Por la puerta de servicio

Por Ferran Gallego, profesor de Historia Contemporánea (EL PERIÓDICO, 11/11/06):

En las atmósferas viciadas de las noches electorales, un título como el que acaban de leer podría ser interpretado de una forma abusiva. Dado que me refiero a la entrada en el Parlament de una plataforma de ciudadanos que han sufrido agresiones, vulneración de su derecho a la expresión y un trato del que puede decirse, en el más indulgente de los tonos, que ha rozado la infamia, debe evitarse cualquier malentendido. Cuando indico que el recién estrenado Ciutadans-Partido de la Ciudadanía ha entrado en el Parlament por la puerta de servicio no quiero situarlo en una posición de repudio moral que creo que no le corresponde a nadie ejercer sobre quien no solo tiene personalidad propia, sino el poder que le concede la representación de miles de personas. Acostumbrados a analizar los juegos de manos de una cultura con tantas trampas, deberían leer con más serenidad lo que han llegado a ganar. Poco más de un 3% de los votos con una abstención cercana al 50% parece cuantificar el eco exacto de sus propuestas. Solo les ha seguido, si nos atenemos al censo electoral, algo más del 1,5% de los ciudadanos de Catalunya. Más del 98% no les ha hecho ni caso. Esa es su respetable y legítima representación.
Quizá se les haya ocurrido que, en cualquier país de nuestro entorno, su presencia sería insignificante y, en casi todos los sistemas electorales europeos, un pasaporte hacia una posición extraparlamentaria, pero no parece el caso. El cabeza de lista de la formación se presentó, más ufano que solemne, tratando de tensar el ambiente con la inimitable cadencia del discurso de Martin Luther King: «Tengo un sueño», sonrió. King no estaba para sonrisas. Su recurso retórico tiene dos problemas. Emular el magistral discurso de King con cuatro consignas de bolsillo muestra que la modestia es una de las cosas de las que se ha privado a los catalanes. Además, se trata, sencillamente, de un insulto para quienes sufrieron la extirpación de sus derechos civiles en los EEUU, y una injuria lanzada sobre quienes consideramos, de una forma bien distinta a los últimos movimientos del partido, que esa comparación denigra, mediante la exageración y la caricatura, los elementos de verdadera exclusión que anidan en nuestra cultura, incluyendo las tentaciones de la exclusión que han ido normalizándose en un paisaje cuyas piezas plurales deseamos integrar.

ADEMÁS DE la somnolencia intelectual de ciertos dirigentes, los ciudadanos necesitan proyectos que se resuelvan en el campo de la política. Cuando uno se lanza a la lucha electoral, tiene el deber cívico –sí, cívico– de considerar las consecuencias de una movilización. Por citar la más elemental, pero que no parece habérseles ocurrido a los dirigentes del nuevo partido, procurar no hacer el juego al que se considera adversario principal. Uno tiene que medir el resultado de sus actos, en la arena política, viendo quién rentabiliza sus pretendidos éxitos, que solo lo son por el daño causado en otras líneas de flotación ideológica.
La alegría, en la casa del pobre, dura poco, pero ya ha abandonado el jolgorio de Ciutadans para ir a residencias de mayor inteligencia estratégica. En primer lugar, alegrará la noche a los estentóreos jerarcas de la COPE, que señalarán la prueba de la persecución sin hacer demasiado caso del número de perseguidos que han necesitado expresarse en las urnas. En segundo lugar, se alegrará el nacionalismo de CiU porque, gracias a los votos arañados en las zonas del cinturón industrial al PSC, podrán presentar una cuota de legitimidad que se sumará a la capacidad de imposición que recupera ERC. En tercer lugar, habrán de alegrarse quienes se inquietaron por lo que podía representar la llegada de un Montilla en tanto que apertura de un nuevo ciclo de equilibrios en el partido hegemónico de la izquierda y, por tanto, en la izquierda en conjunto, yendo en busca de los factores más favorables a la integración de la diversidad ciudadana que a los signos de identidad impermeables.
De eso se trataba, para todos los que tuvieran ojos y oídos, aunque unos especialistas en la acumulación documental de los problemas de este país ni se hayan enterado. Curiosamente, quienes proceden de una cultura de la izquierda nos traerán la vejatoria sarta de fuegos artificiales que derramará la escuadrilla de Jiménez Losantos, mientras los herederos de Pujol se frotan las manos por cada escaño arrancado en los restos aritméticos del cinturón industrial.

POR MUCHOS motivos, la puerta de entrada es de servicio: por el número de personas representadas, por el favor hecho al adversario, por lo barato que ha salido debilitar a la izquierda no nacionalista catalana. Pero es una puerta de servicio porque, como toda puerta, también sirve para salir de la incierta gloria lograda en esa noche de difuntos. Una puerta que indicará el camino de salida como lo ha hecho durante todos estos años a los engañados por su propia vanidad, su torpeza de análisis o porque no han entendido lo que yo tomaba por uno de sus puntos de referencia cultural: «Dios, ¡cuánto vasallo se toma por señor!».