¿Por qué fracasó el comunismo?

Esta pregunta me ha estado rondando la cabeza un buen número de años. Una doctrina o escuela preocupada por el destino de los «pobres de la tierra», para los que buscaba una solución igualitaria, ¿cómo pudo materializarse en Rusia en una dictadura opresiva, en un Estado policía que trataba a los ciudadanos como súbditos y que en muchas ocasiones hizo añorar la autocracia de los zares? Y además, aunque (con grandes sacrificios y sufrimientos) el régimen comunista logró ciertos niveles de desarrollo económico e industrialización, nunca alcanzó la plena madurez económica ni pudo proporcionar a sus ciudadanos un nivel de bienestar comparable con los de Europa Occidental, Norteamérica, Japón, Corea del Sur, Singapur...; siendo ejemplos estos dos últimos de países que pasaron en pocas décadas desde el subdesarrollo a la madurez económica y social, mientras Rusia y los países de Europa Oriental (que se convirtieron en satélites de Rusia -o la URSS- tras el fin de la Segunda Guerra Mundial) se estancaban. No extraña, retrospectivamente, que entre 1989 y 1991 todos los regímenes comunistas europeos se vinieran abajo como castillos de naipes.

¿Por qué fracasó el comunismo?
Javier Olivares

La lectura de prestigiosos historiadores filocomunistas, como el español Josep Fontana (El siglo de la revolución) o el británico Eric Hobsbawm (Historia del siglo XX), en busca de la respuesta a mi pregunta resultó decepcionante. Sus explicaciones de cómo y por qué fracasó tan rotundamente el experimento comunista resultan anecdóticas y triviales. Mi conclusión al leerles fue que el súbito derrumbamiento del sistema colectivista que tanto habían admirado les produjo un trauma mental que les impedía razonar fría y serenamente.

No quiero pecar de presuntuoso, pero creo que muchas lecturas y lucubraciones me han permitido ofrecer una respuesta que se me antoja satisfactoria al problema de cómo una ideología en principio humanitaria produjo unos regímenes tiránicos, ineficientes y frustrados. Resumiendo en una sola frase, yo diría que el ansia desbocada de poder del líder comunista ruso, universalmente conocido como Lenin, le movió a dar un golpe de Estado totalmente a destiempo en el otoño de 1917 y a crear un gobierno improvisado, sin más objetivo concreto que hacerse con el poder y mantenerse en él a toda costa. Su plan económico era abolir la economía de mercado y poner todas las empresas a las órdenes de Estado, que era tanto como decir del Partido Comunista. Cómo debía funcionar esta economía comunista estatalizada era algo que nadie se había planteado seriamente, y, teniendo en cuenta que Rusia se vio inmediatamente sumida en una larga y cruenta guerra civil, se comprenderá que el caos más absoluto reinara en la economía ruso-soviética hasta 1921. Los comunistas ganaron la guerra porque los campesinos, aunque no eran comunistas, los apoyaron porque les permitieron conservar la propiedad de la tierra que habían arrebatado a los terratenientes a partir de febrero de 1917. No sabían que Stalin les confiscaría esa misma tierra diez años más tarde, en el Primer Plan Quinquenal. Al acabar la Guerra Civil, el gobierno ruso era ya una dictadura férrea cuyo órgano supremo era el Politburó, compuesto por unos siete u ocho miembros, todos directivos del PC, presididos por Lenin y entre los que se contaban Trotsky y Stalin, enemigos irreconciliables. Todos los miembros del primer Politburó, menos Lenin, que sucumbió a una enfermedad, murieron víctimas de Stalin. Así se pasó de la utopía al totalitarismo asesino.

¿Por qué dije que los comunistas asumieron el poder «a destiempo» en octubre de 1917? Por una razón muy sencilla: el PC (inicialmente llamado «partido bolchevique») era supuestamente un partido obrero o proletario, es decir, representante de la clase de los obreros industriales, que, según la teoría marxista, serían los que llevarían a cabo la revolución comunista. Sin embargo, en la Rusia de 1917 la mayoría de trabajadores pobres no eran obreros, sino campesinos, y estos no seguían a los bolcheviques, sino al Partido Socialista Revolucionario (SR), mucho más numeroso que el bolchevique.

