Por qué los derechos LGTBI se defienden mejor desde el liberalismo

La cantante Ruth Lorenzo, durante el pregón del Madrid World Pride 2017

La izquierda ha tenido un papel crucial en la lucha por los derechos de las minorías, y en particular del colectivo LGTBI. Es indudable que la defensa de los derechos de gais, lesbianas, transexuales y demás grupos encontraron en la izquierda el acomodo que les negaba la derecha, una derecha que sólo se reconocía liberal a la hora de bajar impuestos, mientras que para todo lo demás se refugiaba en los “valores tradicionales” de corte clerical. Esto fue así en España y en el resto de Occidente.

En parte, este hecho está vinculado con la importancia que la izquierda académica y política dio, a partir de los años 60, a los estudios y políticas de identidad. En aquellos años recibieron un impulso decisivo el movimiento feminista, el colectivo LGTBI o los activistas por los derechos civiles de las minorías raciales. Aquel despertar dio como resultado un cambio social sin precedentes en las sociedades occidentales. España se sumó a ese cambio tras el fin de la dictadura.

Pero las políticas de identidad tenían su lado oscuro. El profesor estadounidense Mark Lilla las ha responsabilizado de la crisis que sufre la izquierda, incapaz, por ejemplo, de derrotar a Donald Trump. En su opinión, al poner todo su empeño en defender a grupos concretos, el Partido Demócrata se ha hecho extraño a otros grupos, que se han vuelto vulnerables a los cantos de sirena del populismo.

En España, me parece evidente que el empeño identitario ha alimentado a los nacionalistas y contribuido al descrédito del Estado como garante de lo común. Cualquiera que siga la actividad en el Congreso de los Diputados puede comprobar que la línea roja de la izquierda no es la igualdad de los ciudadanos, sino las competencias autonómicas como expresión de las identidades locales.

Volviendo al colectivo LGTBI, el marco identitario propicia el acomodo de las distintas orientaciones sexuales. Todas quieren y sin duda merecen visibilidad: gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, intersexuales, asexuales… Estas orientaciones se quieren identidades, y se cruzan con otras de tipo étnico o cultural. El resultado es que el colectivo invierte muchas energías en gestionar su propia diversidad y en batallas, a mi modo de ver, innecesarias, como la del lenguaje inclusivo. Desde mi punto de vista, y con el máximo respeto a los valientes y esforzados activistas LGBTI, esto les distrae de las luchas decisivas, que son culturales, sin duda, pero que son sobre todo políticas y legislativas.

Por otra parte, esta gestión de la diversidad interna choca con una falta de reconocimiento de la diversidad externa. Aprecio un excesivo ensimismamiento en algunos sectores del colectivo. Las sociedades occidentales son plurales y complejas.

Siguen existiendo amplios segmentos conservadores que creen que los derechos LGBTI vaticinan un derrumbe de su mundo. Debemos combatir a los reaccionarios, pero acercarnos a los moderados y aperturistas de los partidos conservadores. Por eso no entiendo que, cuando las Nuevas Generaciones del PP felicitan el Día del Orgullo, se les ataque por antiguas posiciones de su partido nodriza, en lugar de celebrar este paso adelante.

Quiero destacar, en este sentido, el hecho de que el Parlamento Europeo haya patrocinado el World Pride de Madrid: ha sido bajo la presidencia de Antonio Tajani, del Partido Popular Europeo, que se ha dado este paso tan importante.

Otro problema de la política identitaria surge cuando se cruzan identidades. Es obvio para cualquiera que, mientras las democracias liberales progresan en derechos, demasiados países musulmanes viven estancados. En Arabia Saudí y en Irán la homosexualidad está castigada con la muerte. El problema es que el Islam es también una identidad presente en nuestras sociedades. Esto hace que algunos sectores de la izquierda se muestren incómodos cuando se habla de la situación en los países (o regiones, pensemos en Chechenia) de mayoría musulmana. El relativismo posmoderno que alumbró los estudios de identidades bloquea, o al menos amortigua, la crítica a estas tiranías bajo la excusa cultural.

El marco identitario no es el mío. Yo defiendo los derechos LGTBI desde uno más sencillo: el liberal. La clave no está en las identidades grupales, sino en la libertad individual. Todo obstáculo a la libertad y a la autonomía del ciudadano es indeseable. Toda persecución, toda desigualdad por orientación sexual, es inadmisible. Naturalmente, hay realidades y necesidades distintas dentro del colectivo. Pero el marco liberal da respuesta a todas estas demandas evitando además la fragmentación. Por encima de identidades particulares, compartimos los mismos derechos: los derechos humanos.

El liberalismo entiende que la cultura o la religión nunca justifican la represión de las minorías ni la vulneración de los derechos. El liberalismo, en lugar de centrarse en identidades concretas, abarca a todos los grupos, lo que le permite ir incorporando a la causa LGTBI a sectores sociales antes reacios. El liberalismo está en el lugar político justo para conformar mayorías amplias. Por eso creo que el futuro de la lucha por los derechos de las minorías es un futuro liberal.

Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

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