Por qué no soy un economista liberal

Un diario chileno, especializado en asuntos económicos, me preguntaba hace poco qué pensaba de los excelentes resultados del crecimiento alemán y de la relación entre este crecimiento y la política de Merkel. Mi respuesta fue que la canciller alemana gobernaba bien porque gobernaba poco: los empresarios y los consumidores se inscriben a largo plazo cuando saben que el Estado no va a interferir continuamente en sus decisiones. Cuando leí esta entrevista en la página de internet de «Pulso», constaté la fidelidad de la transcripción, pero me sorprendió que el periodista considerara necesario calificarme de «economista liberal». ¿Por qué era necesario el adjetivo «liberal»? Al añadir esta etiqueta, ¿no se corre el riesgo de reducir mis declaraciones a un nicho ideológico y limitar así mi legitimidad? Me confié al periodista, que se excusó (equivocadamente) y respondió que había copiado mis datos biográficos de Wikipedia.

Aunque ofrece un enorme servicio, Wikipedia no es una fuente segura: es un campo de batalla ideológico donde las noticias biográficas, igual que las informaciones más o menos científicas, cambian a diario según el humor de los colaboradores voluntarios y militantes. Sin embargo, tranquilicé al periodista chileno: no, no consideraba que liberal fuera un insulto. Pero señalé que cualquier economista es necesariamente liberal o no es economista.

Me explico: consideren a un economista no liberal, socialista o estatista, por ejemplo; ese economista es en realidad un ideólogo, un soñador, un utopista. Está permitido, evidentemente, pero no es científico. De hecho, todos los conocimientos acumulados por los economistas demuestran que la economía libre, también conocida como economía de mercado o economía liberal, es la única que produce buenos resultados, a la vez por medio del crecimiento y la redistribución. No ser liberal, por el contrario, supone negar los hechos o, todavía más a menudo, no amar la realidad. En efecto, la realidad en economía es ingrata y testaruda: cada vez que un gobierno, en cualquier época y en cualquier lugar, ataca la propiedad privada, la iniciativa personal o la estabilidad monetaria y las sustituye por alguna fantasía paradisíaca, gana el infierno de la miseria, la iniquidad y la corrupción.

No puedo hacer nada: es así, sin duda, porque los hombres son como son. Como escribía Adam Smith hace más de dos siglos, el panadero no vende su pan a un precio accesible por amor al prójimo, sino por su propio interés. La ciencia económica consiste en adaptarse a esta naturaleza humana y proponer el marco institucional más propicio para que, partiendo de la naturaleza humana, la economía genere lo que Jean Tirole, premio Nobel en 2014, denomina «bien común». Por eso no me considero un economista liberal, sino un economista sin más, o más modestamente, un analista de la economía real. Los que no aceptan esta economía en sí, esta economía de lo real, esta economía que funciona, están en su derecho: consideran el mercado injusto, inmoral. ¿Por qué no? Se puede debatir sobre ello. Pero no se puede pretender que no es eficaz: quizá no sea demasiado eficaz, pero no hay nada más productivo que el mercado. También esto es así.

El malentendido, del que esta pequeña entrevista con el periodista chileno es un ejemplo anecdótico, tiene más que ver con el vocabulario. En un universo intelectualmente honesto (un oxímoron, lo reconozco) convendría que a los economistas liberales no se les pusiera a partir de ahora ningún calificativo, igual que un químico, cuando practica la química, no es más que un químico. Corresponde a los liberales encontrar otra denominación para sí mismos: ¿filósofos, quizá? Al fin y al cabo, Karl Marx era filósofo, no economista.

En su época, los verdaderos economistas se llamaban Stuart Mill o Jean-Baptiste Say, y no eran marxistas. Ahora bien, la casi totalidad de los «economistas» no liberales de nuestro tiempo son, en distinto grado, descendientes de una visión marxista de la sociedad y de la historia: razonan en términos de conflictos inevitables o necesarios en el seno del capitalismo y fantasean con una sociedad perfecta, donde el trabajo, la escasez y las desigualdades desaparecerían; es lo que John Maynard Keynes esperaba también en sus obras de los años treinta. Keynes y Marx, una misma lucha y una misma filosofía: los dos pretendían ser científicos, pero no lo eran, pues anteponían su imaginación al estudio laborioso de los hechos.

Propongo, pues, sustituir el debate entre economistas liberales y no liberales por otro debate, que sería más claro, entre economistas y filósofos. Desde luego, la Economía no es necesariamente una disciplina superior a la Filosofía y existen tanto malos economistas como malos filósofos. Lo peor es pretender ser algo distinto a lo que realmente se es; en definitiva, la impostura.

Guy Sorman

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *