Por qué necesitamos tanto al PP

"París aparecía triste y hermosa… Mientras las banderas de la victoria ondeaban en las farolas y las ventanas, hombres mutilados y soldados desmovilizados y vestidos con uniformes raídos pedían calderilla en las esquinas y prácticamente una de cada dos mujeres iba de luto. La prensa izquierdista pedía la revolución; la de derechas exigía represión".

Así describe Margaret MacMillan la atmósfera que rodeaba al inicio de la Conferencia de Paz de París, el 18 de enero de 1919, tal día como este pasado viernes de hace un siglo. Clemenceau, el viejo Tigre que había guiado a Francia a la sangrienta victoria en la Gran Guerra, eligió malévolamente la fecha, para que coincidiera con el aniversario de la coronación del Kaiser.

Lo que comenzó ese día, bajo las suntuosas  arañas de la Sala del Reloj del Quai d’Orsay, desembocaría, tras cinco meses de frenética diplomacia, en la firma del Tratado de Versalles que incluía la factura de la paz que debía pagar Alemania y la creación de la Sociedad de Naciones.  El propósito de este proceso, completado con un reguero de tratados menores entre los demás combatientes, era, según Antoine Prost, "organizar un mundo de Estados liberales que respetaran los derechos de sus propios ciudadanos y garantizaran recíprocamente los de los ciudadanos de los demás Estados, haciendo imposible la guerra".

Por qué necesitamos tanto al PPTeniendo en cuenta que este verano también conmemoraremos el 80 aniversario de la invasión de Polonia, que desencadenó la Segunda Guerra Mundial, parece obvio que tan idealista dispositivo no funcionó a la primera. Pero sí a la segunda porque, tras la victoria aliada, la receta fue la misma, con la ONU heredando la función arbitral de la Sociedad de Naciones. El plan Marshall sustituyó certeramente, a las reparaciones de guerra.

Frente a la "ilusión retrospectiva de la fatalidad" que Raymond Aron achacaba a muchos de sus colegas, el balance de esta insistencia en la multilateralidad ha sido, en conjunto y en términos relativos, extraordinariamente positivo para la Humanidad. La disuasión abortó, durante la Guerra Fría, el riesgo de confrontación nuclear; el desarrollo económico, en la aldea global, provocó la implosión de las dictaduras comunistas; y la revolución tecnológica, en un mundo sin fronteras, ha expandido por doquier las bendiciones de la libertad de comercio, de la circulación de personas y capitales y, por supuesto, de los derechos civiles.

Ese proceso ha sido exponencialmente beneficioso para una Europa, en la que la creación y ampliación de la UE no sólo ha sido fuente permanente de prosperidad, sino que ha estimulado una identidad transnacional, como antídoto a los demonios familiares de cada uno. Algo tendrá que ver la denostada Unión, fruto del tratado de Roma, con el hecho de que la República Federal Alemana no sólo no tuviera el mismo destino que la República de Weimar, sino que se convirtiera en un socio lo suficientemente fiable, como para consumar sin riesgo la reunificación con la RDA. Y algo tendrá que ver la denostada Unión para que la fórmula de Ortega, "España como problema, Europa como solución", se haya aplicado con éxito, durante los últimos 40 años, ayudándonos de manera decisiva a superar amenazas de la envergadura del golpismo militar, el terrorismo etarra, las crisis económicas o el desafío separatista.

Cada problema ha tenido su solución; cada enfermedad, su medicina; cada infección, su contraveneno. Hasta el extremo de que, en la mentalidad colectiva de las actuales generaciones, la angustia existencial por la que pasaron nuestros padres y abuelos ha sido reemplazada por el narcótico de una kantiana sensación de paz perpetua.

