Por qué el PNV está a favor de Israel y Bildu, de Palestina

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, lee el 18 de octubre una declaración sobre el conflicto de Palestina e Israel ante el Mural del cuadro Gernika en esta localidad vizcaína. Efe
El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, lee el 18 de octubre una declaración sobre el conflicto de Palestina e Israel ante el Mural del cuadro Gernika en esta localidad vizcaína. Efe

En perfecta consonancia con la superficialidad e incoherencia que destila el nacionalismo vasco en su conjunto desde su origen, los dos partidos principales que hoy lo representan, PNV y EH-Bildu, no saben a qué atenerse con el nuevo rebrote del conflicto entre Israel y Palestina. En este último caso, representado por la sanguinaria y terrorífica guerrilla de Hamás.

Tanto los herederos directos del integrista Sabino Arana como el esqueje extremo-izquierdista representado por EH-Bildu son hoy partidarios ambos del multiculturalismo, así como de todas las causas más avanzadas en políticas de género.

Una actitud abierta en lo sociocultural que contrasta con medidas férreas en cuanto a la imposición del euskera en todos los niveles de la enseñanza. De modo que los venidos de cualquier parte oprimida de África, Sudamérica o Europa del Este se encuentran con una situación incomprensible para cualquiera. Y quizás más para ellos por ser recién llegados, de una lengua obligatoria en la enseñanza pública que no oyen nunca por las calles que frecuentan. Muchos optan por marcharse a lugares más comprensibles y quizás así se explique que tengamos todavía tan pocos inmigrantes de última generación en el País Vasco, en contraste con las puertas abiertas que les ponen nuestros gobernantes nacionalistas.

Frente al actual conflicto de la Franja de Gaza, las dos facciones del nacionalismo vasco sacan a relucir sus querencias ideológicas para único y exclusivo consumo interno, ya que sus posibilidades de influir en lo que está pasando allí son nulas.

Arnaldo Otegi, sin ir más lejos, utilizó el mismo calificativo para dirigirse al secuestrado español por la guerrilla de Hamás –Ivan Illarramendi Saizar– que el ministro de Asuntos Exteriores español: "La liberación de nuestro compatriota". Otegi añadió también, y eso fue lo más sangrante, que "no somos partidarios de utilizar rehenes civiles para hacer canjes de un tipo o de otro y, por lo tanto, lo que planteamos con claridad es que también hay que permitir liberar a los rehenes cuanto antes".

Lástima que no utilizara este mismo criterio cuando ETA secuestró a 79 personas entre 1970 y 1997, de las cuales asesinó a doce. Algunas de ellas fueron secuestradas bajo sus órdenes, o por él mismo, actuando también como terrorista.

Pero estamos hablando de un tipo con una moral de conveniencia, que ahora está en modo pacificador ("hombre de paz", le llamó el expresidente Rodríguez Zapatero) y por eso no merece ninguna credibilidad. La misma que al postularse en favor de la causa palestina y mantener al mismo tiempo posturas avanzadas en la causa de la mujer, incompatibles por definición con la cultura islámica.

En cuanto al PNV, y en particular el lehendakari Urkullu, que es quien realmente manda ahí, coincide con la izquierda abertzale en la consideración del reconocimiento del Estado palestino. Pero, en sintonía con la Unión Europea, se refiere a ambas partes en conflicto, no a una sola de ellas: "Defiendo con toda mi fuerza el reconocimiento internacional y la verdadera constitución de ambos Estados".

Y es que la relación con Israel por parte del PNV es curiosa y compleja. Admiran de aquel país su fórmula de implantación del hebreo en toda la población. Tienen incluso un referente intelectual para ello, como es el del sociolingüista norteamericano de origen judío Joshua Fishman, fallecido en 2015 pero que desde 2007 fue miembro de honor de la Real Academia de la Lengua Vasca (Euskaltzaindia), por sus estudios sobre el bilingüismo y la enseñanza de lenguas en convivencia desigual.

