Por fin habló el 'poble'

Sí, por fin habló el pueblo catalán en los comicios del 14 de febrero. ¿Qué dijo? Pocas novedades; más exactamente, tres, que corrieron a cargo, sobre todo, del sector constitucionalista. En primer lugar, hartos de promesas incumplidas, y naturalmente temerosos de contagiarse con el Covid-19, la mitad de los censados se quedó en casa, elevando el grado de absentismo a niveles nunca vistos (46%), ni siquiera en las elecciones locales catalanas, que suelen atraer a menos público. Por supuesto, los no separatistas, que siempre se retraen en este tipo de comicios, fueron los que más asiduamente siguieron el prudente consejo de «a casita, que llueve», que en aquel domingo se ajustaba perfectamente a la meteorología. No obstante, los más aguerridos seguidores de los partidos constitucionalistas (PP y Ciudadanos) que, decepcionados con la conducta equívoca de ambas formaciones, no querían dejar de hacerse oír, empuñaron el paraguas y salieron a la calle a votar por las nuevas posibilidades que se les ofrecían. Unos, a la desesperada e indiferentes ante la mediocre ejecutoria (seamos benévolos) del ministro de Sanidad, recientemente dimitido, el Dr. Illa (doctor en Filosofía, no se vayan a creer que en Medicina), que emitió fonemas poco favorables al separatismo durante su campaña, votaron por él, pese al aciago palmarés de su partido, que tanto se congració con los separatistas y tanto persiguió a los castellanohablantes en tiempos del infausto tripartito y cuyo secretario, el Sr. Iceta, tanto ha proclamado la plurinacionalidad de España y recomendado el indulto a los autores del golpe separatista de octubre de 2017. Esta fue la segunda novedad. La tercera fue liarse otros la manta a la cabeza y votar a un partido nuevo en plaza, Vox, acusado con frecuencia de ser de «extrema derecha» y tratado por lo tanto como un paria intocable, amén de apedreado y agredido por esa simpática y cortés muchachada separatista que quiere hacer de Cataluña la Dinamarca del sur. No me cansaré de repetirlo: en esta España nuestra quien reclama que se cumpla la ley es invariablemente tachado de fascista. El caso es que Vox, con 11 diputados, se ha convertido en la cuarta fuerza en el Parlament.

Por fin habló el 'poble'Que Cataluña se parece cada día más a Dinamarca queda palmariamente demostrado por las idílicas reacciones que se han producido en Lérida, Barcelona y otros puntos de Cataluña en defensa del rapero Pablo Rivadulla, alias Hasel, multirreincidente en varios delitos: ha habido incendios, asaltos a tiendas, quemas de coches y mobiliario urbano, y agresiones a la policía; como es bien sabido, cosas así ocurren a diario en Copenhague. En cuanto al cumplimiento de la ley, en tiempos pretéritos se pensaba que quien lo demandaba era un demócrata, por ser la ley la voluntad del pueblo expresada a través de sus representantes legítimos. Hoy las cosas han cambiado y, en virtud de principios que para mí son arcanos, pedir que la ley se cumpla se considera prueba inequívoca de fascismo.

Otra novedad de estas elecciones catalanas, consecuencia de todo lo anterior, por supuesto, es el derrumbe del PP y, sobre todo, de Ciudadanos. Este partido ha pasado de ser el ganador de las pasadas elecciones con 1.110.000 votos en números redondos a ser el penúltimo, con tan sólo 157.000 votos, lo que implica una caída del 86%. Nadie se ha hecho responsable de este hundimiento, ni tampoco del batacazo del PP (una pérdida del 41%, que tampoco está mal), salvo su tradicional sede de Génova 13, en Madrid, que al parecer estaba gafada. Liberados de tal maldición, los populares esperan ver tiempos mejores.

En total, los que se quedaron en casa, comparando con los resultados de diciembre de 2017, fueron algo más de un millón y medio, lo que representa poco más de un tercio (34,6%) de los que acudieron a las urnas entonces. La mayor parte de estos retraídos fueron votantes de los partidos no separatistas, incluyendo a En Comú Podem, la versión catalana de Unidas Podemos. En consecuencia, aunque también perdieron muchos votos, los separatistas se quedaron poco más o menos como estaban. Quien más se benefició fue la extremista CUP, que tuvo pocas bajas y pudo pasar de cuatro a nueve escaños gracias a la sesgada ley electoral.

