Por el atajo de Aznar

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 02/03/03):

Ah si yo hubiera podido contarle esta historia al presidente Aznar antes de que fuera demasiado tarde…! Faltaba un lustro para que él y yo naciéramos, cuando en junio de 1947 la revista Foreign Affairs publicó un extenso artículo, subdividido en cuatro partes y titulado The Sources of Soviet Conduct (Las Fuentes de la Conducta Soviética), cuya difusión revolucionó el pensamiento político en los Estados Unidos al descalificar por igual el mito de la insoslayable inminencia de una Tercera Guerra Mundial y la utopía de la coexistencia amistosa con los regímenes comunistas. En un entorno intelectual nada propicio a jugar al escondite, el modo en que aparecía firmado en el encabezamiento no podía ser más heterodoxo y enigmático: by X.

El texto combinaba la precisión científica con un estilo sonoro y ampuloso muy parecido al empleado por Gibbon -al que citaba varias veces- en su Declive y Caída del Imperio Romano. Releer precisamente esta semana, en la que se cumplen 50 años de la muerte de Stalin, cómo «en la pretensión de asegurarse su propio dominio» los jerarcas soviéticos «no estaban dispuestos a aceptar restricción alguna, ni de Dios ni del hombre, sobre el carácter de sus métodos», produce ese especial estremecimiento que merece la clarividencia intelectual convalidada por el paso del tiempo.

Según el señor X, el régimen soviético había convertido la inevitabilidad de la destrucción del capitalismo, fruto de sus contradicciones internas, en un dogma de fe, pero -añadía irónico- «sin sentir, por fortuna, ninguna prisa por verlo cumplido». En su opinión «el Kremlin, como la Iglesia, se asienta en conceptos ideológicos válidos a largo plazo y puede permitirse ser paciente». Todo ello, y en especial la autoinducida paranoia de sentirse cercados por el imperialismo occidental y la necesidad de preservar a todo trance la «revolución en un país», constituía en realidad una coartada para mantener indefinidamente una férrea e implacable dictadura sobre los pueblos soviéticos porque «la infalibilidad requiere de la observancia de la disciplina».

¿Qué hacer? Después de haber tratado con cierta simpatía la figura de Lenin, X ofrecía su receta para lidiar con Stalin: «Está claro que el principal elemento de la política de los Estados Unidos hacia la Unión Soviética debe ser una contención a largo plazo, paciente pero firme y vigilante, de las tendencias expansionistas rusas». En ese último párrafo de la segunda parte del artículo quedaba acuñado así el concepto clave que garantizaría la estabilidad y prosperidad del mundo occidental durante la segunda mitad del siglo XX: contención, containment.

El misterioso autor del artículo sugería la constante aplicación de «medidas de contrafuerza», recogiendo el guante del desafío de Moscú en cualquier parte del globo, pero recomendando la máxima «frialdad» para que las sucesivas «exigencias» fueran planteadas ante el Kremlin «de forma que siempre quede un camino para cumplirlas que no vaya demasiado en detrimento del prestigio ruso». Su propuesta consistía, en definitiva, en aceptar el «duelo de duración infinita» que los soviéticos habían convertido en eje de su política exterior, con el convencimiento de que eran ellos y no las democracias liberales quienes, por su incapacidad de proporcionar esperanza a las nuevas generaciones, llevaban «en su seno las semillas de su propio declive».

Y es al leer el antepenúltimo párrafo de la parte final del artículo cuando no queda sino ponerse en pie y rendir la pluma en señal de homenaje -enseguida aclararé por qué-, tal y como hacen los matemáticos de Princeton en la película Una mente maravillosa cuando la Academia Sueca y el paso del tiempo reivindican a su amigo el profesor chiflado. Recuerden que estas líneas fueron escritas cuando aún Jruschov fingía en Ucrania su ferviente adhesión al Gran Koba, Brezhnev era un general reciclado en jefe político de Moldavia y Gorbachov conducía tractores con su primer pantalón largo en la localidad caucasiana de Privolnoye: «Son los Estados Unidos los que cuentan con el poder para incrementar enormemente las tensiones bajo las que debe operar la política soviética y para imponer al Kremlin un mayor grado de moderación y circunspección del que ha observado durante los últimos años, y para, de esta manera, promover tendencias que deben, eventualmente, desembocar o bien en el colapso, o bien en el deterioro gradual del poder soviético. Porque ningún movimiento místico o mesiánico -y desde luego no el del Kremlin- puede afrontar indefinidamente la frustración sin terminar por ajustarse, de una manera o de otra, a ese estado de cosas».

