Por qué hasta el Rey parece sanchista

Hace falta ser buen aficionado al baloncesto, como lo son los dos protagonistas del lance, para entender lo que ocurre cuando un balón, poseído de un efecto diabólico, empieza a dar aceleradamente vueltas en el interior del aro, con tantas posibilidades de que termine traspasando gloriosamente la red, como de que sea escupido hacia la irrelevancia. Si eso es fruto de un lanzamiento in extremis, sobre la misma bocina, cuando el luminoso del tablero está a punto de encenderse, y del desenlace depende la suerte, no ya de un partido, no ya de un campeonato, sino de una nación, nada puede superar la intensidad del drama.

Desde ese día, lo trivial ha desplazado ya unas cuantas veces a lo sustancial, pero cualquier libro que a partir de ahora se escriba sobre Pedro Sánchez tendrá que comenzar con la disección de los dos o tres minutos posteriores a la inesperada oferta in voce con la que, a las 14.14 del jueves 25 de julio, Pablo Iglesias pretendió encestar su gobierno de coalición, en las postrimerías del debate de investidura. Aceptaba la última oferta del PSOE, renunciando al tozudamente reclamado Ministerio de Trabajo, tan sólo a cambio de las políticas activas de empleo. ¡Toma ya, menuda ganga!

Hay que recurrir a la moviola para darse cuenta de hasta qué punto el destino de España estuvo pendiente de un hilo. La primera reacción del presidente fue de sorpresa. Levantó la cabeza y arqueó las cejas, digiriendo lo inesperado. Iglesias hacía suya la sugerencia de “alguien muy relevante en su partido, de una persona con mucha autoridad moral en el Partido Socialista”. Era un órdago a la grande y a la vez una oferta imposible de rechazar… si se la tomaba en serio.

Por qué hasta el Rey parece sanchistaA día de hoy, el Gobierno está convencido de que la fuente de inspiración fue Zapatero. Pero eso es lo de menos. La noche anterior, en la Ejecutiva, se había barajado lo de las políticas activas como una más de las posibles propuestas finales a Podemos. Mejor ofrecerles eso, que era una cáscara vacía, que algo tan dotado de recursos como un nuevo ministerio de Cooperación y Ayuda al Desarrollo, último as en la manga de Carmen Calvo.

No había consenso para ceder tanto. Sánchez se sentía cada vez más incómodo con lo que ya percibía, no como un gobierno de coalición, sino como una coalición de gobiernos. Más de uno se fue a dormir, cruzando los dedos para que Iglesias no se conformara con la Vicepresidencia “peronista”, que hubiera hecho de Irene Montero la nueva Evita de los descamisados españoles, más los ministerios de Sanidad, Vivienda e Igualdad.

Sus plegarias a Indalecio Prieto, Julián Besteiro y otros manes del socialismo anticomunista  fueron escuchadas y todos acudieron al Congreso con el alivio de comprobar que, como decía don Juan de Borbón de Areilza, Pablo Iglesias era «muy seguro en sus equivocaciones» y no habría que pagar tamaño precio por la investidura. Con lo que no contaban era con el sobresalto final, en plenos minutos de la basura.

Después de la sorpresa, Sánchez respiró hondo y movió la cabeza a un lado y otro, de forma muy evidente, denotando a la vez contrariedad y desdén. Pero enseguida se fijó en la pantalla del móvil y comprobó que empezaba a recibir mensajes, instándole a aprovechar esa ocasión única de comprar la investidura en el saldo de la última rebaja de verano. Que le dijeran eso algunos líderes sindicales y aliados del propio Iglesias, entraba dentro de lo previsible; pero que lo hicieran unos cuantos miembros de su gobierno, no tanto.

Sánchez se fijó, en concreto, en las opiniones que, atropelladamente, empezaban a aparecer en un chat de WhatsApp que, de manera informal, alimentan los ministros. María Jesús Montero se mostraba favorable. Ábalos, de forma indirecta, parecía que también. La titular de Trabajo, Magdalena Valerio, enfocada por las cámaras con su inconfundible look a lo Bette Davis, advertía a los demás que aquello iba a salirles gratis porque casi todas las políticas activas están  transferidas a las autonomías.  Incluso Nadia Calviño, ojo al dato, guardiana de la ortodoxia europeísta y la sensatez presupuestaria, se dejaba llevar por un rapto de euforia y le ponía buenos ojos a la cohabitación populista, con tal de cerrar la investidura.

