¿Por qué no es feliz España?

Durante los últimos diez años se ha producido una explosión de análisis y estudios sobre la felicidad humana. Decenas de libros y miles de artículos indican que la felicidad puede medirse con cierta precisión mediante encuestas de ámbito nacional. La investigación al respecto ha indagado sobre las causas de la felicidad y numerosos expertos han planteado cómo los distintos países pueden aplicar políticas susceptibles de aumentar el grado de felicidad de sus ciudadanos.

Parte de tales estudios han inquirido qué países son más felices. Hay escaso consenso al respecto. Una conocida encuesta de la Universidad de Leicester en Inglaterra concluye que los daneses son los más felices, en tanto que España figura en el lugar 46 y Estados Unidos en el 23. El prestigioso Internacional Social Survey Programme sitúa a México en la cima, mientras que España figura mucho más abajo y Estados Unidos notablemente por encima de Dinamarca. El World Values Survey señala que los neozelandeses son los más felices del mundo y sitúa a los españoles en el lugar 13, sólo tres peldaños por debajo de Estados Unidos.

En resumen, tratar de comparar la felicidad entre países es un intento vano. Lo que sí podemos comparar, sin embargo, es la felicidad en un país a lo largo del tiempo. El World Values Survey indica que en la mayoría de los países desarrollados el grado de felicidad, en términos generales, ha aumentado o no ha variado durante el último par de décadas. En Francia, por ejemplo, el porcentaje de los ciudadanos “muy felices” ha crecido del 20% al 36% entre los años 1981 y 2001. En Suecia, país que ha ocupado asiduamente los primeros puestos en las listas de la felicidad, el crecimiento observado fue el 29% en 1982 al 43% en el 2006.

En propiedad, España debería experimentar también mayores grados de felicidad. Al fin y al cabo y según se dice, España ha “progresado” enormemente durante los últimos treinta años…, cosa que se echa de ver, por ejemplo, desde el tamaño de su administración y sus progresistas políticas sociales al aflojamiento del peso e influencia de la Iglesia católica. Considérense los siguientes ejemplos. El gasto social público en España ha aumentado desde un 15,5% del PNB en 1980 a un 21,2% en la actualidad, bastante por debajo del promedio de los países de la OCDE. Y, en un país donde el aborto fue ilegal en su día, resulta en la actualidad que posee la legislación más progresista y avanzada de Europa al permitir el aborto hasta la semana decimocuarta de embarazo. Por lo demás, apenas puede seguir calificándose a España de país católico, dado que la asistencia a la iglesia se ha reducido literalmente a la mitad desde 1981 a la actualidad.

A pesar de estos cambios, España ha ido avanzando en la dirección equivocada en relación con la cuestión de la felicidad, a diferencia de casi todo el resto de países desarrollados. En 1981, el 20,1% de españoles decía sentirse “muy feliz”. En el 2005, tal porcentaje había descendido a sólo el 13,7%.

Claro que no todos los españoles son igualmente infelices en la actualidad. No obstante, la situación asimétrica encierra otra paradoja. Los españoles más infelices coinciden con los que en mayor medida suscriben y aprueban la moderna destrucción de lo tradicional, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones familiares tradicionales. Por ejemplo, según el World Values Survey, los españoles que convienen en que “el matrimonio es una institución anticuada y pasada de moda” muestran un 17% menos de probabilidad de vivir elevados niveles de satisfacción que aquellos que disienten de tal apreciación.

Así las cosas, ¿qué solución cabe para hacer frente a la tendencia hacia la infelicidad observable en España? Acaso la respuesta radique en alcanzar un mayor grado del “progreso” logrado hasta la fecha. Tal vez España pueda encaminarse únicamente hacia mayores cotas de felicidad en caso de fomentar más burocracia, más abortos, más divorcios y convivencia en pareja a la par que menos fe, menos familia, menos libre empresa…

O, simplemente, es posible que tales tendencias progresistas constituyan precisamente el factor que haya conducido a España por el mal camino en la cuestión de la felicidad. En Estados Unidos tenemos una expresión que dice: “Si estás en un apuro, no agraves tu situación”.

No poseo la respuesta al enigma de la felicidad y no me atrevería a decirles a los españoles si están en un agujero por lo que han de dejar de empeorar su situación. Barcelona ha sido mi segundo hogar durante más de veinte años. Mi mujer y mis tres hijos poseen la ciudadanía española. Sin embargo, siempre seguiré siendo un extranjero y decir lo que creo que debería hacer España sería una señal de arrogancia por mi parte. Tan sólo puedo referir lo que constato en los datos sobre la cuestión.

Arthur C. Brooks, pres. American Enterprise Instit. Autor de The Battle: how the fight between free enterprise and big government will shape America´sfuture.