¿Por qué Arabia Saudita está en guerra en Yemen?

Arabia Saudita ha sido muy criticada por liderar la guerra contra los rebeldes hutíes en Yemen. Algunos acusan al reino saudita (el estado árabe más rico) de emprender acciones contra los más pobres. Otros aseguran que la lucha contra los hutíes (un movimiento político‑religioso de la vertiente shiita zaidí) es sólo un elemento en la guerra a más escala contra los shiitas que supuestamente viene librando Arabia Saudita. Son afirmaciones simplistas que reflejan una incomprensión fundamental del papel de este país en Yemen y en todo el mundo árabe.

El objetivo de Arabia Saudita no son los zaidíes; en realidad, apoyó activamente a la monarquía zaidí durante la guerra civil que sacudió a Yemen en los sesenta. Lo que motivó la reacción saudita en Yemen fue el cínico intento iraní de aprovechar el conflicto interno en ese país para crear una alianza militar con los rebeldes hutíes, que no puede tener otro destinatario que Arabia Saudita.

Pero cuando el gobierno saudita trató de advertir a la comunidad internacional acerca de las actividades de Irán en Yemen, se topó con un muro de negación. Los analistas occidentales, en particular, hacen malabares para no reconocer la participación iraní en el conflicto, a pesar del cúmulo cada vez mayor de evidencia contraria.

En los últimos dieciocho meses, la Armada estadounidense interceptó cuatro cargamentos de armas enviados desde Irán a Yemen. Teherán afirmó numerosas veces que controla cuatro capitales árabes, entre ellas Saná, y los hutíes han establecido estrechos vínculos con Hezbollah, el representante político y militar de Irán en el Líbano.

De hecho, el líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah, proclamó la causa hutí como propia, permitió la instalación de medios hutíes en los suburbios del sur de Beirut e invitó públicamente a los combatientes hutíes a entrenarse con sus fuerzas. Las consignas políticas de los hutíes, su propaganda y su modus operandi están calcados de los de Hezbollah.

El gobierno saudita sabía lo que le esperaba en Yemen. Tras haber combatido a los hutíes en 2009, no se hacía ilusiones de que fuera un picnic. Tampoco esperaba efectos inmediatos mediante tácticas de “conmoción y espanto”, como aseguró el ex embajador de los Estados Unidos en Yemen. Arabia Saudita se preparó para una guerra difícil, prolongada y cara, y es lo que encontró.

La intervención de Arabia Saudita resalta la gravedad de la amenaza que enfrentaba después de que los hutíes derribaron el gobierno legítimo de Yemen y tomaron el control de Saná. Si se hubiera dado a Irán vía libre para consolidar su alianza con los hutíes, el norte de Yemen se habría convertido en otro sur del Líbano, con un satélite de Irán trabajando activamente para subvertir la seguridad nacional de Arabia Saudita.

Arabia Saudita entró a Yemen con dos objetivos militares claros. El primero, obstaculizar los envíos de armas de Irán a los hutíes, para hacérselo mucho más difícil y costoso (o, idealmente, imposible). El segundo, enviar un mensaje claro a los hutíes y sus aliados: que una alianza con Irán les costaría caro.

Arabia Saudita consiguió los dos objetivos. Los aeropuertos de Yemen se han cerrado y sus puertos están bloqueados. Irán tiene serias dificultades para contrabandear armas a Yemen y el flujo de armamentos se redujo considerablemente. Paralelamente, Arabia Saudita desplegó una fuerte campaña aérea contra los hutíes. El costo de aliarse con Irán ha quedado suficientemente claro.

Pero el éxito en la guerra nunca se obtiene sin sacrificio. Y desgraciadamente, los civiles yemenitas han pagado un alto precio: se calcula que desde el inicio del conflicto hubo unas 10 000 bajas. Tratándose de una campaña aérea de casi dos años contra un ejército no convencional, no es una cifra particularmente alta. Las pérdidas palidecen en comparación con (por ejemplo) Siria, donde la campaña aérea que llevan a cabo fuerzas rusas, iraníes y sirias acumuló 10 000 víctimas civiles en cuestión de semanas.

Además, las acusaciones de ataques deliberados de la coalición saudita contra la población civil o la infraestructura del país no han sido probadas por observadores neutrales. Todos los que ingresaron al campo de batalla lo hicieron bajo supervisión o control de los hutíes. Y en realidad, Arabia Saudita no tiene ningún interés en destruir a Yemen, ya que es probable que deba suministrarle la mayor parte de la ayuda para la reconstrucción cuando la guerra termine y el resto del mundo esté mirando a otra parte.

Nada de esto disminuye la tragedia que representan esas bajas civiles. Es una situación realmente horrible que destaca la urgencia de derrotar a los hutíes y poner fin al conflicto en Yemen. Pero no tiene sentido echar la culpa a Arabia Saudita, que entró al conflicto no para proyectar poder, sino para neutralizar una amenaza aguda a su seguridad (e incluso a su existencia).

Otros podrán minimizar las amenazas que enfrenta Arabia Saudita, pero el gobierno saudita las conoce mejor que nadie. Ve lo que Irán les hizo al Líbano, Siria e Irak; oye lo que Irán y sus aliados dicen en sus medios de prensa locales (nunca para consumo occidental) sobre sus intenciones hostiles hacia Arabia Saudita y su gobierno. En cualquier caso, a lo largo de la historia Arabia Saudita ha estado dispuesta a permitir que las amenazas llegaran a un nivel muy alto (mucho más que lo que incluso una superpotencia como Estados Unidos permitiría) antes de iniciar acciones militares.

Por su propia protección, Arabia Saudita debe asegurar el mantenimiento del embargo contra la ayuda militar iraní a los hutíes en Yemen. Si por ejemplo, las Naciones Unidas acordaran compartir esa responsabilidad, se podría poner fin a la guerra en Yemen en muy poco tiempo y proteger así a la población civil de nuevas bajas. Pero mientras el mundo siga negando la injerencia iraní en Yemen y la amenaza que supone para Arabia Saudita, esta no tendrá otra alternativa que seguir allí. Su seguridad depende de eso.

Ali Al Shihabi is the executive director of the Arabia Foundation, a new think tank that will focus on the geopolitics of the Arabian Peninsula. He is the author of The Saudi Kingdom: Between the Jihadi Hammer and the Iranian Anvil and Arabian War Games. Traducción: Esteban Flamini.

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