Todo dependía de un gesto. De un acto de liderazgo exprés. Adriana Lastra pedía instrucciones para su intervención final. Iglesias esperaba, salivando, con la fruición del tigre que cree haber acorralado a su presa. Rivera se regodeaba en una imprevista nueva entrega del género «ya lo decía yo» sobre el «plan Sánchez», la «banda de Sánchez» y el «botín de Sánchez”. Casado observaba distante, entre intrigado y divertido.

Y, además, estaba Meritxell. La presidenta del Congreso no apartaba los ojos de Sánchez. Necesitaba saber si concedía o no el receso, formalmente solicitado por Izquierda Unida. Si lo hacía, habría que negociar los últimos flecos bajo la presión de los focos y con una pléyade de periodistas esperando al otro lado de la puerta. Se avecinaba un circo inenarrable.

De repente, tras una última mirada de soslayo a la pantalla de su móvil, Sánchez frunció el ceño, tensó el platisma como sólo él es capaz de hacerlo, elevó el mentón y emitió su veredicto instantáneo. Según unas versiones escribió: “Basta ya de tonterías”. Según otras: “Que se dejen de chorradas”.

Todos recibieron el mensaje. El ala pivot del Estudiantes había impuesto su ley en la bombilla, bloqueando cualquier palmeo o rebote que completara la jugada. El aro escupió el balón que, ayuno de complicidad, fue a perderse por la banda. La campana de la votación sonó inexorable. Su movimiento defensivo había sentenciado el encuentro. El perdedor de la jornada había ganado el futuro.

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Hasta aquí la última posdata de los hechos. El ensanchamiento sanchista, fruto de la pinza inversa que, en aquel tremendo pleno del Congreso, aplicaron contra él Iglesias y Rivera, mediante juicios de intenciones que se neutralizaban entre sí, ha ido abriéndose camino, desde entonces, en el imaginario colectivo.

Su primer fruto concreto ha sido la percepción de que hasta Felipe VI, concertadamente o no con Moncloa, acudía en ayuda de los aparentes esfuerzos del presidente en funciones para intentar formar gobierno. Su polémica afirmación, durante el posado de Marivent, de que «lo mejor es encontrar una solución antes de ir a elecciones», sólo podía entenderse como un estímulo a las gestiones de Sánchez o como una reconvención a todas las partes, para que se muestren más flexibles.

No es difícil intuir, sin embargo, que lo que más anhela un Rey conservador -valga el pleonasmo pues la esencia de su trabajo consiste en conservar la Corona- no es, desde luego, contar con el único gobierno de la Unión Europea que incluya ministros de una fuerza de extrema izquierda que, por cierto, aspira a destronarle.

Por eso, sus palabras son objetables desde un punto de vista lógico. Entre dos opciones igualmente constitucionales, siempre será «mejor» volver a tirar los dados que dar por concluida la partida con un resultado que nos aboque hacia la ruina. Pero tampoco hay que ser demasiado perspicaz para reparar a qué partidos votan los sectores de la sociedad más receptivos y sensibles a cuanto pueda decir el Monarca.

Todo buen entendedor sabe que el subtexto del mensaje de Felipe VI indica que lo «mejor» para España sería que Casado y Rivera permitieran la investidura de Sánchez, mediante la abstención. Y, precisamente, para contrarrestar la réplica de que eso también supone preguntarse si él está haciendo todo lo posible para conseguirlo, es por lo que el presidente en funciones reitera, una y otra vez, su pública apelación al patriotismo constitucional de PP y Ciudadanos. Incluso requiere, de forma recurrente, a quienes mantienen discretos contactos con García Egea y Lasquetty, con Arrimadas y Villegas, por si detectan algún síntoma que permita albergar la más mínima esperanza de un cambio de actitud.