Además, está también el caso del Premio René Cassin de los derechos humanos, que otorga el Gobierno vasco en honor de quien fuera mano derecha de Charles de Gaulle y constructor ideológico de la V República Francesa, que impuso el francés como única lengua oficial. Desde este punto de vista, ese nombre es una contradicción de libro con la ideología nacionalista. René Cassin fue también un judío sionista, presidente, desde 1943 hasta su fallecimiento en 1976, de la Alianza Israelita Universal, y fundador en 1946 del Consejo Consultivo de Organizaciones Judías.

Pero tampoco esta pudo ser la causa de dar ese nombre al premio, cuando en 2003 a Joseba Azkarraga (actual presidente de la red Sare de apoyo a los presos de ETA, y que acaba de hacer otra declaración más de denuncia por la conculcación de sus derechos) se le ocurrió la idea, siendo consejero de Justicia del Gobierno de Ibarretxe.

Pusieron el nombre de ese premio porque Cassin fue el principal redactor de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Pero, sobre todo, porque nació en Bayona, en el País Vasco francés, que para el nacionalismo vasco forma parte de Euskal Herria. Aunque sólo vivió en aquella ciudad apenas tres años, porque sus padres se conocieron en Niza y allí volvieron e hicieron el resto de su vida.

Para apreciar mejor la ocurrencia, es como si los nacionalistas vascos hubieran puesto el nombre de Santiago Ramón y Cajal al premio vasco a la ciencia porque el Nobel español nació en Petilla de Aragón, enclave navarro dentro de la provincia de Zaragoza.

Tampoco podemos olvidar la vinculación judía del Museo Guggenheim de Bilbao, actual estandarte de la cultura cosmopolita y éxito rotundo en la atracción de turismo cultural al País Vasco desde toda España y países europeos. La Fundación creada en Nueva York por Solomon R. Guggenheim, casado con Irene Rothschild –familias ambas de origen judío–, confió en el gobierno nacionalista vasco (aunque más bien fue al revés) como forma de sacudirse la inevitable caspa rancia y arcaizante de su ideología.

Y la última cuestión que vincula al PNV con Israel es el Holocausto y su relación con el cuadro de Picasso titulado Guernica, pintado en 1937. El nacionalismo vasco lo repudió nada más verlo (porque no había nada vasco en él, salvo el nombre), pero luego hizo suyo en vista de su repercusión internacional como símbolo de la paz.

Urkullu, con motivo de sus viajes oficiales a Auschwitz e Hiroshima, se ha jactado de que el bombardeo de Gernika (por el cuadro "Guernica", no por la destrucción que hubo allí, inferior a la de otros bombardeos de la Guerra Civil), equipara a la villa vasca, y por extensión a todo Euskadi, con el campo de exterminio judío donde fueron gaseadas más de un millón de personas. Y también con Hiroshima y Nagasaki, donde sendas bombas atómicas acabaron con la vida de más de 200.000 personas.

Hay que tener cuajo y ausencia completa de ponderación para colocar el símbolo de Guernica junto a esos dos acontecimientos de escala planetaria, que dieron por finiquitada la Modernidad europea, dejando en crisis profunda los ideales de la Ilustración. Y abriendo lo que se dio en llamar posmodernidad, con su recomposición de la cultura y el pensamiento europeos. Aparte de apropiarse de un símbolo que corresponde a toda España, a su Guerra Civil y al genio de Picasso.

Es por eso que, en lo que respecta al Holocausto, el PNV se palpa la ropa y omite llegar tan lejos como la izquierda abertzale en su defensa de la causa palestina, que es lo que le pediría el cuerpo, por representar el ejemplo universal de una nación en busca de su Estado propio.

Pero las diversas facciones palestinas tampoco parece que estén en disposición de gobernarse a sí mismas. Casi parecido a lo que les ocurre a los nacionalistas vascos, que ahora están a las puertas de enfrentarse abiertamente entre sí, a cara de perro, por conseguir el Gobierno vasco en las próximas elecciones autonómicas.

Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *