Por encima de todo, Palestina

Por Pedro Martínez Montávez, catedrático de Historia del Islam, miembro de la Academia de Lengua Arabe de Amman y autor de numerosos trabajos sobre el mundo árabe (EL MUNDO, 09/07/07):

La reciente y sangrienta demostración de fuerza desplegada por Hamas en Gaza, que ha permitido a este movimiento su acceso al poder -no se sabe hasta cuándo ni de qué modo- y su instalación en el mismo, mediante el bárbaro procedimiento de la matanza, ha acicatado otra vez el debate sobre la acción y la presencia del islamismo en tierras árabes. Aparentemente, tan sólo como posible opción y solución políticas, pero de hecho como lo que lo caracteriza asimismo y lo singulariza, es decir, como posible opción y solución sociales también. Y esa acción ha tenido su previsible reacción: la disolución del llamado «gobierno de unidad nacional» por parte del presidente de la Autoridad palestina, con el nombramiento de un nuevo jefe de gobierno y la constitución del correspondiente gabinete.Al margen de otras muchas consideraciones, se trata de dos actuaciones ilegítimas, de un «doble golpe de Estado sufrido por el pueblo palestino», como acertadísimamente los ha calificado Mustafa Al Barguti, político independiente y ministro en el gobierno anterior, autoritaria y unilateralmente disuelto. Un colaborador habitual del diario Al Quds Al Arabi ha empleado una expresión parecida: «¿Golpe de Estado en Gaza o golpe de estado en Ramallah?». En mi opinión, se saca de todo ello una terrible conclusión: la palestinidad se ha convertido ya en otra «niña hambrienta y desnuda clavada contra el muro del odio y del rencor» -Nizar Qabbani dixit, refiriéndose a la arabidad-, otra de las muchas que sucesiva y despiadadamente van siendo inmoladas en el enloquecido mundo árabe. La arabidad, la primogénita de todas ellas, lleva ya mucho tiempo siendo clavada y vuelta a clavar, sin descanso, con delectación incluso, de mil maneras perversas y macabras.Como en otros casos y cuestiones, el hecho puede sorprender por las dimensiones que ha adquirido, pero no porque haya ocurrido, es decir, sorprende y horroriza el «cuánto», pero no el «qué». Cabía vislumbrarlo, aunque débilmente todavía y empezar a temer que así se produjera desde hace tiempo. Lamento tener que volver a autorizarme: en una conferencia que pronuncié en Barcelona el mes de abril del año 1991, y que redacté definitivamente en un trabajo sobre las bases ideológicas del movimiento nacional palestino, incluido en mi libro Pensando en la historia de los árabes (Madrid, 1995), escribía lo siguiente:«En términos muy parecidos, aunque no totalmente idénticos, se plantea la relación del movimiento nacional palestino con la ideología islámica (…) Lo cierto es que sólo a partir del momento en que los dirigentes palestinos afirman su determinación de constituir un futuro estado palestino “laico y democrático”, los motivos directos de fricción con la ideología islámica están claramente planteados, en especial por lo que hace a la primera cualidad de tal objetivo. Esa determinación resulta (…) para muchos, no sólo claramente revolucionaría, sino también subversiva, teniendo en cuenta su progenia ajena y occidentalista. ( … ) El movimiento nacional palestino, y específicamente sus más conspicuos dirigentes, se ven arrastrados hacia otro singular frente dialéctico, que no se muestra precisamente parco en la generación de confrontaciones y contradicciones».En realidad, lo ocurrido ahora es el resultado inevitable de la sustitución de la dialéctica por la barbarie y la ciega lucha por el poder, de la posibilidad de síntesis solidarias y fecundas por la irreductibilidad de antítesis insolidarias y estériles, la derrota de la expresión racional y de vida por la expresión irracional y de muerte, Palestina -el pueblo y la idea- resulta la víctima principal, casi única por el momento, de error tan monumental y monstruoso.Pero nada de esto es rigurosamente nuevo. Resulta imposible trazar aquí la trayectoria mínima de los múltiples, permanentes y cambiantes desacuerdos, disensiones, confrontaciones, luchas, rupturas de acuerdos y de pactos, acaecidos entre los diversos grupos y movimientos palestinos durante las dos o tres últimas décadas. En especial, entre el predominante, más representativo y arraigado, Al Fatah, y el más reciente y progresivamente ascendente y expansivo Hamas. Me conformo con remontarme a menos de un año, y del arsenal de ejemplos aducibles me basta con revisar previsiblemente la prensa árabe de entonces y traer alguna muestra pertinente.A finales de octubre del año pasado, por ejemplo, un perspicaz lector afirmaba en un diario -no de los más difundidos- que «Hamas estaba entre el martillo israelí y el yunque fathawí» -es decir, de Al Fatah-. Inmediatamente debajo de esta carta, otro se preguntaba «a quién beneficiaba la lucha interna palestina». La respuesta se la daba él mismo: «Israel es el primer beneficiado, al poder transformarse quizá las pugnas en lucha mutua mortífera, y así se pierde el pleito y se pierde el derecho anhelado. ¿No hay entre quienes combaten un hombre íntegro y bien guiado?, ¿es posible aún que la razón venza al sentimiento?».Israel ha sido siempre, indudablemente, el gran beneficiado de los permanentes y ruinosos enfrentamientos entre los árabes, de su incapacidad para superarlos y erradicarlos, de su renuncia a impulsar estrategias y fórmulas auténticamente firmes, realistas y solidarias frente a Israel, y no sólo frente a Israel. El reciente libro de Ahmad Said Nawfil, El papel de Israel en el desmigajamiento de la patria árabe, es otro nuevo testimonio del proyecto sionista que el Estado de Israel aún representa, y cuyo objetivo fundamental fue desde el principio, y sigue siendo, la fragmentación y el desgarro de ese mundo para que siga siendo rehén del retraso, la dependencia y la servidumbre. El sustento de todo este proyecto es la ocupación de Palestina.Por aquellas mismas fechas, el corresponsal de Al Hayat en Turquia sostenía que «el papel de Hamas no estaba en el poder, sino en la vigilancia y censura de la autoridad», añadiendo también, no obstante, que «los límites de este papel no impedirán a Hamas exigir, si hiciera falta, un plebiscito popular acerca de cualquier solución a la que llegue, o esté a punto de llegar, la OLP, con Israel, si Hamas encuentra en ella una injusticia y un engaño para la causa palestina».Lo que parece bastante claro, en consecuencia, es que Hamas ha considerado ahora que tal injusticia y tal engaño se habían perpetrado -o estaban a punto de perpetrarse-, que no tenía por qué seguir sometida a ese papel, y que sustituía el hipotético plebiscito por el cruento golpe de fuerza. Preguntémonos además: ¿era posible, o no, exigir ese plebiscito popular, y estaba o no estaba dispuesta la Autoridad nacional palestina -y los mantenedores internos y externos que la condicionan y tienen maniatada- a convocarlo y llevarlo a la práctica?Lo que sí ha tenido lugar, por el contrario, ha sido una doble decisión trabada, y en ambos casos extrema y claramente antidemocrática. Y lo que es al menos tan grave -si no más- es que ambas dañan sustancialmente, y quizá de forma irreparable, el proyecto nacional palestino; es decir, un doble suicidio, y no sólo uno, como muchos opinan. Los auténticos y directos responsables y culpables de esta nueva ruina son los dirigentes de ambos bandos. Los de dentro, porque no hay que olvidar que también existen los responsables y culpables de fuera, quienes reciben en su caso diversas denominaciones variablemente elípticas, elásticas, enmascaradoras, y hasta usurpadoras: hay hasta quien remite a la comunidad internacional, y quien, sin rubor ninguno, sigue justificando las «trascendentales batallas de Occidente en defensa de la libertad». Como Irak, por ejemplo, ¿no?Como acaba de denunciar un destacado intelectual, árabe, Faysal Darrach, «todas las palabras son claras, pero todos los contenidos de las palabras son nebulosos, están deformados, falseados, enfermos, y lo que necesitan los fenómenos árabes son nuevas denominaciones, un nuevo diccionario lingüístico. Términos como política, nacionalismo (qawmiya), liberación palestina? Creíamos hasta ahora -aunque se hiciera cada vez más difícil creerlo así y exigiera un mayor esfuerzo de comprensión y de análisis- que ese último término, la liberación palestina, se mantenía aún bien definido, al margen de tan perentoria necesidad. Quizá las cosas hayan cambiado y no sigan siendo así. Y los responsables de esta nueva trágica realidad son los que no siguen poniendo a Palestina -el pueblo y la idea- por encima de todo. Repito, tanto los de dentro como los de fuera. Ahora bien, ¿han olvidado definitivamente los de dentro estos versos del gran poeta palestino Mahmud Darwix: «He aprendido a desmontar todas las palabras para montar de nuevo una sola: la patria»?.