Populismo y resentimiento

No hay nada nuevo bajo el sol. El historiador británico Tom Holland refiere cómo un tribuno estaba obligado a no abandonar Roma durante el primer año de su cargo, así como a mantener siempre abierta su casa. Tenía el derecho a convocar asambleas públicas en las que aprobar sus propias leyes. Ante la mirada desdeñosa de los patricios, los titulares de esta magistratura plebeya prestaban mucha atención a las dificultades y quejas de la gente. Lo hacían hasta el punto de pararse en la calle para escuchar a quienes les salían al paso y leer los graffiti reivindicativos escritos sobre los monumentos. Incluso imitaban el acento arrabalero de los barrios bajos a fin de congraciarse con aquellos de los que dependía su fortuna política.

Los últimos comicios autonómicos y municipales han consagrado la irrupción de un populismo que, por naturaleza y fuerza, parece inédito en nuestra joven democracia. No obstante, reverdece conceptos tan antiguos como la República romana. Su demagogia, providencialismo e intolerancia no resultan nuevos. Tampoco lo es el resentimiento que aletea, tan grávido como una piedra, bajo las acciones y palabras de algunos de sus protagonistas. Entre ellos se cuentan cargos públicos que se burlan de las víctimas del terrorismo y el Holocausto o asaltan capillas en actitudes obscenas; inspiradores ideológicos que justifican el mundo batasuno (Monedero escribió en 2011 que ETA era un mero «anacronismo cruel») o dirigentes que recuperan la dialéctica sectaria y guerracivilista que esa transición tan denostada por ellos parecía haber enterrado para siempre.

En vez de interpretar Juego de Tronos en clave doméstica, los jerarcas de Podemos deberían revisar a nuestros clásicos contemporáneos. Si acudieran a Gregorio Marañón aprenderían lo que significa el resentimiento, una pasión que fermenta tardíamente, se infiltra en el ser de algunos hombres y acaba por regir hasta las menores reacciones de su conducta. Idéntica agresión determina el dolor o la depresión, primero, y la superación o el olvido, después, en el individuo desprendido, mientras propicia una «memoria contumaz, inaccesible al tiempo» en el resentido. Y es que se da siempre en este último un periodo muy largo de incubación «entre la ofensa y la vindicta». Incapaz para la generosidad, quien enferma de resentimiento acostumbra a ser «capaz de todo al tener el poder entre sus manos».

Marañón identifica al segundo de los emperadores como un «ejemplar auténtico» del hombre resentido. Tanto es así que reconoce no haber pretendido en su Tiberio historiar la vida del hijastro de Augusto, sino la más específica de su resentimiento. Es este sentimiento, de hecho, el que enhebra los distintos episodios de la biografía de quien fue, pese a todo, un sobrio César, riguroso militar, competente administrador y notable aficionado al arte. La inteligencia y buena formación no están reñida con el resentimiento, sino la incapacidad para comprender y amar. Cada episodio decisivo de su larga vida avivó la caldera del rencor que en el alma albergaba Tiberio.

Nacido el año 42 a.C., hubo de sufrir en su infancia cómo su madre, la ambiciosa Livia, repudiaba a su padre para desposarse con Octavio, el futuro Augusto. Precisamente fue el primero de los emperadores quien dictaminó, años después, su divorcio de la apacible Vipsania para casarle con su única hija, la fogosa y adúltera Julia. De ella se vengaría con frialdad Tiberio, entregándola, inmisericorde, al destierro. Adoptado por el raptor de su madre y el ofensor de su padre, nunca olvidó que Augusto solo se fijó en él como sucesor cuando ya no contaba con ninguno de sus candidatos. Es así que, como señala Marañón, Tiberio se convirtió en emperador recibiendo «con el supremo honor el supremo motivo de su resentimiento». A partir de entonces desencadenó su feroz venganza, que se recrudeció por la desesperación ante la muerte natural de su único hijo, Druso II. Ni siquiera el retiro final a la idílica isla de Capri alivió su amargura. Muy por el contrario, acentuó su misantropía; también su crueldad, que la habladuría del pueblo transformó en un catálogo –falso , sin duda– de degeneración y aberraciones.

De cualquier modo, Marañón estimó el resentimiento como una pasión que tiene mucho de impersonal y social, a diferencia del odio, pecado que estalla fugaz e individualmente como el rayo. Por eso, se presentan tan temibles los hombres resentidos a los que el azar coloca al frente de las revoluciones. Suelen ser los cabecillas más crueles.

La lección que nos lega el relato de Tiberio es sencilla. El mando político discrimina siempre dos grupos: el de aquellos a los que sublima la responsabilidad del mando y el de quienes son pervertidos por su vértigo. Generosos y resentidos libran, sin embargo, hoy una partida distinta. En la Roma antigua se denominaba «populares» a los políticos que confiaban en su don de gentes. Sometidos al mismo escrutinio de los medios que los encumbraron, sus sucesores, sin embargo, no han sabido sortear siquiera el riesgo de parecer altivos.

Álvaro de Diego González, decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad a Distancia de Madrid.

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