Por qué merece la pena ir a votar el 7 de junio

Hace pocas semanas semanas prometí en esta Tribuna que, una vez ajustadas las cuentas con un Parlamento Europeo a veces demasiado irresponsable, recordaría argumentos para seguir apoyando el sistema europeo de integración. A su pesar, la Unión Europea sigue siendo nuestro más importante patrimonio político, económico y social.

Los Estados y los grandes partidos han secuestrado el interés ciudadano por Europa. La mejor ocasión de enviar un mensaje a los partidos políticos es la cita con las urnas. Es probable que encontremos alguna lista con personas con conciencia formada, libre y crítica… Importa ver a quiénes han incluido en las listas para que nos representen, qué temas europeos se han suscitado en la campaña, cuánto se han acercado a nosotros para saber de nuestras preocupaciones y orientaciones; no menos importante es saber a quién van a apoyar o a quien no como futuro presidente de la Comisión europea…

Nuestra democracia se maneja en las elecciones a la vieja usanza de principios del siglo pasado o de la transición; los dos grandes partidos reúnen a masas convencidas y a veces histéricas para hablarles de la estereotipada política nacional. No van a escuchar las inquietudes de la gente, a dejarse orientar por sus preocupaciones y a hacer pedagogía sobre lo que representa Europa y las propuestas que defienden, si es que las tienen…

Por ejemplo, ¿qué medidas es posible adoptar desde la UE para afrontar la crisis económica y financiera que tan duramente ha afectado al empleo en España? La Comisión Europea, presidida por el portugués José Manuel Durâo Barroso, ¿ha coordinado adecuadamente la lucha contra la crisis? Ha sido muy grave que la única respuesta la hayan dado los Estados, y que éstos hayan sido los únicos que han salido al rescate de su ciudadanía. Para los más reputados analistas de la prensa económica europea, Barroso y el gobierno europeo que preside estuvieron ausentes en los peores momentos de la crisis, sin asumir el papel de coordinadores y sin aportar ideas, y él, personalmente, más preocupado en renovar por otros cinco años que en hacer su trabajo (Financial Times, 10 de mayo). ¿Cómo justificar, entonces, que los dos grandes partidos españoles le sigan apoyando para un nuevo mandado de cinco años?

La elección de la Presidencia de la Comisión es la primera y gran decisión que deberá tomar el nuevo Parlamento que elijamos el 7 de junio. De su persona depende en gran medida salir de esta situación; las mejores etapas de la integración europea, cuando más se ha avanzado, han tenido lugar cuando ha habido grandes líderes al frente de la Comisión. Personas de talla, con conocimiento de los asuntos europeos, con personalidad, con ideas y ambiciones para Europa. En el panorama político europeo se podría identificar ese perfil con el primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker, un gran líder, con ideas, con personalidad y con la máxima competencia en materia económico-financiera, y no es precisamente socialista, sino del PP europeo, al igual que Barroso. Pero ya sabemos que los grandes partidos prefieren a los incompetentes y sumisos antes que a personas preparadas y con personalidad.

Merece la pena ir a votar y apoyar a aquellos partidos que nos escuchen y nos hablen de temas europeos. Europa sigue siendo en bastantes aspectos un modelo para la política nacional. Pocas zonas del mundo llevan a cabo políticas de igualdad tan perseverantes y progresivas como las seguidas por la UE. A los europeos nos gusta definirnos y diferenciarnos de otros sistemas por las políticas de igualdad que facilitan la integración y la participación de sectores sociales marginados.