Sólo el fin de la condición humana traerá, sin embargo, el fin de la Historia y los acontecimientos de los últimos años han tomado una deriva tan inquietante como para preguntarse si la llama que se encendió hace cien años en Versalles y revivió, en 1945, en San Francisco no ha comenzado a extinguirse. Es decir, si al siglo en el que las democracias liberales ganaron la partida a los totalitarismos y en el que las metáforas de la sociedad abierta adquirieron su plasmación material, no le sucederá otra era de recesión intelectual hacia las madrigueras de los nacionalismos, los Estados fortaleza, el autoritarismo, la alienación del individuo en los proyectos colectivos, el aislacionismo y el unilateralismo. Porque, como de costumbre, nadie se huele a sí mismo. Nos parece patético el "America first",  pero escuchamos con naturalidad -y asentimiento-, lo de "los españoles, primero".

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El milagro español, el éxito de España, el acierto de España durante estos cuarenta años prolíficos, fruto del consenso constitucional, se ha basado en un sistema político que ha sido capaz de combinar, de manera constructiva, el legado de los vencedores y los vencidos de la Guerra Civil, tributario a su vez de la tensión atávica entre tradición y revolución.

A quienes, aferrados al centro político, no nos sentimos ni de izquierdas ni de derechas o, para ser más exactos, ni conservadores ni socialistas, nos habría gustado ver germinar con mayor vigor la transversalidad. Es decir que la experiencia de UCD, aglutinando a democristianos, liberales y socialdemócratas, procedentes tanto del franquismo como de la oposición, hubiera cuajado más allá de su primera experiencia de poder. O que el PSP, el CDS, el Partido Reformista de la Operación Roca o UPyD se hubieran convertido en ese "centro regulador", anhelado desde el Trienio Liberal, hace dos siglos, capaz de entenderse con unos y con otros, que, con tanto mérito y consistencia, representa hoy Ciudadanos.

Pero ni las condiciones culturales del terreno ibérico ni la ley electoral favorecían a la Tercera España. En su defecto la transición alumbró un bipartidismo imperfecto, basado en que tanto el PP como el PSOE ejercían una posición hegemónica, como derecha moderada e izquierda posibilista, en sus respectivos espacios ideológicos, para dirimir la contienda electoral en un centro vacío, en el que, paradójicamente, se autoposicionaba un porcentaje creciente de españoles. De ahí que el abandono del marxismo fuera clave para el triunfo y permanencia en el poder de González;  y que la sustitución del autoritarismo conservador de Fraga por el patriotismo constitucional y el liberalismo económico de Aznar supusiera la llave de la tan amarga como fructífera victoria del 96.

Ese bipartidismo se quedó, sin embargo, estrecho para el pluralismo del cuerpo social y las abdicaciones, errores, abusos y hasta delitos, cometidos desde la Moncloa e inspirados en Ferraz y Génova, propiciaron la aparición y auge de Podemos y Ciudadanos como tercera y cuarta pata de la mesa. La destrucción de empleo y las heridas sociales abiertas por la crisis de la última década sirvieron de caldo de cultivo a Pablo Iglesias. La complicidad de Rajoy con la corrupción interna y su pasividad ante el desafío catalán dieron alas a Rivera y han terminado engendrando, en comandita con el pacto de Sánchez con el separatismo, la irrupción de Vox.

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¿Caben cinco en el mantel electoral? Depende de en qué ámbito. Con un sistema proporcional y circunscripción única como la de las elecciones europeas, las comunidades uniprovinciales o los grandes municipios, la pluralidad de un pentapartito nacional puede quedar naturalmente reflejada, a expensas de pactos y coaliciones posteriores que permitan gobernar. Es obvio que en la Asamblea de Madrid, con 129 diputados a repartir, o en el propio Ayuntamiento, con 57 concejales en disputa, hay sitio para todos.

Todo cambia en las elecciones generales. En primer lugar, porque hay 21 circunscripciones con menos de 5 representantes. En segundo lugar, porque el sistema d'Hondt de asignación de escaños y la inexistencia de una lista nacional que otorgue la misma utilidad al voto, se emita donde se emita, castigan seriamente a las minorías. Sólo en dos circunscripciones (Madrid y Barcelona, con 36 y 31 escaños) la fragmentación tendría reflejo atenuado y en otras cinco (Valencia, Alicante, Sevilla, Málaga y Murcia, con entre 16 y 10 escaños) alguna posibilidad de emerger. Por no remontarnos a los tiempos de Izquierda Unida, ya hemos visto cómo en las elecciones de 2016, Ciudadanos obtuvo el 9% de los escaños con el 13% de los votos.

