Por qué cayó Alfonso XIII

El pasado 14 de abril se conmemoró el nonagésimo aniversario de la Segunda República española. El interés que entre historiadores y políticos, nacionales y extranjeros, ha suscitado y suscita es excepcional. Si excluimos los dos años y nueve meses que resistió durante la Guerra Civil, la vida normal de la República fue de cinco años y tres meses. Las dos experiencias republicanas ocupan un lapso temporal muy breve dentro de los cinco siglos y medio de vida de la nación española. La atracción de la breve y accidentada historia de la Primera República (de febrero de 1873 a diciembre 1874) es limitado, y es la Segunda la que monopoliza esta fascinación y cuyo recuerdo ha quedado en las mentes de los españoles actuales, a menudo más como un mito que como una realidad histórica. Soslayando enfoques acientíficos, como el de la "memoria democrática" y trampantojos semejantes, al acercarnos a la historia de la República debemos tratar de adoptar el punto de vista más objetivo posible, sin prejuicios ni fantasías, precisamente por la trascendencia del tema.

Por qué cayó Alfonso XIIIEmpecemos por una pregunta clave: ¿por qué se estudia tanto la Segunda República? En primer lugar, porque ha sido vista como el preludio de la Guerra Civil española y ésta a su vez como el preludio de la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos se enfrentaron el "fascismo" y la "democracia" y, aunque los resultados divergieran, el drama español parece un ensayo general del conflicto mundial. Pero además de esta dimensión internacional, la República tiene algo de único y de heroico desde esta misma perspectiva porque, entre los regímenes y gobiernos que mutaron al embate de la Gran Depresión, en España, a diferencia de Alemania, Austria, Hungría, Rumanía, Portugal, etc., la mudanza constituyó un giro hacia la democracia y la renovación profunda (una cuasi-revolución). Como señaló Azaña, algunos se extrañaron de que "cuando todo perece en Europa, cuando la civilización naufraga [nos atrevamos nosotros] a intentar esta experiencia aventurada de la república liberal y parlamentaria [dando] rienda suelta al pueblo español para que él se busque políticamente la vida". Sin duda, el régimen del 14 de abril tuvo algo de intrépido y quijotesco.

En la historia de los países que se han modernizado socialmente y han crecido económicamente, acostumbra a haber un período coyuntural o crucial en el que afloran las tensiones inherentes al crecimiento (éxodo del campo a la ciudad, proletarización del campesinado, intensificación de las desigualdades sociales y económicas), en que se producen situaciones prerrevolucionarias de enfrentamiento creciente entre, simplificando mucho, pobres y ricos. Como señala Tocqueville para Francia, la Revolución vino precedida de décadas de crecimiento. Algo parecido ocurrió en España en el primer tercio del siglo XX: crecimiento y cuasi-revolución. En palabras de Fernando Claudín -quizá, con Jorge Semprún, el intelectual más distinguido del Partido Comunista-, "raro es el país que ha podido pasar de la dominante agraria a la dominante industrial sin violentas conmociones sociales y políticas". Estas conmociones acaban resolviéndose, bien de modo transaccional, bien de modo violento. Comúnmente, el régimen resultante de la violencia no acostumbra a ser democrático, al menos en sus primeras fases. Nos encontramos así ante dictaduras de izquierdas o de derechas, como en Rusia o China de un lado, o como en España (Franco) o Chile (Pinochet) de otro. En cambio, las soluciones transaccionales acostumbran a producir sistemas democráticos o, al menos, representativos. Todas estas cosas pueden darse de manera más o menos sucesiva en un solo país. Inglaterra, que constituye el primer caso histórico de transición socioeconómica hacia la modernidad, pasó por una época de violencia con la guerra civil y la dictadura -protectorado- de Cromwell (1640-60) y luego experimentó una revolución transaccional (la Glorious Revolution de 1688) que dio lugar al primer sistema parlamentario. La Revolución francesa pasó por una serie de etapas parecidas... Otros ejemplos podría citar, pero temo alargar demasiado este artículo.

