Por qué la nueva ‘Mulán’ de Disney es un escándalo

Un anuncio al aire libre de 'Mulán' de Disney en Hollywood, el 13 de marzo. (Rich Fury para Getty Images)
Un anuncio al aire libre de ‘Mulán’ de Disney en Hollywood, el 13 de marzo. (Rich Fury para Getty Images)

La parte más devastadora de Mulán, la muy anticipada adaptación en acción real de la película animada de 1998, no está en la trama. Está en los créditos. La película vuelve a relatar la antigua leyenda china de Hua Mulan, una hija que decide disfrazarse de hombre para poder unirse al ejército, honrar a su padre y salvar al emperador. Si bien la película genera orgullo por China, lo hace de manera sutil: más allá de unas pocas menciones a defender la Ruta de la Seda, una ruta comercial predilecta del secretario general del Partido Comunista de China, Xi Jinping, los vínculos con la actualidad de este moderno país muy escasos. The New York Times la describe como “ligeramente divertida y un poco triste, llena de paisajes encantadores”.

Sin embargo, esos paisajes tienen un lado oscuro. Disney rodó Mulán en varias regiones de China (entre otras locaciones). En los créditos, Disney le da un agradecimiento especial a más de una docena de instituciones chinas que ayudaron en la producción. Entre ellas se encuentran cuatro departamentos de propaganda del Partido Comunista de China en la región de Sinkiang, así como la Oficina de Seguridad Pública de la ciudad de Turfán, en la misma región. Todas esas organizaciones propician crímenes de lesa humanidad. El asunto es tan sorprendente que es preciso repetirlo: Disney le ha agradecido a cuatro departamentos de propaganda y a una oficina de seguridad pública en Sinkiang, una región al noroeste de China donde se comete en la actualidad uno de los peores abusos a los derechos humanos.

Más de un millón de musulmanes en Sinkiang, en su mayoría parte de la minoría uigur, han sido encarcelados en campos de concentración. Algunos han sido liberados. Una cantidad incontable ha muerto. Las campañas de esterilización forzada han causado que la tasa de natalidad en Sinkiang se haya desplomado aproximadamente 24% en 2019, e “imponer medidas diseñadas para prevenir nacimientos dentro del grupo” encaja dentro de la definición legalmente reconocida de genocidio. En otras palabras, Disney trabajó con regiones donde existe el genocidio, y le agradeció a departamentos gubernamentales que están ayudando a que eso suceda.

Turfán ha estado implicada directamente en estos crímenes. En 2017, las autoridades del Partido Comunista en la ciudad enfrentaron un problema. Al igual que otras autoridades de toda la región, habían comenzado a juntar musulmanes y enviarlos a los campos de concentración. Pero cuando estudiantes musulmanes de otras partes del país regresaron a sus hogares, empezaron a preguntarle a los funcionarios sobre la ausencia sus padres. Las autoridades, entonces, prepararon una guía detallada de preguntas y respuestas. De manera escalofriante, se les enseñó a los funcionarios a responder. “Están en una escuela de formación”. “Tienen buenas condiciones para estudiar y vivir allí, así que no tienes nada de qué preocuparte”. Esa respuesta no podía estar más alejada de la verdad.

¿Por qué Disney necesitaba rodar en Sinkiang? La respuesta es que no necesitaba hacerlo. Hay muchas otras regiones en China, y países alrededor del mundo, que ofrecen los hermosos parajes montañosos presentes en la película. Pero al haber tomado esa decisión, Disney ayudó a normalizar un crimen contra la humanidad.

No queda claro exactamente cuál es la relación de la historia de Mulán con Sinkiang; Disney no respondió de manera inmediata a una solicitud de comentario. Algunos de los miembros del equipo, como el diseñador de producción, Grant Major, pasó meses investigando Sinkiang; mientras que la directora, Niki Caro, visitó Sinkiang al menos una vez en una misión de exploración, en septiembre del 2017, de acuerdo con su Instagram.

Los ejecutivos de Disney pensaron en principio que la Mulán original le agradaría tanto al gobierno chino como a la audiencia china. Pero debido a que Disney había distribuido Kundun (1997), una película que glorificaba al dalái lama, Pekín restringió la capacidad del estudio para trabajar en China. Disney pasó los siguientes años intentando recuperar la buena voluntad del partido. “Cometimos un error estúpido al estrenar Kundun”, le dijo el entonces director ejecutivo de Disney, Michael Eisner, al primer ministro Zhu Rongji, en octubre de 1998. “Quiero disculparme. En el futuro debemos evitar que sucedan este tipo de cosas, que insultan a nuestros amigos”.

Desde entonces, Disney ha trabajado duro para complacer a Pekín. Las recompensas han sido inmensas, y su punto culminante fue la exitosa inauguración del Shanghai Disneyland Park en junio del 2016. Este parque, según palabras del presidente ejecutivo de Disney, Bob Iger, es “la oportunidad más grande que ha tenido la compañía desde que el mismo Walt Disney compró un terreno en el centro de Florida”. La asociación con Sinkiang es otro paso que acerca aún más a Disney con el partido.

En 1946, Disney estrenó Canción del sur, la cual glorificó la vida en una plantación en Estados Unidos en términos dolorosamente racistas. Justamente avergonzados, Disney retiró después la película: en la actualidad es difícil conseguirla. Mulán es posiblemente la película más problemática de Disney desde entonces. No por su contenido, sino por las vergonzosas concesiones que Disney realizó para poder filmarla.

Isaac Stone Fish is a journalist and a contributing columnist for Global Opinions. He is also a senior fellow at the Asia Society’s Center on U.S.-China Relations, a visiting fellow at the German Marshall Fund, and an on-air contributor to CBSN. He is writing a book about China’s influence in America.

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