Pero cuando Rivera ha dejado pasar, de forma incomprensible, la oportunidad de ser vicepresidente o ministro de Exteriores, de controlar medio gobierno y de obtener las alcaldías de Madrid, Zaragoza, Murcia y Salamanca, y ha adquirido tal distancia imperial que ni siquiera se digna a entrevistarse con los simples mortales, sea cual sea su rango, no puede haber ya otra conclusión sino la de que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía.

Esa vía de salida está doblemente cerrada por el líder de Ciudadanos, erigido en el perro del hortelano del constitucionalismo: ni proporciona la estabilidad, ni permite que la proporcione Casado, al amenazar con invadir su espacio electoral, enarbolando el estandarte del «no es no». Sólo en ese contexto adquiere sentido la greguería circular de Cayetana, pidiendo que Sánchez deje de ser Sánchez, como condición para investir a Sánchez.

De ahí que los puntos suspensivos que cabe añadir a la preferencia del Rey estén sugiriendo que el líder del PSOE lleva camino de tener que hacer algo que no es lo «mejor», sino lo inevitable. Su sino es resignarse a que el reloj institucional siga corriendo en vano, hasta afrontar, el 23 de septiembre, la disolución de las Cortes y una nueva campaña electoral; pero no conviene que se le note.

Es cierto que, antes de aquietarse con ese desenlace, cabría devolver al Rey la patata caliente que nos ha lanzado a todos los españoles. Convoque Su Majestad a los líderes políticos, apele a los intereses generales, pídales que cambien de posición y, en caso contrario, busque otro candidato con mayor nivel de consenso, dispuesto a intentar la investidura.

Muy bien, ¿dónde está ese hombre?. A Pablo Casado, líder de la segunda fuerza más votada, sólo se le ocurre un tal Pablo Casado. Vaya por Dios.

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Merece la pena abrir un breve paréntesis para señalar algo muy significativo de esta propuesta que Ábalos despachó de un papirotazo como “el chiste del día». Me refiero al hecho de que ni Rivera ni ningún portavoz de Ciudadanos haya cuestionado que el líder del PP sume sus 57 escaños a los 66 propios, como base de un imaginario encargo de investidura. O sea, que estamos ante una doble paradoja. Alguien que se niega a sumar con quien tendría mayoría, está dispuesto a hacerlo con quien quedaría lejísimos de tal objetivo; y alguien que pretende erigirse en líder de la oposición, se aviene a servir de comparsa de quien formalmente ostenta ese rango. Cosas veredes.

De hecho, sólo el oxígeno que ha dado Ciudadanos al PP en sus feudos clave de Madrid, Murcia y Castilla-León explica que, como alega un miembro del Gobierno, «los de Génova se hayan venido arriba» y planteen la alternativa de Casado, como si en realidad tuvieran los mismos 123 escaños de Sánchez.

Esperemos que Rivera nos explique a qué está jugando, cuando algún día vuelva de vacaciones. Prima facie, cualquiera diría que, como Churchill, pero con treinta años menos, vincula su lugar en la historia a que el tiempo le dé la razón. A que Hitler vaya invadiendo Austria, Checoslovaquia y Polonia. Es decir, a que Sánchez se empeñe con brío en la labor de destruir España, empezando por Cataluña, siguiendo por Navarra y después por Baleares.

No nos engañemos, con la actual aritmética parlamentaria toda fórmula de investidura pasa por el PSOE y en el PSOE no hay más cera que la que arde. Si Rivera e Iglesias estuvieran diciendo lo mismo contra Sánchez, y encima fuera verdad, como lo era cuando Aznar y Anguita coincidían en sus graves denuncias sobre González, sólo sería cuestión de esperar a que la fruta cayera del árbol cuando madurara. Pero como el uno lo ve entregado a la izquierda y al separatismo y el otro, deseoso de pactar con la derecha y la patronal, prácticamente no hay nadie en el PSOE que no encuentre cada día algún motivo para salir en defensa de su presidente.

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¿Existe un escenario a corto plazo, en el que la tendencia a percibir esa centralidad inducida, que es la que, en definitiva, ha llevado al Rey a identificar la causa de Sánchez con la de la estabilidad política, vaya cundiendo entre lo que Iván Redondo denomina la «mayoría cautelosa» del electorado? Ahí estaría el premio gordo de la Lotería del 10 de noviembre: un crecimiento de entre veinte y treinta escaños que dejaría al PSOE a mitad de camino entre su posición actual y la mayoría absoluta.