Fue necesario mucho menos tiempo para descubrir la identidad del señor X que para que su diagnóstico se hiciera realidad, porque varios altos cargos del Departamento de Estado constataron enseguida la total coincidencia entre las tesis del artículo de Foreign Affairs y el contenido del bautizado como Telegrama Largo con el que el año anterior un lúcido diplomático llamado George Kennan había hecho balance de su gestión como Consejero Político de la embajada norteamericana en Moscú. Kennan había estado frente a frente con Stalin y se había sentido impresionado por «esa cara picada y esos ojos amarillos de un viejo tigre curtido en la batalla». Años más tarde se convertiría en el titular de la propia embajada ante el Kremlin y también ocuparía idéntico rango ante la Yugoslavia de Tito. Para entonces su prestigio y credibilidad como «cerebro» de esa «contención» de la que había nacido la doctrina militar de la «disuasión» ya tendrían pleno reconocimiento público.

Bestia negra tanto de la izquierda partidaria del desarme unilateral, tal y como lo predican Chomsky y compañía, como de los halcones imperialistas del Pentágono, Kennan ha encarnado y continúa encarnando la posición pragmática y realista de quien prefiere la tenacidad y la acción sostenida en pos de unas transformaciones limitadas, pero de efecto acumulativo, a las aventuras fruto de la soberbia o la codicia, las quimeras quijotescas y los duelos a muerte al ponerse el sol. Y digo que «continúa encarnando» porque George Kennan, nacido en 1904, sigue con vida y en pleno uso de sus facultades intelectuales a los 98 años, con el rango de profesor emérito del Instituto de Estudios Avanzados, precisamente en ese mismo campus de Princeton en el que también vive el Nobel John Nash y en el que, a este lado del paraíso, Scott Fitzgerald situó su primera gran novela.

Hace ocho años me invitaron a dar una conferencia en la escuela Woodrow Wilson de esa universidad y alguien me contó entonces la historia de George Kennan. Ahora hace sólo unas semanas he comprobado que esa «otra mente maravillosa» de la comunidad académica de Nueva Jersey sigue en plena forma y, a juzgar por la respuesta que le dio a la periodista del New Yorker que le salió al paso para preguntarle por la crisis de Irak, continúa defendiendo coherentemente las mismas ideas: «Mire usted, la intervención militar sólo estaría justificada si su ausencia supusiera un peligro grave e inminente para nuestro país o, como máximo, para alguno de nuestros más íntimos y tradicionales aliados. Y no veo ninguna evidencia de ello. El inminente uso de la fuerza para expulsar a Sadam del poder me parece completamente desproporcionado respecto a los peligros que implica. No he visto la menor evidencia de que tengamos ningún plan realista para afrontar el gran estado de confusión que presumiblemente sucederá en Irak a la eliminación con éxito del dictador. Por supuesto, que yo no estoy bien informado, pero me temo que cualquier intento de afrontar la actual situación latente sólo por medios militares puede más fácilmente contribuir a agravarla que a aliviarla».

Respiremos hondo. Esta es la nueva profecía de nuestro más sabio Matusalén, el hombre que ya acertó una vez.

Por supuesto que el único señor X que yo conocía antes de visitar Princeton en el 95 era Felipe González. Para entonces ya era un secreto a voces que el jefe de los GAL, a quien el juez Garzón había identificado en uno de sus autos con tan poco jurídica terminología, no podía ser otro sino el aún presidente del Gobierno.Y para entonces un clarividente jefe de la oposición llamado José María Aznar ya había hecho un certero diagnóstico de la causa profunda del derrumbe moral y el error estratégico que para el Ejecutivo socialista había constituido el recurso al crimen de Estado: «En la lucha antiterrorista no caben atajos».

