¿Por qué incendian el Amazonas?

La Amazonia es la selva más extensa del mundo y el comienzo de su destrucción hace ya más de medio siglo fue justificada como necesaria para arraigar en ella a parte de la población del nordeste brasileño que poseía más del 5% de los habitantes del país con menos de un 13% de su extensión total, mientras la Amazonia contaba con el 60% de la superficie nacional y sólo un 8% de sus habitantes.

Sin embargo, pronto quedó demostrado que ese intento de «colonización humanitaria» no fue el auténtico motivo y que tras él se escondían objetivos políticos e intereses económicos.

Para nadie era un secreto que la dictadura militar, enfrentada a la opinión pública de un país que había sido tradicionalmente amante de la democracia, lanzó sobre el tapete la «Gran Aventura Amazónica» como una fórmula llamada a distraer la atención de los incontables problemas generados por la desorbitada corrupción gubernamental.

En un principio podría pensarse que se trataba de una jugada política arriesgada y aparentemente afortunada, pero pronto quedó al descubierto que habían sido capitales foráneos los que concibieron la idea y presionaron para que se llevara a cabo.

Empresas como la Bethlehen Steel, Georgia Pacific, Dutch Bruynzeel y Tocomenya, ostentaron derechos en la Amazonia que oscilaban entre un millón y dos millones y medio de acres de terreno, derechos que les permitían no sólo llevarse los minerales, sino incluso árboles, animales o cualquier otro tipo de riqueza.

El gobierno había puesto en subasta la región a razón de 32 centavos de dólar el cuarto de hectárea y los inversionistas internacionales cayeron sobre esas tierras como la plaga de la langosta.

Sobre 1840, cuando Estados Unidos vendió sus territorios del interior a 31 centavos la hectárea, se registró un destrozo calculado en unos diez millones de hectáreas por año, lo que estuvo a punto de provocar la aniquilación del país.

Si se tiene en cuenta que de las hachas se ha pasado a las motosierras resulta evidente que el desastre que puede sufrir la Amazonia no tiene límites.

Hay quienes sostienen la teoría de que el desmonte o el incendio de esas selvas no sólo no es perjudicial, sino incluso beneficioso, con lo que demuestran un total desconocimiento de las características de su suelo. Y es que, pese a lo lujuriante de su vegetación, sus árboles de 80 metros y una espesa jungla que impide dar un paso, no existe en el mundo una tierra más estéril una vez que se han tumbado esos árboles y se ha quemado esa maleza.

Cuando los campesinos limpian un pedazo de terreno saben de antemano que obtendrán una primera cosecha excelente, una segunda mala, y una tercera prácticamente inexistente. Al tercer año, han de reanudar el ciclo en otro lugar y se da el paradójico caso de que son a la vez, campesinos y nómadas, por lo que acostumbran a vivir en casas flotantes o en chozas fáciles de desmontar.

La razón de la pobreza de esas tierras se debe a su corto espesor, ya que se encuentran asentadas sobre una capa de arcilla roja casi impenetrable de extremada acidez. Debido a ello se encuentran poco pobladas por toda la diminuta fauna que en otros climas hace la tierra rica y productiva; lombrices, gusanos, ácaros, ciempiés, saltamontes, termitas y larvas que airean y fertilizan los campos. En la Amazonia su número es ínfimo, por lo que sobre la superficie se extiende siempre una gruesa capa de vegetación en constante putrefacción, y la formación de nuevos suelos resulta tan lenta que todo intento de cultivo se convierte en inútil. Nada crecerá allí donde los árboles sean derribados; nada más que maleza estéril ya que los nuevos árboles tardarán cientos de años en alcanzar su tamaño original. Y los que la están destruyendo lo saben. Convertirán en pasto los gigantescos bosques, expoliaran los minerales, sustituirán los árboles por plantaciones de soja, pero las primeras lluvias torrenciales se llevarán la escasa tierra porque ya no estará afirmada por fuertes raíces. Lo que la naturaleza tardó un millón de años en crear unas cuantas empresas de política avariciosa puede destruir en el transcurso de nuestra generación con lo que la Amazonia habrá pasado de virgen a muerta sin transición.

Algunos dirigentes democráticos brasileños intentaron minimizar el desastre, pero su actual presidente, el ultraderechista Jair Bolsonaro -cuya campaña electoral financiaron muchas de esas empresas- continúa ciego y sordo a todas las advertencias ya que sus intereses políticos y personales están, y estarán siempre, por encima de los de la humanidad o de la naturaleza.

Alega en su favor que en África se producen más incendios, pero no aclara que los incendios africanos son debidos a que los agricultores les prenden fuego a sus campos y a las praderas con el fin de obtener mejores cosechas. Sus tierras son fértiles y la selva mucho menos densa de modo que los viajeros y exploradores pudieron recorrer enormes distancias sin excesivos problemas, mientras que en la Amazonia quien se adentra un kilometro en una espesura en la que hay que abrirse camino a machetazos corre el riesgo de no volver jamás.

La Bethlehen Steel quebró en el año 2001 y parte de sus derechos sobre el hierro de la región pasaron al Rey del Acero, el indu Lakshmi Mittal, que aún no ha aclarado lo que piensa hacer.

La Dutch Bruynzeel se dedica principalmente a la fabricación de lápices de colores y si los niños supieran que cada vez que pintan un árbol están contribuyendo a la destrucción de los bosques se pasarían a los rotuladores. Por su parte la Georgia Pacific fabrica papel y cartón lo que la convierte en la más destructiva de las empresas y por lo tanto debe ser la que más dinero aporta a las arcas y la campaña política de Jair Bolsonaro. De Tocomenya nuca más se supo, lo que hace presuponer -y tan solo se trata de una suposición- que no era más una tapadera tras la que se ocultaban los interese personales de algún entorchado general de aquellos nefastos tiempos.

Los nefastos tiempos siempre vuelven y ahora parecen estar regresando con más fuerza que nunca.

Alberto Vázquez-Figueroa es escritor.

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