A nadie se le oculta que el índice de fidelidad de Ciudadanos -véase la última encuesta de SocioMétrica para EL ESPAÑOL- ha bajado a poco más del 50% y que en el centro vuelve a haber espacio por conquistar. Pero en la Moncloa no se las prometen tan felices. El propio Sánchez ha comentado con gran escepticismo los últimos datos del CIS y la hipótesis sobre la que se trabaja prácticamente coincide con el «efecto Rajoy», en las elecciones repetidas de 2016: pasar de los 123 a los 137 o, como mucho, 140 escaños.

¿No supondría eso que todo quedaría como está; que, después del desgaste para el prestigio del sistema que implicaría volver a votar, las opciones seguirían siendo las mismas que hoy? Los asesores más directos del presidente creen que, aun en ese supuesto de que el resultado fuera similar al del 28-A, tanto la reválida que obtendría Sánchez, como el más que probable crecimiento del PP, a costa de Ciudadanos y Vox, concederían a Casado la oportunidad de consagrarse como hombre de Estado y restablecer el bipartidismo, facilitando no sólo la investidura sino la gobernabilidad, mediante los grandes pactos que ya propone.

Desde que Santos Cerdán recibió la semana pasada, se supone que vía Ábalos, el encargo del presidente de poner la maquinaria electoral a punto, la suerte en Ferraz parece estar echada. Todos son conscientes de que Iglesias sacará nuevos conejos de la chistera, aceptando en septiembre la oferta que rechazó en julio e incluso aviniéndose a negociar un programa de máximos que ataría de pies y manos a un gobierno monocolor, al que controlaría desde fuera, tal y como le pide Izquierda Unida. Pero también perciben la contundencia con la que Sánchez descarta volver a las andadas de las negociaciones de julio, cortando en seco a quien insinúa la posibilidad de intentarlo. A más de uno le ha parecido incluso «demasiado abrupta» la declaración que Sánchez hizo, atención, tras reunirse con el Rey, sobre la «desconfianza recíproca» que ya impera con Iglesias.

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«Abrupta» o no, esta es la realidad. ¿Cómo va a haber «plan Sánchez» con quienes, cuando se les ha dado un dedo, han pedido la mano; cuando se les ha dado la mano, han exigido el codo; y a punto estaban ya de llevarse media caja torácica para implantar lo que el propio presidente acaba de definir, con certero énfasis, como su «gobierno de compartimentación»? ¿Cómo van a formar parte de la «banda» de Sánchez quienes se querellan contra dos de sus más significados ministros, Ábalos y Borrell, agarrando el rábano de la operación Chamartín por las hojas de unos señores que pasaban por ahí, cuando el núcleo duro de la decisión estaba en el ayuntamiento, a la vez podemita y antipodemita, de Carmena?

En Moncloa hay cierto deleite por el buen resultado de la ronda de contactos de Sánchez con los colectivos sociales. Aunque irónicamente se habla de ella como la operación Aire, no sólo ha servido para llenar todos los telediarios y transmitir una sensación de búsqueda activa de soluciones, sino también para constatar que, a excepción de los sindicatos y algún lobby cultural, nadie quiere el gobierno de coalición con Podemos.

La cuesta de septiembre se presenta mucho más peliaguda y una sombra de preocupación atraviesa los rostros más cabales ante la concatenación inexorable que se produciría entre la sentencia del procés, las previsibles movilizaciones en Cataluña y la nueva campaña electoral. Pero esta misma consideración apuntala todavía más el convencimiento de que no hay otra salida al bloqueo –que, por encima de todo, se achaca al extravagante empecinamiento de Rivera- sino apelar otra vez a las urnas.

«La única manera de evitar las elecciones en noviembre del 19, sería pactando a la vez con Iglesias y con Esquerra pero, visto lo visto, eso nos llevaría a elecciones en noviembre del 20 y entonces estaríamos mucho más débiles que ahora», explica sabiamente un estrecho colaborador de Sánchez. La relación tiempo-espacio: he ahí la madre del cordero.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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