¿Por qué hay hombres biológicos en cárceles de mujeres?

Asistimos a la deriva irracional de movimientos antes admirables, como los de la defensa de los derechos de la mujer o del colectivo homosexual. Esa deriva nos está ofreciendo momentos memorables, aunque ya no tan edificantes. Lo cuento en mi libro Contra el feminismo.

En un caso muy reciente, un preso autodeclarado mujer tuvo relaciones con una compañera reclusa. El pícaro, pues de picaresca estamos hablando, ingresó como hombre en la prisión alicantina de Fontcalent y, una vez dentro, ya condenado, declaró que se autopercibía como mujer y pidió su traslado al módulo de mujeres. Cosa que, en línea con la deriva irracional de la que he hablado (y que, como saben, se ha extendido a la legislación), le fue concedido.

Ingresado en el pabellón femenino, inició una relación con una interna.

La intromisión de hombres biológicos en las cárceles ha dado lugar a algunos escándalos, y el de Fontcalent no es el único. Fue sonado el de una mujer trans que embarazó a dos reclusas en una cárcel de Nueva Jersey. O el de unas presas australianas de la prisión de Victoria que recabaron firmas para que se devolviera a la prisión de hombres a un violador de mujeres y de menores autoidentificado como mujer que habían introducido en su módulo.

En su libro de 2020, The End of Gender. Debunking the Myths about Sex and Identity in our Society, la sexóloga Debra Soh dice que uno de cada cincuenta prisioneros en las cárceles británicas se identifica como transgénero. Y eso es una burla, además de un peligro. No es de extrañar la caída de la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, ferviente creyente de la mística trans, que también pretendió trasladar a un violador convicto a una cárcel de mujeres, con la consiguiente alarma social.

El recluso MTF (male to female, es decir, "hombre a mujer") no era desconocido en el Centro Penitenciario Alicante Cumplimiento (como se denomina oficialmente a la cárcel de Fontcalent), puesto que era reincidente. Contaba con numerosos antecedentes por robos y otros delitos, y había estado preso con anterioridad como hombre en Fontcalent en varias ocasiones, siempre ocupando su celda en el módulo masculino.

Pero tenemos a sectarios haciendo leyes. Recordemos a Ángela Rodríguez Pam, secretaria de Estado de Igualdad, diciendo que una mujer trans tiene que estar sí o sí en una cárcel de mujeres.

El preso de Alicante, que es búlgaro (la picaresca no tiene fronteras), manifestó que quería transicionar de género porque se sentía lesbiana (el lesbianismo asegura lo mejor de ambos mundos). También pidió que "internamente", o sea, en la intimidad de la cárcel (no constaba por su parte un cambio registral de sexo ni de nombre), se le llamara con nombre femenino, y exigió ser enviado por ello al módulo de mujeres.

Los hechos habrían tenido lugar en enero o febrero pasado, antes de que el 2 de marzo entrara en vigor esa tomadura de pelo conocida como ley trans, que permite el cambio de nombre y de sexo en el Registro Civil a partir de los 16 años sin necesidad de aportar un informe médico que demuestre disforia de género, y sin haber iniciado previamente un tratamiento de hormonación, como era de rigor antes de su aplicación.

Por este motivo, en las prisiones cunde el desconcierto. La instrucción penitenciaria del 2006 decía que hay que actuar conforme a la autopercepción del interno. Pero la ley trans impide realizar informes psicológicos.

¿Cómo hemos llegado a una situación tan grotesca? Cada vez nos importan menos la ciencia y la objetividad. Steven Pinker nos recordó en sus libros las virtudes de un método científico fundado en el escepticismo, la falibilidad/refutabilidad, el debate abierto y la comprobación empírica.

Lamentablemente, el método científico ha sido desplazado en el foro de las políticas públicas por algo parecido al "método moralista". El que pone por delante la superioridad moral de una izquierda que no deja que la realidad le desmonte ningún relato al que pueda sacar provecho.

El feminismo irracional abandonó el sexo por el género. Ya no hay sujeto en el feminismo. Y gracias a sus políticas discriminatorias, y a las leyes que les han dado respaldo, muchas mujeres trans obtendrán más derechos que otros hombres con una simple declaración por su parte. Pasarán, como por arte de magia, a la zona de protección, la de la discriminación positiva, ¡oh paradoja!, y el mismo DNI será un pasaporte de transustanciación.

Efectivamente, muchos hombres transicionarán si no hay costes para su salud (hormonación o cirugía), pues existen importantes incentivos para hacerlo. Por ejemplo, no estarán obligados a pasar por un juzgado especial de violencia de género si se ven envueltos en una pelea doméstica.

Ya lo dijo también Rodríguez Pam: "Si una mujer trans le pega a otra mujer no es violencia de género". Así, en un juicio penal, la palabra de una mujer ya no tendrá más valor que la de su agresor, como sucede actualmente. Y si ya ha cometido el delito y transiciona después, podrá ir a una cárcel de mujeres con todas las amenidades que al parecer comporta. Que se lo digan al pícaro de Fontcalent.

Teresa Giménez Barbat es escritora y autora del libro Contra el feminismo, de próxima aparición este otoño.

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