Por el fuero… de la dignidad

El independentismo catalán afronta un empeño dificilísimo, adolece de muchas debilidades e incurre en no pocos errores (el último, haber alimentado hasta el paroxismo la megalomanía y la irresponsabilidad del exsenador Santiago Vidal…). Pero siempre, incluso tras los mayores tropiezos, hay un factor externo que le restaña las heridas, le devuelve el ánimo y le recarga las pilas: el desprecio insultante de sus adversarios. Lo subrayo: el desprecio. No el mero rechazo —-tan legítimo como inevitable—, ni la discrepancia argumentada, ni la oposición política, ideológica o sentimental a sus objetivos. La pócima mágica, el bálsamo de Fierabrás del independentismo es la incapacidad de la gran mayoría de sus contrincantes para reconocerle legitimidad y sentido algunos, la tendencia a combatirlo fundamentalmente desde el menosprecio, la ridiculización y el insulto.

Quevedo se preguntaba en el siglo XVII si la rebelión catalana de entonces era por el huevo o por el fuero. A mi juicio, la revuelta pacífica de la segunda década del siglo XXI es, fundamentalmente, por el fuero. Sí, la crisis económica coadyuvó, sin duda. Pero el combustible de la eclosión independentista empezó a acumularse durante el cuatrienio 2006-2010, mientras el nuevo Estatuto permanecía en el corredor de la muerte del Tribunal Constitucional y los magistrados de éste actuaban sin pudor como peones partidistas…, o se fumaban unos soberbios puros desde la barrera de la Maestranza.

El desdén hacia la voluntad catalana legal y democráticamente expresada culminó con la sentencia del verano de 2010, que fue encajada por muchísima gente como una afrenta a su dignidad individual y colectiva. Desde entonces, tanto dentro como fuera de Cataluña y con algunas honrosas excepciones, la táctica central del antiindependentismo ha sido la befa, el escarnio, la apelación al ridículo contra quienes cuestionan la unidad de España.

La semana pasada tuvimos un ejemplo modélico de ello: las reacciones al acto convocado por la Generalitat en la sede del Parlamento Europeo. Si —según admitió el propio ministro Dastis— Puigdemont, Junqueras y Romeva tenían perfecto derecho a realizar esa comparecencia; si, según González Pons, la convocatoria no poseía ninguna trascendencia y “podía haberse hecho en un bar”, ¿por qué el propio González Pons escribió individualmente a todos los diputados del PPE instándoles a no acudir a la sesión bajo ninguna circunstancia? ¿Vigila por sistema el exconsejero de Francisco Camps a qué bares acuden sus compañeros de grupo? Si, según las fuentes presenciales, asistieron a la conferencia unas cuatro decenas de europarlamentarios de muy diversos países (incluido el rumano-húngaro László Tokés, héroe y símbolo de la resistencia a la dictadura de Ceausescu), ¿por qué columnistas acreditados han asegurado que sólo estaban los catalanes, los cuales no llegan a diez? ¿Cómo es posible que medios serios hayan considerado significativa la ausencia de los embajadores de los Veintisiete ante la UE, cuando es público y notorio que —casualidad o no— habían sido convocados a la misma hora por el flamante presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani?

Que tanto el presidente Rajoy como las élites socioeconómicas y mediáticas madrileñas estén en contra de la independencia de Cataluña es algo que se da por descontado. Ahora bien, ¿la mejor forma de expresarlo aquel 24 de enero era decir, antes incluso del acto de la Generalitat, que a Puigdemont, en Bruselas, “le han dado el trato que se merecía”, desdén corroborado con una sonora risotada por parte de los distinguidos asistentes al Foro Abc?

¿Cómo se va a poder interactuar —no digamos ya pactar— con alguien a quien se desprecia y ningunea en público? La primera condición para cualquier diálogo es el reconocimiento del otro, de su dignidad y de sus razones, aun cuando uno las considere completamente equivocadas. Y va la presunta Celestina de la no menos presunta “operación diálogo”, el señor Enric Millo, y dice que, en la capital comunitaria, el presidente catalán ejerció “el derecho a hacer el ridículo”. Pues, ¡menudo componedor!

Así las cosas, los efectos desmoralizadores que, en las filas propias, haya tenido el caso Santiago Vidal quedarán pronto neutralizados. Si no basta el comportamiento unionista ante la conferencia de Bruselas, pueden sumársele los improperios de Javier Vega de Seoane —presidente del Círculo de Empresarios de Madrid— sobre la “irracionalidad” y los “disparates” que imperan en Cataluña. O aguardar unas horas, al próximo artículo o discurso que tachará a los independentistas de idiotas y fascistas.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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