Por qué los nietos de los ‘baby boomers’ odiarán a sus abuelos

Durante décadas los estadounidenses podían recordar a las generaciones previas con reverencia. La generación de la Segunda Guerra Mundial liberó a Europa y estableció un orden mundial liberal. La Generación silenciosa ayudó a reconstruir la prosperidad de posguerra y a luchar contra el comunismo internacional. Los “baby boomers” han tenido sus momentos, la mayoría hace ya mucho tiempo: marcharon en el Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, alzaron la voz contra una la guerra en Vietnam, revolucionaron la cultura. Pero cuando sus hijos y nietos vuelvan la mirada a su legado, “reverencia” no es la palabra que se les vendrá a la mente.

Una nueva encuesta de The Washington Post y la Fundación Familia Kaiser analizó cómo se sienten los adolescentes estadounidenses respecto al cambio climático. Prácticamente todos (86%) creen en las conclusiones casi unánimes de la comunidad científica. Cincuenta y siete por ciento de los adolescentes dice que el cambio climático les da miedo, 52% se siente enojado, 43% se siente desesperanzado. Solo 29% se siente optimista. Ira, miedo, desesperanza: estos sentimientos invaden cada vez más a tantos de los líderes recientes de ese país, y a quienes los eligieron.

Los milénials y la Generación Z han sido educados con la ciencia del cambio climático. E incluso si no, los cambios en la Tierra serán cada vez más difíciles de ignorar. Los expertos estiman que el planeta está encaminado a calentarse tres grados Celsius o más para 2100. Incluso si el calentamiento fuera de solo dos grados, las consecuencias serían severas. Las enfermedades transmitidas por plagas serían más extendidas; las oleadas de calor serían más largas, más intensas y más mortíferas; las sequías durarían más; las costas se inundarían; se extinguirían muchas más especies; alcanzaríamos puntos clave o de inflexión (por ejemplo, la pérdida de permafrost, el suelo permanentemente congelado que al derretirse liberaría vastas cantidades de gases de invernadero), los cuales harían el calentamiento todavía más extremo.

Los jóvenes son quienes enfrentarán estos desafíos, porque sus padres y sus abuelos no los enfrentaron. Además lo harán con poco tiempo y con un erario federal poco solvente, desvalijado por los “baby boomers” para pagarse reducciones de impuestos y sus jubilaciones. La encuesta de The Washington Post muestra que aproximadamente una cuarta parte de los adolescentes de hoy han participado en alguna forma de activismo climático. Otros no han hecho mucho pero es probable que se vuelvan más demandantes conforme el problema empeore y su poder político crezca. El cambio generacional traerá cambios en las normas.

“Y así es como debe ser”, dirán algunos conservadores. En su forma más contundente, el conservadurismo desaconseja las reformas ambiciosas y apoya la preservación de los acuerdos económicos y las estructuras y tradiciones sociales a las que la gente está acostumbrada, porque intentar cambiar demasiado y demasiado rápido resulta en una reacción negativa, desorden social y conflicto: más daño que beneficio. Según esta perspectiva la evolución a un ritmo constante tanto en normatividad como en cultura —en parte mediante el cambio generacional— es mejor que las reformas rápidas y a gran escala. Atribuirle este instinto a los conservadores que se oponen a actuar de manera agresiva ante el cambio climático es una manera de darles el beneficio de la duda de que no están condenando a las generaciones futuras de manera consciente y deliberada a un infierno climático.

Pero esta lógica se desmorona frente a un asunto tan inminente como lo es el cambio climático. A pesar de que los milénials y las generaciones más jóvenes algún día tendrán su oportunidad de gobernar, el problema será sin dudas más severo. Al planeta no le importan las inquietudes de los conservadores respecto a las reformas, ni la inhabilidad del presidente Donald Trump para pensar racionalmente. El planeta va a cambiar mientras ellos siguen vacilando y negando la realidad. Le están dejando a otros la responsabilidad de ejecutar cambios más rápidos y más drásticos. Es por eso que tantos opositores a tomar acciones ante el cambio climático prefieren hacer menos o simplemente negar la amenaza climática.

¿De qué sirve la política (y la vida, incluso) si no es para dejar un legado positivo para las generaciones futuras? No todos los problemas implican cuestiones tan grandes, en parte porque no todos los problemas ofrecen una distinción tan clara entre lo correcto y lo incorrecto, lo responsable y lo irresponsable, la realidad y la negación de la realidad. Pero el cambio climático —la amenaza más grande y de más largo plazo que la humanidad se ha autoimpuesto— sí ofrece esa claridad. La juventud de hoy maldecirá a sus antecesores por fracasar en aceptar la verdad.

Stephen Stromberg is a Post editorial writer. He specializes in U.S. policy and politics, covering elections, the White House, Congress, legal affairs, energy, the environment and health care. Stromberg rejoined The Post’s opinions section in 2009 as deputy opinions editor for digital before shifting back into full-time editorial writing.

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