Eso, por no hablar del Senado, donde el sistema mayoritario (tres escaños para el más votado, uno para el segundo) lamina a las minorías y, por ende, fomenta las coaliciones. Este lunes publicaremos un estudio que indica que la mera comparecencia de Vox, separada del PP, permitiría al PSOE controlar la cámara con sus actuales aliados. Toca, pues, imaginar los riesgos que eso conllevaría para el modelo territorial plasmado en la Constitución.

La gran paradoja del momento es la fundada euforia de Sánchez, en medio de su desastrosa gestión y de la rebelión larvada de gran parte de sus bases. Todo lo que hacen los demás parece trabajar a su favor. Porque el pollo de tres pies que ha echado a andar en Andalucía facilita su falacia de las tres derechas. Porque, por el otro flanco, la implosión de Podemos, aleja, tal vez para siempre, el peligro del sorpasso soñado por Anguita y encarnado hasta hace nada por Iglesias. Y, sobre todo, porque el PP, su gran rival histórico, la tradicional alternativa de Gobierno, el único otro partido con arraigo en todo el territorio nacional, se desangra a borbotones en todos los sondeos, emparedado entre la pujanza leudante de Vox y la ya madura firmeza de Ciudadanos.

Estoy convencido de que el estado de necesidad y la inteligencia política ejercerán su imperio en los próximos meses. Y de la misma manera que, por exacta que sea la metáfora, nadie imagina hoy un retorno, sin más, de Vox a la casa del padre, tampoco yo veo a sus dirigentes tan obcecados con reemplazar al PP en la España conservadora, como para regalarles una nueva legislatura completa a Sánchez y sus letales aliados.

Se avecinan, pues, tiempos agitados de simultánea negociación y confrontación en esa frontera que separa la derecha extrema de la derecha con vocación centrista. Y, como esto es mera topografía, conviene adentrarse, al hilo de la oportuna Convención que está celebrando el PP este fin de semana, en la cuestión ideológica, en la identidad, en el ADN de cada partido. "Lo más importante de todo es saber quiénes somos, reconocernos", comentaba no hace mucho Aznar ante un pequeño grupo de excolaboradores.

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Sería fatuo por mi parte establecer algún paralelismo, salvo el cronológico y un cierto empeño en matizar con pincelada fina lo que tantas veces se despacha a base de brochazos, entre mi Carta de hace quince días sobre las "dos almas" de Vox y el interesantísimo artículo que acaba de publicar el respetado politólogo Mark Lilla en The New York Review of Books, bajo el título Dos caminos para la derecha francesa.

Su mezcla de análisis e indagación sobre el terreno tiene como eje el impacto que entre los conservadores norteamericanos causó Marion Marechal-Le Pen, la aparente heredera de la saga,  en una reciente conferencia. A sus 29 años, "no se identifica con su abuelo, a pesar de que, dentro del culebrón en que se ha convertido la historia de los Le Pen, lo defiende. Pero tampoco con su tía (Marine Le Pen) que es ordinaria y corrupta y cuyos intentos de maquillar el partido familiar han fracasado".

Lo que más le sorprendió de la intervención de esta mujer "encantadora", "calmada", "elegante" e "intelectual" fue su denuncia del "reinado del egoísmo", como compendio de todos los males de la globalización y el individualismo liberal.También que citara a Mahler para advertir que "la tradición no es el culto a las cenizas sino la transmisión del fuego".

Mark Lilla percibe que, frente al radicalismo "xenófobo", "antisemita", "antielitista" que ha practicado siempre el Frente Nacional; es decir, frente a la llamada "derecha Dien Bien Phu", que se inspira en las gestas nacionales, de Juana de Arco a Indochina, igual que hay quien evoca aquí a los Tercios de Flandes, está surgiendo un "nuevo conservadurismo", más complejo y sutil, basado en la reivindicación de la familia, la naturaleza -con tintes inequívocamente ecologistas- y la religión como base civilizadora. No es de extrañar que Lilla descubra la sombra del papa Francisco y su encíclica verde Laudatio si tras la rubicunda melena aleonada de Marion.

El antecedente directo de este Movimiento -así es como lo denomina el ideólogo de Trump, Steve Bannon, a escala europea- es la campaña de François Fillon en las últimas presidenciales francesas. Su identificación con la agenda de las movilizaciones católicas contra el matrimonio homosexual, en un país con tanta tradición laica, le permitió ganar la nominación de la derecha republicana frente a Sarkozy y obtener el 20% en la primera vuelta, pese al descomunal escándalo de la contratación de su mujer, con dinero público, que terminó noqueándole.

Esa es la estela que ahora sigue Marion Marechal, dando la batalla cultural, desde su recién creado Instituto de Ciencias Políticas y Económicas de Lyon, contra lo que llama "nuestro nómada, globalizado y desarraigado sistema liberal". ¿Cuántas veces no hemos escuchado advertencias similares, sobre la "crisis de valores", por parte de destacados miembros del sector conservador del PP?

Mark Lilla percibe que está surgiendo "una tercera fuerza en la derecha, entre los populistas xenófobos y los partidos del establishment, integrados en el orden europeo neoliberal". Lo que él denomina "Movimiento Nacionalista Cristiano Europeo" coincide con los primeros en la oposición a la libre circulación de personas y se distingue de los segundos en que considera igualmente nociva la libre circulación de capitales.

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En esa longitud de onda, tan alejada de los ultras de brazo en alto y correaje como del "centro reformista" en el que situó Aznar al PP en sus años gloriosos, veo yo a Vox tras su astuta gestión del buen resultado en las elecciones andaluzas. Sus mensajes contra el feminismo, los sin papeles o la sociedad cosmopolita no apelan a 'Martínez el facha' sino a las familias conservadoras de ocasional bandera en el balcón y segura misa de domingo. Su pretensión de eliminar las autonomías denota un sentido centralizador bajo una única autoridad, en un añorado mundo de ley y orden. Sus críticas acerbas a la burocracia de Bruselas y a su incapacidad de defender nuestras fronteras de las avalanchas de inmigrantes parecen el eco de los argumentos del Brexit. Y ya veríamos en qué quedaría su sedicente liberalismo económico, si la querencia intervencionista conservadora no topara todas las mañanas con las admoniciones de Jiménez Losantos.

Vox representa a un sector de votantes, temerosos o refractarios a los cambios, que habían encontrado cobijo, como mal menor, en el PP. Cualquiera que escuchara las inanes respuestas de un patético Rajoy, estafermo sin atributos, badulaque en pelota intelectual, al quedarse sin el ropaje del poder, durante la vacua conversación del viernes con su amiga Ana Pastor, entenderá por qué se fueron. Aún queda la mueca de estupor de muchos delegados: ¿y este era nuestro líder?

Por mucho que se esmere Casado en forzar la máquina de la confrontación con la izquierda para recuperar la identidad perdida, será difícil que gran parte de esos votantes vuelvan al redil. Antes, apoyaban a quien les disgustaba menos. Ahora, lo hacen a quien echa a volar sus fantasías sobre la recuperación de los valores del ayer. A eso es a lo que llaman “derecha sin complejos”.

Si ello implica dar rienda suelta a su "repugnancia por todo lo nuevo, su hostilidad a la política internacional y su tendencia al nacionalismo patriotero", como denunciaba Hayek, yo la prefiero acomplejada por los destrozos que esas pulsiones propiciaron en el pasado. Pero, como ha quedado acreditado este sábado, en la vibrante intervención de Aznar que ha cerrado once años de separación forzosa entre el partido y su refundador, hubo un tiempo en que el PP fue capaz de aglutinar, como “casa común”, a una mayoría social de amplio espectro ideológico, movilizada por ideales de justicia y libertad, en defensa del Estado constitucional y de su proyección en el mundo. Fue el tiempo en que se gestó la derrota de ETA y España estuvo a punto de entrar en el G-7.

En ese sentido, la reivindicación que acaba de hacer Pablo Casado –el “joven que llegó de Ávila treinta años después”- del "autonomismo activo" y el "europeísmo activo" resulta alentadora y digna de encomio. Una cosa es que deban existir mecanismos que garanticen la lealtad institucional de las Comunidades o que pueda revisarse el reparto y forma de gestionar las competencias, y otra que se pretenda poner a cada español ante el dilema de centralismo o separatismo. Una cosa es que urja democratizar las instituciones de la UE y simplificar su burocracia, a ver si, de una vez, Mr. Europa tiene un teléfono único al que poder llamarle, y otra que se pretenda dinamitar una Unión que ha hecho nuestra fuerza y sigue constituyendo un anclaje común de seguridad.

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En esta fase epiléptica de la política internacional, en la que un presidente de los Estados Unidos, al que se le investiga por colaborar con Rusia, habla de abandonar la OTAN -algo así como si el Papa sacara al Vaticano de la Iglesia Católica-; en la que el Reino Unido ha quedado hundido en el cenagal de un Brexit que lleva camino de terminar enfangándonos a todos; en la que el reformismo de Macron se ha visto frenado en seco por la violenta demagogia de los "chalecos amarillos"; en la que Alemania se sumerge en las incógnitas post Merkel; en la que Italia se atrinchera en la xenofobia populista; y en la que, mientras tanto, Putin gana margen por doquier para su expansionismo imperialista, no hay nada tan esencial y urgente que "conservar", sino el orden liberal occidental, basado en la cohesión de la UE y el vínculo transatlántico.

En este momento lúgubre de la política española en el que un separatismo, crecido por la debilidad de la respuesta del Estado a los primeros espasmos de su estrategia golpista prepara el asalto definitivo para destruir a la Nación; en el que la estabilidad de partidos, empresas e instituciones queda a expensas de la supuración de las miasmas acumuladas durante décadas en las cloacas del sistema; en el que los negros nubarrones de una nueva recesión parecen incubarse sobre nuestra economía, no hay nada tan esencial y urgente que "conservar" sino el orden constitucional, basado en la garantía de los derechos individuales de todos y cada uno de los españoles y en los grandes consensos sobre el modelo territorial, la protección social o la lucha contra la violencia de género.

Por todo eso necesitamos tanto al PP. Sin un partido conservador fuerte, aferrado de forma beligerante a los pilares de nuestra prosperidad y libertades, el sistema político español quedaría alarmantemente cojo. No sólo por la amenaza que una supuesta hegemonía de Vox en la derecha supondría para esos consensos, sino por la desarticulación del espectro político que dejaría a Ciudadanos sin ningún aliado potencial a su derecha y permitiría al PSOE abusar de su posición dominante en la izquierda, sin rectificar su posición sobre Cataluña. Una derecha sin el PP, o con un PP jibarizado, sería una bendición para la izquierda, una complicación para el centro y un desastre para España.

Fijémonos en la foto de hace cien años que ha inspirado hoy la ilustración de Javier Muñoz. Delante marchan el primer ministro británico Lloyd George, Clemenceau, bastón en ristre, y el presidente Woodrow Wilson. Detrás hay dos personajes con canotier, probablemente guardaespaldas, que muy bien podrían representar al séquito de actores secundarios. En ese tres más dos se ha convertido la política española actual.

El 'Big Three', en Versalles: Lloyd George, Clemenceau, bastón en ristre, y Woodrow Wilson.
El 'Big Three', en Versalles: Lloyd George, Clemenceau, bastón en ristre, y Woodrow Wilson.

Para que el orden de factores no altere el producto, es fundamental que ninguno de los tres grandes protagonistas pierda el paso. Y que los tres recuerden que aquella declaración de 14 puntos del presidente norteamericano que alumbró la Conferencia de Paris incluía, en lugares preeminentes, la defensa de la "libertad absoluta de navegación" y la "eliminación de todas las barreras económicas", pero también establecía, en su preámbulo, que "sólo siendo justos con los demás, podremos conseguir que ellos sean justos con nosotros".

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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