Se ha dicho que el separatismo ha salido reforzado de estas elecciones; Rufián ha afirmado que el voto independentista ha rebasado la mitad del total emitido. Esto es literalmente cierto si sumamos votos residuales, pero engañoso si tenemos en cuenta la bajísima participación. Además, si en lugar de al voto emitido nos referimos al censo electoral, resulta que los independentistas son un 25% de la población adulta de Cataluña, 12 puntos menos que en 2017. No es para echar las campanas separatistas al vuelo. Pese al adoctrinamiento en la escuela, al acoso diario, y al abandono por los gobiernos españoles, los constitucionalistas catalanes resisten con admirable entereza.

¿Qué va a ocurrir ahora? Como decía el cineasta Samuel Goldwyn, es muy arriesgado hacer predicciones, sobre todo cuando se refieren al futuro. Hubiera podido añadir: «Y más cuando se trata de la política catalana». Las elecciones han dejado un embrollo considerable, porque las relaciones entre los tres partidos mayores son poco amigables. Aunque no lo admitan, las peores son las que existen entre las dos facciones independentistas. Para empezar, ambos líderes se odian cordialmente. Puigdemont traicionó a sus cómplices escapando a Bélgica y dejándoles a merced de los jueces, que encontraron en la huida del ex president una razón de peso para negar la libertad provisional. Junqueras y los suyos pagaron doble por las piruetas de Carles el Pilós. En realidad, ambos querrían pactar por su cuenta con el PSC, lo que les daría ventaja sobre sus rivales y quizá apoyo sólido para alcanzar el poder. Pero temen desprestigiarse ante sus seguidores al ser tachados de colaboracionistas con Madrit. Sin el PSC, sin sus rivales y con poco más de 30 escaños, las perspectivas de gobierno por separado de ERC o de JxC son poco halagüeñas. La alianza con el tercer grupo independentista, la CUP, no ofrece grandes atractivos, porque aportaría un número insuficiente de escaños y un número más que suficiente de complicaciones. Son un grupo extremista y atrabiliario a quien alguien motejó de carlistas-leninistas. Los roces en la Generalitat serían iguales o peores que en la coalición PSOE-UP del Gobierno de Madrid. Y aún peor en cuanto a roces pudiera ser un Gobierno de coalición ERC-JxC. Sin embargo, esto es lo más probable, aunque no es previsible que la colaboración dure mucho, máxime cuando tal Gobierno tampoco tendría mayoría y debería bien incorporar a un tercer socio, bien gobernar en minoría buscando pactos ocasionales. Ninguna de estas opciones parece muy estable. Lo más probable es que tengamos nuevas elecciones catalanas antes de 2022. Veremos si para entonces la pandemia se ha atenuado y la voz del pueblo se oye algo más clara y potente. De momento, a pesar de las novedades, el panorama político catalán no ha cambiado mucho con respecto a 2017.

Queda, por último, conjeturar qué efectos pueda tener todo este lío sobre el Gobierno de España, que, como bien sabemos, es otro lío. Los socialistas se han beneficiado del llamado efecto Illa, pero a la postre parece que la victoria tan ansiosamente perseguida no va a tener efectos muy tangibles. Illa ni siquiera tendrá ocasión de pronunciar un discurso de investidura porque el presidente del Parlament no le va a dar la oportunidad, de modo que pasa a la oposición directamente, como le ocurrió a Ciudadanos en 2018, y los escaños ganados no le van a servir para mucho. Por otra parte, ERC, mayoritario en el bando separatista, ya no necesita el apoyo socialista y, sobre todo, no quiere que su electorado sospeche que hay un entendimiento entre ambos. De modo que a los socialistas de Madrid les será más difícil obtener el apoyo de los republicanos en las Cortes y probablemente traten de recurrir a la mediación de sus incómodos socios podemitas. Esto puede hacer aumentar la influencia de la extrema izquierda en el Gobierno de Sánchez, lo cual es una pésima noticia, tanto para Sánchez, de un lado, como para el pueblo español en su conjunto, de otro. Entretanto, el problema catalán no tiene visos de encauzarse: Cataluña se estanca económicamente y encalla políticamente. ¿Reflotará algún día?

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor, entre otros libros, de Cataluña en España. Historia y mito (con J. L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga) publicado por Gadir.

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