La verdadera Revolución rusa había tenido lugar meses antes del golpe bolchevique, en febrero de 1917, y había sido un movimiento bastante espontáneo, provocado por el hambre y las privaciones causadas por la Primera Guerra Mundial, que enfrentó a Alemania y Austria contra Francia, Reino Unido y Rusia. Alemania había conquistado Polonia y una buena parte de la Rusia europea y amenazaba a Petrogrado (antes, y hoy, San Petersburgo), la capital de Rusia. La Revolución de febrero causó la abdicación del zar y la constitución de una república, cuyo gobierno provisional convocó elecciones para la formación de un Parlamento o Asamblea que daría lugar a un gobierno constitucional.

Pero Lenin llegó a Rusia en abril, desde Alemania y con los bolsillos repletos de oro alemán, con la misión de lograr las paces con Berlín y la intención de alcanzar el poder lo antes posible y por cualquier medio. Sus rivales socialdemócratas, los mencheviques, eran partidarios, por el contrario, de esperar a que se dieran las condiciones para gobernar democráticamente. Ni siquiera los correligionarios de Lenin, los bolcheviques, estaban de acuerdo en lo que prácticamente hubiera sido (y fue) un golpe de Estado y una rendición ante el enemigo, pero Lenin, gastando a manos llenas en sobornos y propaganda, logró que sus tesis -«paz y tierra para los campesinos»- se fueran abriendo paso.

Lenin no trataba de cumplir con sus patronos alemanes, sino de asegurarse el acceso al poder. Lo que él temía es que los germanos llegaran a entrar en Petrogrado y constituyeran un gobierno títere que le excluyera a él. Por eso tenía prisa por alcanzar el gobierno como fuera, y para ello organizó tres golpes sucesivamente, en abril, julio y octubre. Este último, gracias a los errores de Alejando Kerensky, a la sazón presidente del gobierno, tuvo éxito. Los bolcheviques detuvieron al gobierno en pleno (salvo Kerensky, huido) y se autoproclamaron «Comisarios del pueblo». Inmediatamente organizaron las elecciones a la Asamblea democrática, que ellos creían que ganarían gracias a su control del poder. Se equivocaron: ganaron los Socialistas Revolucionarios. En vista de ello, los bolcheviques cerraron la Asamblea y tirotearon a los que pretendían reunirse en su clausurada sede. Comenzó así una dictadura comunista que iba a regir los destinos de Rusia, y más tarde los de una tercera parte del mundo, durante más de siete décadas.

Lenin se vio por fin en el poder, pero careciendo de apoyo popular y preparando la rendición ante el ejército alemán. En esta difícil situación, organizó un implacable Estado policía: restauró la pena de muerte, que Kerensky había abolido, y creó la Cheka, dando empleo a muchos antiguos agentes de la policía política zarista. La Cheka detenía, torturaba y fusilaba sin el menor control judicial. Al haber nacido el Estado leninista rodeado de enemigos, sin apenas apoyo popular, utilizó desesperadamente el terror para mantenerse, mientras negociaba con los alemanes en la ciudad bielorrusa de Brest-Litovsk. Las recientes y turbias negociaciones del Gobierno español en Bruselas con los separatistas, aunque en circunstancia muy diferentes, recuerdan las del gobierno ruso con los alemanes. La delegación comunista estaba dividida. Unos querían seguir luchando y otros querían ganar tiempo por si se desencadenaba una revolución en Alemania. Sólo Lenin (como hoy Sánchez) estaba dispuesto a firmar lo que fuera con tal de alcanzar el poder. Los alemanes, viendo que los rusos no se decidían, iniciaron una ofensiva que les acercó más a Petrogrado y a Kiev en Ucrania. A Lenin casi le dio un síncope y, antes de que los alemanes pudieran quitarle el poder, prefirió la rendición incondicional. Por el Tratado de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) Lenin cedió a Alemania gran parte de la Rusia europea, Bielorrusia y Ucrania. Perdió así el país un tercio de su población y de su tierra cultivable, casi la mitad de su industria y el 80% de sus yacimientos de carbón. Todo valía, con tal de que sobreviviera el gobierno comunista. Se trataba de un caso extremo de ansia de poder, pero ciertamente no el único.

Las consecuencias de la ambición ciega de Lenin fueron funestas para Rusia y para el mundo, porque el ejemplo del totalitarismo ruso se siguió en otros países atrasados y las dictaduras comunistas se multiplicaron, con los resultados terribles que conocemos. Las consecuencias de la avasalladora ambición de Sánchez por perpetuarse en el poder, cueste lo que (nos) cueste, están ya resultando catastróficas para España, para Europa e, indirectamente, también para el mundo.

Gabriel Tortella es economista e historiador y autor, entre otros, del libro 'Capitalismo y Revolución' (Gadir 2023, 4ª ed.)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *