Por qué no iré a votar

Tengo muchas dudas sobre nuestro futuro, pero respecto al presente no me cabe ninguna. Está dominado por la ficción. Nada de ciencia ficción, no mezclemos. Ficción, a secas. Tampoco es literatura, porque eso exigiría un nivel de calidad y una cierta cualificación profesional que no se da. Lo nuestro es ficción para cándidos, que es lo que ocurre cuando alguien soporta una historia, y hace como que se la cree, por respeto, por no llamar la atención, incluso por miedo al qué dirán. Si fuéramos gente más responsable deberíamos proteger a los niños. No podremos hacer de ellos buenos ciudadanos si por un descuido caen en las redes de la ficción que hemos montado. Corren el riesgo de creérselo y estaremos acabados como país. Una mesnada convencida de que es la sal de la tierra. El problema no está en los narcisos de humedal que se miran en el charco y se felicitan por ser los más guapos, inteligentes y demócratas de España. No, el problema aparece cuando es Pinocho el que se contempla en el espejo, y se gusta.

Como si fuera un gran plató de televisión, la sociedad se ha dividido entre los actores protagonistas, extras y espectadores. Lo llamativo es que de pronto quienes miraban han renunciado a seguir jugando el juego y los han mandado literalmente a la mierda, y ahí se han quedado los actores y los extras, animándose mutuamente.

No sé si es un rasgo propio de la vida política catalana o es ampliable a otros lugares, la verdad es que el comparativo pujoliano – fórmula de gran eficacia dialéctica por estas tierras, “eso pasa en todas partes”, “también ocurre en Madrid”, etcétera-me parece un recurso para perezosos mentales, pero la base de apoyo a la clase política se ha ido reduciendo en los últimos años de tal modo que cabría pensar en quién se está equivocando, si la clase o la ciudadanía.

La ventaja que tiene un plató como escenario es que no necesita de nadie que los jalee, porque para eso están los extras. Si la clase política catalana no nos tuviera a nosotros haciendo de desfachatados entusiastas de opciones políticas, en las que nadie en su fuero interno cree, alcanzaríamos la sublimación del espectáculo. Los actores protagonistas pasarían a la condición de payasos, porque el payaso no se caracteriza por hacer reír – eso sólo lo pretenden los mediocres-,los buenos payasos improvisan lenguajes universales que no necesitan palabras. Nuestros payasos de ocasión son locuaces.

Pasemos a los hechos y dejemos las metáforas. ¿Cómo valoraría usted a un líder político que después de estar varios años gobernando, por llamarlo de alguna manera, le promete que si le vuelven a votar rebajará los peajes de las autopistas? Es posible que el guionista de su campaña haya pretendido hacer un homenaje a Berlanga, pero incluso así, el chiste es muy malo, tanto que avergüenza. Ocurre con esos chistes de caca-pis-culo, que el problema no está en que no te hagan gracia, sino en que alguien te considere tan idiota como para contártelo. ¿Y qué decir del otro genio, convencido de su victoria, que nos promete que sólo va a estar tres mandatos? ¡¡¡Tres mandatos!!! Tres mandatos nada más, como un bolero.

Tendría ejemplos para llenar artículos sobre la reiterada incompetencia profesional y la descriptible desvergüenza del señor Montilla, del señor Mas, y no digamos de los actores secundarios que encabezan los demás partidos, pero me basta la evidencia de su campaña. El caso Palau de la Música no se toca. El de Santa Coloma de Gramenet tampoco. Sería de mal gusto citarlos en un momento tan trascendental para la patria. La cosa tiene su mérito, porque no es fácil que durante días enteros haya centenares de tipos hablando de cosas que a la gente le interesan un comino.

Entonces creo que podemos llegar al meollo. Si no fuera por el papel que representan los extras con frase – es decir, nosotros, los del gremio mediático-,sería descorazonador contemplar la distancia que separa la sociedad catalana de su clase política. Los más listos de la cuadrilla están preocupados por la desafección social y con razón advierten de los riesgos autoritarios, pero no creen que el problema sea el discurso, sino los medios. Tienen ese síndrome del poder, el de Zapatero, sin ir más lejos; la cuestión no está en que lo hagamos mal, sino en que no sabemos explicar todo el bien que hacemos. El autismo político en Catalunya causa pasmo, porque la sociedad sobrevive con un desdén absoluto hacia la ficción del relato canónico. Incluso me atrevería a añadir que tiene un valor especial el que no esté atontolinada ante esta efervescencia electoral, y que siga haciendo sus cosas.

En Catalunya conviven dos mundos, el subvencionado y el real. Y es una suerte y un elogio que logren coexistir los dos mundos, porque hay otras sociedades donde no ocurre eso. En Asturias, por citar algo que conozco bien, lo subvencionado es lo real y apenas si hay otra realidad que la subvencionada. Aquí la principal tarea de cierta inteligencia cultural y mediática está en parecer que no cobran del erario. “Sólo los gastos”. Hemos pasado de “hacer país” a vivir de él. ¿Que las bases sociológicas sobre las que se está sustentando la patria renacida se reducen al 20 por ciento? Mejor, porque se cumplirán dos principios del más sano nacionalismo; el pinyol de las esencias siempre es minoritario. Y por añadidura, tocamos a más. Vaya chiste que me ha salido: ¡tocamos a Mas! Un hallazgo polisémico, que dirían los pedantes.

Si uno se atuviera a la vida oficial, subvencionada, los no nacionalistas en Catalunya serían algo parecido a los fumadores, a los que se va achicando espacio, con la intención confesa de encerrarlos en casa. Una ley seca de la política, impuesta por esa faramalla de felices voceros institucionales. Al oasis del chiste le han salido cicerones, exégetas, teóricos de las raíces profundas de la identidad descubierta. Se equivocan, quiero creer, porque ese club del autobombo se morirá. No hay presupuesto que lo mantenga; es más letal y costoso que las pensiones de los jubilados. También es posible que la gente se rebele, aunque es más difícil y sobre todo nos esforzaremos por que no ocurra. Una modesta proposición: por qué no averiguamos si eso del seny y la rauxa fue una invención oportuna, una dialéctica para conservadores en expectativa de destino.

Yo pertenezco, o quizá pertenecía, a una generación para la que el hecho de que un currante en paro, que se llamara Manolo Torres, que tuviera 37 años, casado y con dos hijos, que viviera, es un decir, en l´Hospitalet, que se viera desalojado de su piso protegido de Adigsa, y que se ahorcara a una hora tan taurina como las cinco de la tarde, hace una semana, casi abriendo la campaña electoral, le parecería un agravio intolerable. Una conmoción de la sociedad real sobre la sociedad de la ficción. Y sin embargo, estoy convencido de que para los extras con frase decir algo así resulta demagogia. Tiempos curiosos estos, donde la realidad es demagógica y la ficción auténtica.

Cada uno, llegados a este punto, debería tener el valor de decir qué va a votar. Si hacemos opinión y no trampas, habremos de asumirlo y dejarnos de mostrar nuestro ángulo de Pinochos narcisistas. Los derechos de ciudadanía, o lo que es lo mismo, nuestra capacidad para protestar e incluso para rebelarnos, no nos lo conceden las urnas, ni el que metamos un papel por una ranura, independientemente del orgasmo que produzca. El derecho a la ciudadanía lo concede el pago de impuestos. Quien paga adopta la condición de ciudadano de pleno derecho. Por eso mismo quiero decir que las próximas elecciones del 28 de noviembre las interpreto como una fiesta que se ha montado la clase política catalana para perpetuarse a sí misma. Si tuviera alguna confianza en este sistema votaría en blanco, pero como creo que les da absolutamente igual, no iré a votar. Nunca me han gustado las fiestas, y menos las que pago y no disfruto. Lo de menos es que me hayan invitado. El servicio, que lo pongan ellos.

Gregorio Morán