Ni en la lucha antiterrorista, ni en la actividad empresarial, ni en ningún otro orden de la vida… incluida la política exterior.El atajo implica siempre la apuesta por la ocurrencia frente al verdadero talento, por la cultura del pelotazo frente a la economía productiva, por el utilitarismo moral frente al principio de legalidad, por el oportunismo del zigzag frente a la consistencia de la aburrida normalidad democrática.

Si algo había caracterizado hasta ahora la gestión de Aznar era que nunca se hacía trampas en el solitario. Por eso estaba siendo mucho mejor gobernante que candidato. Por eso era bastante más respetado que querido. Por eso estaba pasando sigilosamente a la Historia como un primer ministro ejemplar -probablemente el mejor de la democracia- al que nadie recordaría por su carisma sino por su sentido común. Por eso era, por encima de todo, previsible en su prudencia y moderación. Una prudencia y una moderación que convirtieron al PP en el partido que proporcionaba el marco de estabilidad necesario para el progreso económico y la consolidación institucional. Nada heroico, pero extraordinariamente práctico.Así era como funcionaba la ecuación del centro reformista: podía quedar aparcada sine die la agenda de la regeneración democrática, pero desde el poder nadie hacía nada estrambótico y a los españoles les salían las cuentas.

Pero de repente vino la cabriola de los pies sobre la mesa junto a los amos del universo y ahora la voltereta, sombrero y acento mejicano en ristre, en el rancho de Texas de la familia Bush.Resulta que cuando apenas le quedan seis meses para, según sus propias palabras, empezar a «desvanecerse», José María Aznar ha descubierto que precisamente esta crisis internacional es la ocasión para convertir a España en una de las grandes naciones de la Tierra y que la manera de hacerlo es jugar primero el papel de cornetín y luego el de banderín de enganche para la causa belicista de una Administración republicana fanática y vorazmente desviada de los senderos de equilibrio trazados durante el «gran siglo americano» por gentes como George Kennan.

A cambio de eso, se da por hecho que España tendrá más ayudas contra ETA, mayores respaldos en las escaramuzas con Marruecos, petróleo a mejor precio y tal vez hasta un asiento en el G7.De la noche a la mañana llegaría, pues, el anhelado ascenso de una potencia media cada día más apañadita a esa primera división a la que sólo pertenecen los que verdaderamente cuentan sobre la Tierra. Y en pos de ese pelotazo diplomático cambiamos el pájaro en mano del Gobierno basado en el consenso entorno a la persecución gradual de objetivos razonables, por el ciento volando de una iluminación cuyo precio supone, en todo caso, el temerario divorcio entre unos dirigentes que se arrogan la exclusiva del sentido de la responsabilidad y la capacidad de discernimiento y unos gobernados a los que condescendientemente se nos concede el beneficio de la duda de un pacifismo tan bienintencionado como ignorante e iluso. Sinceramente, este no es nuestro José María Aznar, que nos lo han cambiado.

He aquí la prueba del algodón de hasta qué punto es erróneo, no ya en el plano ético, sino también en el de las realidades y responsabilidades políticas, lo que está haciendo nuestro Gobierno: ¿conocen ustedes a alguien, sabéis vosotros de alguno -querido Mariano Rajoy, querida Ana Palacio, querido Federico Trillo- que esté dispuesto a mantener que Bush se empecinaría en la misma política con relación a Irak si tuviera a más del 84% de los ciudadanos en contra, tal y como ahora mismo ocurre en este reino de España? Y en caso de que vuestra respuesta sea, como no puede ser de otra manera, negativa ¿es que son sólo los demócratas norteamericanos los que tienen el privilegio de disfrutar del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, debiendo conformarnos los españoles, los italianos, los turcos y tal vez enseguida los mexicanos con que nuestros tutores determinen siempre lo que conviene no sólo a nuestros bolsillos sino también a nuestras conciencias?

