Por el imperio hacia el ‘procés’

En la primavera de 1951 el franquismo vivió una gran turbulencia social en Cataluña. El abusivo aumento del billete del tranvía provocó la indignación de los barceloneses. Con inesperada unanimidad, no subieron a los vagones y se desplazaron a pie a sus lugares de trabajo. La represión orquestada por el gobernador civil, Eduardo Baeza Alegría –célebre por su presunto lío con la vedette Carmen de Lirio–, motivó su cese desde El Pardo.

Un mes después de aquellos disturbios concurría en las novedades editoriales del 23 de abril, fiesta de Sant Jordi, ‘Los catalanes en la guerra de España’, de José Maria Fontana Tarrats (1911-1984). Descendiente de una saga acomodada de Reus, su familia era propietaria de la Fabril Algodonera y la Industrial Harinera. Estudiante de Derecho, Fontana militó en las JONS de Ramiro Ledesma y luego, junto a Roberto Bassas, José Ribas Seva y Luys Santa Marina, en la Falange de José Antonio tras la fusión de ambas formaciones.

Lector de Balmes y Ortega, Fontana aceptaba del catalanismo la etapa regeneracionista del 98: «El amor al solar nativo como actitud lógica de los que han nacido allí, y la posición amorosa y crítica frente a una España sin norma ni empresa, perdida entre el chinchin patriotero y las nostalgias del pasado».

Fontana compone en su libro la nómina de los catalanes de Franco. Tras la sublevación y la violenta revolución anarquista en Cataluña, a la que siguió el golpe comunista de mayo de 1937, el número de republicanos que pasan al bando franquista aumenta en progresión geométrica. En la fronteriza Gerona, apunta Fontana, las deserciones alcanzan el ochenta por ciento «dándose el caso de algún pueblo que tuvo su censo completo de mozos luchando en la zona nacional». El autor calcula en un millar los oficiales y en cuarenta mil los catalanes incorporados al ejército franquista...

En ‘Los catalanes en la guerra de España’ aparecen los que impulsaron el semanario ‘Destino’ desde Burgos: el propio Fontana, Xavier de Salas, Ignacio Agustí, Josep Vergés, Valentí Castanys, Pedro Pruna, Javier Monsalvatge, Martín de Riquer, Santiago Nadal, Eugenio d’Ors, Manuel Brunet, Guillermo Díaz-Plaja, Juan Ramón Masoliver... También otros colaboradores que firmaron artículos con pseudónimo por tener a su familia en la retaguardia republicana como el economista Román Perpiñá o Augusto Matons (exmilitante del Partido Catalanista Republicano). La firma de periodistas como Carlos Sentís hizo de ‘Destino’ la reencarnación falangista del semanario catalanista ‘Mirador’.

El grueso de aquellos catalanes de Franco provenía de la Lliga de Cambó y del carlismo. El catalanismo conservador dejó de tolerar la República cuando la Ley de Contratos de Cultivo enfrenta a los propietarios del Instituto Agrícola de San Isidro con los Rabassaires de Esquerra: el conflicto acaba en el Tribunal de Garantías Constitucionales.

El 6 de octubre de 1934 preludia la posición de la Lliga en el 36: «Ni uno solo de los dirigentes o militantes destacados en su órgano político, o en los culturales que controlaba, estuvo al lado de la Generalidad... Bastantes, entre sus juventudes, lucieron la estrella de alférez provisional, y muchas jerarquías locales y provinciales de la Falange catalana salieron de los cuadros lligueros», acota Fontana.

Entre los motivos, la inacción del Gobierno Companys a partir del 19 de julio de 1936. Las masacres de religiosos y las colectivizaciones chocaban con la mentalidad del ‘masover’ catalán: «Sin nuestra pasión de combatientes, cuando se estudie la guerra de España por las generaciones siguientes, se dirá, en el peor de los casos, que Cataluña fue un peso muerto, un plomo incrustado en el corazón de la causa roja», vaticina Fontana.