A pesar de muchos años de gobiernos socialistas en la democracia española, la gran mayoría de sus normas legislativas y reglamentarias de carácter social han venido impuestas y condicionadas por la Unión Europea que, a regañadientes y con retraso, han transpuesto las Cortes, el Gobierno y las Comunidades Autónomas. Las políticas de igualdad (por ejemplo, entre mujeres y hombres y de no discriminación en general) y de protección especial (por ejemplo, de personas con discapacidad y ancianos), han supuesto un factor de solidaridad, enriquecimiento y estabilidad de la sociedad europea. Frente a la retórica de los sindicatos, la legislación y política legislativa de la UE, así como su aplicación firme por el Tribunal de Justicia, son una de las fortalezas de la Europa social. No se ha llegado a la meta, no es el ideal, pero el camino recorrido es esperanzador. Un buen tema de debate electoral hubiera sido: ¿qué y cómo podemos seguir avanzando en materia de igualdad? ¿qué nuevas medidas adoptar sobre políticas de conciliación de la vida familiar y laboral, o para mejorar las condiciones de vida de las personas mayores o de las personas con discapacidad?

Tenemos que ir a votar porque confiamos en que el Parlamento Europeo defienda una política agrícola y ganadera de carácter social que cuide el territorio y mantenga las zonas rurales con población y cultivos sostenibles, que otorgue protección limitada a los pequeños y medianos agricultores y deje fuera de toda ayuda a las grandes extensiones. Decimos limitada porque debe tener en cuenta las necesidades de los países pobres, en especial de África e Iberoamérica, que dependen de determinados cultivos y es preferible dejarles comerciar que ahogarles con nuestra ayuda financiera.

Las instituciones europeas, como la Comisión y el Parlamento Europeo, han ido siempre por delante en medidas medioambientales respecto de los políticos españoles de cualquier signo, quienes en el Consejo han tratado de rebajar las protecciones. Sin los estándares comunitarios, jamás habríamos tenido una política medioambiental. La grave y sistemática corrupción política ligada al sector inmobiliario ha producido daños en nuestro medioambiente y paisaje que será irreparable en muchas generaciones. Las únicas voces críticas e investigaciones vinieron del Parlamento Europeo y, en menor medida, de la Comisión; nunca del Parlamento español o del Gobierno o de las Comunidades Autónomas.

Ante los desafíos medioambientales globales, la UE debe ser aún mucho más firme al exigir respeto a criterios de sostenibilidad razonable y compatible con la competitividad en mercados globales y abiertos. La ciudadanía española desearía ver a la UE promoviendo reglas que permitan soluciones globales a las amenazas del cambio climático e impidan la deslocalización de las industrias hacia paraísos de permisividad con la degradación del medio ambiente.

Se podrían traer a colación otras políticas comunitarias que condicionan la vida nacional de España como la energética, la pesquera, la de cohesión económica, social y territorial, la de investigación y desarrollo, transportes y redes transeuropeas vitales para España y sin las que nunca hubiéramos alcanzado el nivel que tenemos. No es que tengamos que ir a votar porque debamos estar agradecidos. Es cierto que, para España, Europa ha sido un «producto milagro».

Hace años que sostengo que el proyecto político y cultural de España, lo que nos une profundamente a los españoles, es la construcción europea misma. El ser de España, el sentido y la existencia misma de nuestra identidad colectiva, al menos tras fracasar la aventura imperial desde la segunda mitad del siglo XVII, es el reencuentro de España con Europa.

Ésa ha sido la aspiración de generaciones y generaciones de españoles. Lo fue para nuestros ilustrados del siglo XVIII, para nuestros intelectuales liberales del siglo XIX, para la Generación del 98, o para los intelectuales de la segunda mitad del siglo XX. Hoy nuestro proyecto nacional, el proyecto de España como Nación soberana y unida, coincide con el proyecto europeo de integración.

Nuestra convivencia en paz, con el mayor bienestar e igualdad que jamás imaginaron nuestros padres y abuelos, y con el período más largo de democracia de nuestra Historia, coincide con nuestro sólido anclaje en el mayor polo de paz y bienestar del mundo que es la Unión Europea. No le demos la espalda en las urnas.

Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional Público y de Relaciones Internacionales en la Universidad de Salamanca.