¡Quién me iba a decir que en un asunto de esta envergadura tendría que darle la razón al señor X! El enigma del millón es averiguar ahora cuáles son las fuentes de la conducta aznarética. Al menos eso es lo que una y otra vez me preguntan estos días muchos altos cargos de su partido, añadiendo retóricamente: ¿tú crees que se ha vuelto loco? La respuesta es triple: 1) El piensa sinceramente que está sirviendo los intereses de España, 2) La doctrina de Bush sobre el ataque preventivo en defensa del Mundo del Orden coincide con la concepción ideológica autoritaria y conservadora que desde que logró la mayoría absoluta ha ido impregnando crecientemente sus actos, y 3) Está tratando de contrarrestar con una gran «jugada de Estado», en la que al menos a corto plazo se demuestre que él es quien acierta y los demás quienes nos equivocamos, lo que desde hace meses percibe como un desinterés creciente e injusto de los españoles por el enorme valor político de su voluntaria renuncia a la reelección.

Ese es el itinerario del atajo por el que Aznar pretende obligarnos a circular a todos poniendo en evidencia que, según una de las citas de Gibbon recogidas por Kennan, «el escalón que separa el entusiasmo de la impostura es peligroso y rebaladizo» y por eso resulta tan fácil que «la conciencia pueda entrar en el sopor de un estado intermedio entre el espejismo autoinducido y el fraude voluntario».

Si el papel lo aguanta todo, no digamos nada la radio y la televisión, pero hacía tiempo que como ciudadano no me sentía tan ofendido en mi más elemental inteligencia como al escuchar anteayer a dos gobernantes como Aznar y Blair que llevan semanas y semanas reiterándonos que su prioridad es afrontar la crisis de acuerdo con las reglas de la ONU, alegando ahora que la aceptación por Sadam de la más concreta y urgente de las condiciones impuestas por el jefe de los inspectores -o sea la destrucción de los misileses un «juego cruel», irrelevante a efectos de terminar dando luz verde para que el amigo americano apriete el gatillo dentro de unos días.

¿Cómo pueden mantener uno y otro la frente levantada ante la impostura de un Bush ramplonamente unidimensional que desvía el foco desde el «desarme de Irak» hacia un «cambio de régimen», jamás mencionado por la ONU, y encima no se recata en admitir que la vía de la segunda resolución no es sino una concesión estilística para que sus serviciales edecanes puedan hacer engullir la píldora de la guerra a sus levantiscas ciudadanías con el camuflaje de la legalidad internacional?

Que ni Mauri ni Mauregui vuelvan, por favor, a decirnos la simplonería de que la alternativa es «no hacer nada». La receta de la contención cuenta en este caso con un robusto trípode -sanciones, inspecciones, control aéreo- cuyas patas se clavan ya como afiladas espuelas en las crines de Sadam. Podrá alegarse que es un sistema incómodo, costoso y de resultados impredecibles. Pero el régimen baasista tendría los días contados e infinitamente más onerosa en todos los órdenes será la invasión. En cualquier caso, en términos de precio, vuelvo a Kennan, esta vez a las últimas líneas de su Telegrama Largo, cuando -anticipándose al macartismo y todos sus guantánamos virtuales- advirtió con cierto dramatismo de que «después de todo, el mayor peligro en el que podemos incurrir es que consintamos en comportarnos como aquéllos a los que pretendemos combatir». ¿O es que no serán acaso armas de destrucción masiva las que extenderán el terrorismo integrista sobre toda Mesopotamia, cuando la inteligencia de las bombas quede neutralizada por la estupidez de quienes las suelten? De momento hace ya varias semanas que el Centro de Apoyo para el Personal de la Defensa del Pentágono convocó un concurso público por un montante de 400.000 dólares para dotar a la fuerza invasora de «bolsas para restos humanos del tipo 2, nylon y clorofeno».

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