Al poco de entrar las tropas franquistas en Cataluña, Fernando Valls Taberner, estudioso de los Usatges de Barcelona, el Consolat del Mar y la historia jurídica catalana, denuncia en ‘La falsa ruta’ (‘La Vanguardia Española’, 15 de febrero de 1939) los errores de la burguesía: «Catalanismo no ha resultado lo mismo que amor a Cataluña, aunque de buena fe aparecieran a muchos, en otro tiempo, uno y otro como cosas idénticas».

Paradoja. El catalanismo contemporizó con la subversión que desembocó en caos. Mutado en nacionalismo, no solo disgregaba España sino a la misma Cataluña: «Una funesta separación, mejor diremos contraposición, que a veces, enconada por el odio político, llegó a parecer irreductible, entre los mismos catalanes, divididos en catalanistas y anticatalanistas, con lo que se inició ya, dentro de la misma Cataluña, una discordia profunda, que en el orden moral era un preludio de guerra civil vehemente y furibunda». El catalanismo, diagnostica Valls Taberner, había sido el peor enemigo de Cataluña.

Moraleja. La burguesía catalana quiso cabalgar la revolución; el caballo se desbocó y acabó agarrada a las riendas franquistas.

En 1961 los burgueses a los que el franquismo retornó sus empresas fundan Òmnium Cultural. Libros como ‘Los catalanes en la guerra de España’ de Fontana –«¿Verdad, amigos, que es grato recordar?»– resultaban enojosos.

Josep Tarradellas, presidente de la Generalitat en el exilio, desconfió siempre de Jordi Pujol, Montserrat y Òmnium. La aversión por los turbios manejos de Banca Catalana es conocida, al igual que la desconfianza hacia la comunidad benedictina: «No tienen nada que ver ni con la Iglesia ni con Cataluña». El ‘president’ califica a Òmnium como «mojiganga cultural» de «unos cuantos minimecenas de fabricantes y ‘botiguers’ que se creen que de esta manera podrán dirigir la vida política de Cataluña».

La burguesía que se benefició del régimen pretendía monopolizar la idea de Cataluña. Tarradellas recordaba la Comisión de Incorporación Industrial y Mercantil, creada por Franco en 1939 y que valoraba las industrias para su reparto. Por sus altas responsabilidades económicas y sus leyes de colectivización en plena guerra, el ‘president’ conocía las fábricas que salieron intactas y luego compensaron los servicios prestados: «Los beneficiarios de tantos esfuerzos y sacrificios hoy día tienen el atrevimiento de darnos lecciones de patriotismo y moralidad», reprochaba a los franquistas devenidos nacionalistas.

Su amistad con Félix Millet Maristany, impulsor de Òmnium con Cendrós (Floyd) y Carulla (Gallina Blanca), no impide las críticas del ‘president’: «Ser o denominarse catalanes en Barcelona, franquistas en Madrid, servir fielmente al Régimen y, al pasar la frontera, presentarse como ultranacionalistas… Si no nos oponemos crearán unos sentimientos contra Cataluña por parte de muchos catalanes y de aquellos que no lo son y que hoy representan, según ciertas estadísticas, el 30 por ciento de la población».

Òmnium politizará la cultura catalana: «Si continúa su actual acción política, veremos repetirse los hechos de hace cincuenta años atrás”, objeta Tarradellas. Esa estrategia distancia a los universitarios del catalanismo: «Ven en muchos de los defensores de nuestros valores espirituales una posición fascista», advierte.

En 1979 una cuarta parte de los alcaldes franquistas concurren a las elecciones: el 43,3 por ciento en listas de Convergencia... Por ejemplo, el abuelo franquista y el padre convergente del presidente Pere Aragonès, fuerzas vivas de Pineda de Mar. Del catalanismo al franquismo y luego al pujolismo para acabar en el ‘procés’ independentista.

P. S. El título de esta Tercera alude al lema falangista, inspirado –lo demuestra el historiador Ucelay-Da Cal en ‘El imperialismo catalán’– en los conceptos novecentistas ‘imperialismo’ y ‘jerarquía’ de d’Ors y Prat de la Riba.

Sergi Doria es doctor en Periodismo en la UIC y cronista de ABC.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *