado a la ley de pesca o a la política de infraestructuras, pero -como dijo Bagehot, gran teórico monárquico- a la mayor parte de la gente "siempre le preocupará más un matrimonio que un ministerio". Y aun cuando le rechine a nuestro rigor racional, hay algo humanamente congruente en que la monarquía venga a "endulzar la política con la justa adición de acontecimientos hermosos". Al tiempo, el propio carácter familiar de la institución "lleva el orgullo de la soberanía al nivel de la vida diaria". Dicho de otra manera, para la monarquía todo puede ser leyenda: amores y riñas, días de gloria y días de llanto. Es difícil no tener un punto de apego a alguien a quien -caso del príncipe Harry- se ha visto crecer, enamorarse, hacer el cafre, vestir con valentía el uniforme o seguir el féretro de su madre. Para entretener la conversación nacional, nada mejor que unos Windsor que, a decir de la propia reina tienen, "como en las mejores familias' sus 'jóvenes caprichosos e impetuosos' y sus 'desacuerdos familiares".

V. En la coronación de Carlos de Inglaterra está pautado que una baronesa luzca tres pulgadas de armiño en su capa, con lo que podrá envidiar a unas duquesas que graciosamente se adornarán con cinco. Cabe imaginar que para esta boda rijan distingos similares: como observó, poeta de la patria, John Betjeman, hay un genio británico singular para el ceremonial. Lo veremos cuando suene Jerusalem, como un trallazo a la afectividad, indicio -según Bogdanor- de esa capacidad de la corona de "representar a la nación de manera emocionalmente satisfactoria". Es posible que la boda de Harry y Meghan no acuñe ningún plato para la historia: a cambio, ya hay quien ha mezclado cocina y diplomacia para vender té helado americano elaborado con Earl Grey inglés o cócteles Manhattan con whisky escocés, en honor a la "relación especial" con EEUU. Estos días en Londres tienen ese punto donde la fiesta y el kitsch se abrazan: hay toda una industria perecedera que abarca lo mismo trajes de baño (sic) que mermeladas conmemorativas. También lucen bien gallardas las banderas en el Mall y en Regent Street. Será que la monarquía rinde lo mismo cuando "se esconde como un misterio" o cuando -como mañana- "se pasea como en un desfile". Disraeli, que lo sabía todo, ya intuyó que, bajo el gobierno del pueblo, la importancia de la corona bien podía ser mayor y no menor.

Ignacio Peyró es escritor y periodista. Su último libro es La vista desde aquí (Elba).

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