El caso español, con la caída de la monarquía, el triunfo efímero de la república, la Guerra Civil y la dictadura de Franco, encaja muy bien en este paradigma. Por eso tiene un interés especial la historia de la II República, que constituyó el primer acto de este drama que fue para España la transición hacia la modernidad y que reunió casi todas las características episódicas y trágicas de las que venimos hablando.

Hubo causas circunstanciales que precipitaron la caída de la monarquía. La dictadura de Primo de Rivera, que pareció salvarla en las turbulencias de la primera posguerra mundial, fue al final la que la arrastró en su caída. A ello contribuyeron decisivamente los errores del propio dictador, de su ministro de Hacienda, José Calvo Sotelo, y del monarca. Primo de Rivera, que se encontró con el apoyo de la burguesía catalana en su pronunciamiento, pronto se revolvió contra ella, desacreditándola ante el público catalanista y reforzando el ala radical de Macià y lo que luego fue Esquerra; a la larga se vio que el dictador carecía de un plan político sólido y terminó por perder el apoyo de la derecha liberal monárquica y del estamento militar. Calvo Sotelo, envalentonado por el éxito de su política de obras públicas, identificó el alza de la cotización de la peseta con la prosperidad pasajera que trajo consigo el aumento del gasto público. Cometió el error de establecer el monopolio de petróleos, ganándose la enemistad de las grandes multinacionales (Shell y Standard Oil), que hicieron lo posible para desprestigiar al ministro lanzando al mercado las pesetas que recibieron como compensación por los activos que les fueron expropiados. La peseta se derrumbó y el prestigio del régimen cayó con ella. En cuanto a Alfonso XIII, que unió su suerte a la del dictador -a quien en Italia llamó "mi Mussolini"-, nunca se relacionó con las izquierdas (lo mismo que su abuela, Isabel II, pero en el siglo XX eso era mucho más grave) y cuando se distanció del dictador se encontró que ni los monárquicos le apoyaban. Las elecciones del 12 de abril de 1931, aunque en realidad fueron ganadas por los monárquicos, fueron interpretadas como una victoria republicana (lo fue en las grandes ciudades). Este relativo triunfo que muchos, incluso prominentes políticos monárquicos, interpretaron como absoluto, dio lugar a celebraciones y manifestaciones espontáneas de apoyo a la república en esas mismas grandes ciudades, con conatos de violencia que decidieron al rey Alfonso XIII a exiliarse, sin abdicar, el mismo día 14. Simultáneamente se constituía el Gobierno provisional de la República.

Con todo, aunque existen causas circunstanciales internas como las que hemos visto (los errores de los políticos) y externas (las repercusiones de la Gran Depresión) que explican, al menos en parte, la caída de la monarquía y el advenimiento de la República, predominan las causas profundas, de largo plazo, o, en expresión cara a los economistas, endógenas, que también hemos visto. En otras palabras, aún sin los errores de los políticos y los embates de la crisis, una conmoción política capaz de hacer tambalear a la monarquía era altamente probable, como señaló Claudín. Hay un indicio muy elocuente que refuerza esta opinión. La historia de España en el siglo XX tiene claros paralelos con la de las otras naciones de la Europa mediterránea. Un minuto de reflexión nos hace ver que a comienzos del siglo XX, Grecia, Italia, España y Portugal eran monarquías; hoy sólo subsiste la española, restaurada en 1975. En cambio, las monarquías del norte de Europa, establecidas en naciones que habían pasado sus crisis endógenas de crecimiento en el siglo XIX, subsistieron a pesar de la Gran Depresión y de los horrores e invasiones de la Segunda Guerra Mundial.

Alfonso XIII cometió graves errores que contribuyeron a su destronamiento. Pero es muy improbable que, incluso habiendo sido mejor político, hubiera podido resistir a las acometidas de las fuerzas impersonales de la historia. La República, en cambio, las tenía a su favor.

Gabriel Tortella es economista e historiador. Sus últimos libros son Cataluña en España. Historia y mito (Coautores J. L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga) y Capitalismo y Revolución. Un ensayo de historia social y económica contemporánea. De inminente aparición, La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI (coautora Gloria Quiroga).

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