Por qué el Rey me representa y Carles Puigdemont no

Se rumorea en Madrid que el Rey quiso dirigirse a los españoles ya el domingo por la noche, tras el cierre de los colegios electorales en Cataluña, pero que Mariano Rajoy lo impidió in extremis. El resto ya es historia de la infamia de este país. Rajoy pronunció uno de los discursos más mentirosos (“no ha habido referéndum en Cataluña”), indolentes (“convocaré a las fuerzas políticas para reflexionar”) y desleales (“no cierro ninguna puerta, ofrezco diálogo honesto y sincero”) que se le recuerdan.

No es difícil imaginar la desolación que se apoderó de los catalanes no nacionalistas esa noche, y hablo con conocimiento de causa porque yo fui uno de ellos, al oír al presidente del Gobierno abandonarnos a nuestra suerte en alta mar y en plena tormenta, negar repetidamente lo que habíamos visto con nuestros propios ojos y calificar lo que a todas luces era un golpe de Estado de “irresponsabilidad que traspasa los límites del decoro democrático”. Del “decoro”, dijo Rajoy, como si hablara del ciclista que se niega a esperar al rival que ha pinchado a medio Col du Tourmalet.

Visto y digerido el discurso del Rey del martes por la noche, se entiende el pánico de Rajoy y sus esfuerzos para que Felipe VI no tomara las riendas del Estado tras el evidente éxito del referéndum de independencia en Cataluña. Porque lo que nuestra izquierda adolescente ha definido como “un capote al PP” es la mayor bronca que se le conoce a un monarca desde la llegada de la democracia a este país.

El Rey no apoyó ni echó ningún capote al PP. Le ordenó actuar de inmediato para frenar el golpe de Estado, cerró el paso a cualquier tipo de componenda que pudiera estar maquinando junto a su vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, e hizo lo que ninguna autoridad del Estado había hecho hasta el momento: decirle a los españoles, pero sobre todo a los catalanes no nacionalistas, que no están solos. Solos frente a las masas nacionalistas, pero también frente a un Gobierno que hasta el domingo por la mañana creía, ya fuera por incompetencia, ignorancia o dejadez, que los mossos d’esquadra obedecerían las órdenes de los jueces; que ha callado mientras echaban a pedradas de sus alojamientos a guardias civiles y policías nacionales; y cuya única respuesta a la huelga patronal del martes fue amenazar con restarles un día de paga a los funcionarios huelguistas.

Tan tremebunda, seca e iracunda fue la bronca del Rey que ya se especula con una próxima renuncia de Rajoy una vez se haya recobrado la normalidad constitucional en Cataluña. La duda es si el presidente dimitirá para irse a su casa y caer en el olvido o si convocará elecciones y se presentará a ellas de nuevo.

Con su discurso del martes, el Rey demostró más sentido del deber, responsabilidad institucional, lealtad a la democracia y voluntad de servicio a los ciudadanos que toda la casta política española en pleno. Ver a Rajoy, Sánchez e Iglesias (Rivera es el menos culpable de todos) correr como pollos sin cabeza y escupir en la cara de los catalanes no nacionalistas mientras mercadean con ellos y los venden al mejor postor ha sido una experiencia humillante. Si el PP fabrica independentistas, Felipe VI fabricó el martes por la noche decenas de miles de extraños monárquicos ácratas: esos que confían en el Rey pero desprecian con toda su alma tanto a Gobierno como a oposición. Yo entre ellos.

Veinticuatro horas exactas ha tardado el presidente de la Generalitat, ese que a día de hoy ya sólo representa, instalado en la ilegalidad, a la mitad de los catalanes, en replicar con su propio mensaje institucional. Un mensaje que hace sólo unas horas se preveía al menos tan contundente y severo como el del Rey. En la práctica, el discurso de Carles Puigdemont ha sido un calco del de Rajoy: largo (aproximadamente mil doscientas palabras por seiscientas sesenta del Rey), mentiroso (“el pueblo de Cataluña demostró ayer que está unido”), reiterativo (no dijo nada que no haya dicho ya docenas de veces durante las últimas semanas) y prepotente (buena parte de su alocución la dedicó a recordarle al jefe del Estado sus deberes constitucionales). Pero, sobre todo, tramposo.

Tramposo porque suplicar mediación y diálogo y concordia mientras mantienes la amenaza de una declaración de independencia puede servir para que las mentes más simples del panorama político español crean, sincera o cínicamente, que has abierto una puerta al diálogo. Pero nadie atento a los detalles pasará por delante el más evidente de ellos: en el discurso de Puigdemont sólo había espacio para la mitad de los ciudadanos a los que dice representar, mientras que en el del Rey cabíamos todos los españoles.

El 1 de julio de este mismo año, Carles Puigdemont dijo en una reunión de alcaldes soberanistas la última verdad de la que se le tiene noticia: “Damos miedo y daremos aún más miedo”. Es otra de las promesas que, como la celebrar un referéndum de independencia vinculante, nadie puede acusarle de haber incumplido. La mitad de los catalanes tienen miedo hoy y eso, mal que nos pese, es mérito indiscutible suyo.

Una amiga independentista a la que respeto, y quiero, me recordó ayer que Cataluña no es la Alemania nazi. Y tiene razón: a mí mismo me resulta difícil ver en las declaraciones más abiertamente beligerantes de los elementos menos presentables del independentismo poco más que ignorancia provinciana. También la veo, porque no soy ciego, en el otro lado de la orilla. Pero el miedo es libre y el discurso de Puigdemont no ha hecho nada para paliarlo más allá de apelaciones abstractas a una cohesión social que es evidente que no existe y a una supuesta mansedumbre intrínseca a la catalanidad de cuya existencia me voy a permitir dudar. Mi fe en la naturaleza humana no es suficientemente poderosa como para olvidar que los inocentes y los bienpensados suelen ser los primeros en acabar en la cuneta cuando pintan bastos. El discurso del Rey, en cambio, sí hizo algo para paliar ese miedo.

Y por eso el Rey me representa y Carles Puigdemont, no.

Por Cristian Campos, periodista.

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