¿Por qué no te callas?

Seguro que habrán oído esa historia del catedrático que dice a su chófer: «Mañana nos vamos a Madrid en tren». Al día siguiente aparece en la estación el conductor con una maletita y el catedrático le pregunta: «¿Y usted a dónde va?». El mecánico contesta que «a Madrid». Y el profesor, perplejo, le espeta: «¿Y quién dijo que iba usted a Madrid?». El empleado, tímidamente, se lo recuerda. A lo que el catedrático responde dándose un golpe en el pecho: «Me refería a “Nos”, la cátedra».

Pues bien, a raíz de la salida temporal del Rey emérito de España, algunos han empezado a usar ese plural mayestático de «Nos» con frecuencia, lo que supone tanto la presunción de sentirse superiores a los demás como la de poder hablar en su nombre. Uno que utiliza a diario ese tono arzobispal es Pablo Iglesias: «Mucha gente piensa que “nos” dirigimos a una república plurinacional». Lo del «mucha gente piensa» quiere decir que lo piensan él y su amiga -a la que ha puesto un ministerio-; el truco lo aprendieron de Lenin, que bautizó a su partido político bolchevique (partido de la mayoría) cuando eran cuatro gatos. Recordarán también el uso del plural mayestático de Chávez, su otro padrino, cuando sentenciaba: «Hágase», como si fuera el Dios de Moisés tronando en el Sinaí. La prepotencia del mandatario venezolano llegó a tal extremo que el Rey Don Juan Carlos tuvo que pararle los pies con una frase que pasará a la posteridad: «¿Por qué no te callas?».

Lo esencial del altercado es que Chávez se calló. En aquel avatar se produjo un choque de legitimidades: la de un Rey que había reinstaurado una democracia y la de un coronel que había dado un golpe de Estado, y se sintió en inferioridad. De aquella anécdota deberíamos extraer la enseñanza de que cuando alguien ocupa sin permiso nuestro espacio, es obligado plantarle cara: la valentía es una de las mayores virtudes del ser humano. Cada uno, desde su parcela, debe reaccionar a las intrusiones que sufrimos de continuo. Una de esas intromisiones que estamos viviendo es la del fiscal suizo Yves Bertossa, que estudia procesar a nuestro exjefe de Estado; otra la de Quim Torra, dándonos lecciones de ética y política; y, por supuesto, la permanente del charlatán Iglesias atacando a nuestro sistema democrático para desviar nuestra atención de sus múltiples escándalos.

El fiscal Yves Bertossa es digno de respeto por su función, pero parece olvidar la realidad de su entorno. Repite, de alguna manera, lo que hizo el fundador de su Universidad en Ginebra, Calvino, quinientos y pico años antes, cuando siendo él mismo un hereje, procesó a Miguel Servet por herejía. Calvino creyó en la licitud de hacer fortuna por medio del trabajo y Suiza nos ha hecho creer que sus fundamentos económicos eran incuestionables: industria farmacéutica, chocolates, el reloj de cuco…, cuando, en realidad, su milagro económico se ha financiado con dinero negro de medio mundo. Y ocurre ahora que este joven fiscal, que con seguridad prosperó en ese hábitat, nos da charlas de estoicismo. ¿No cree, señor letrado, que en su caso la prudencia de no juzgar a los demás fuera de sus fronteras sería lo aconsejable? Pregúntese en base a qué habilidad especial de sus compatriotas el dinero que usted cuestiona llegaba a su tierra y no a otros lares. Esos fondos extraordinarios han servido para sufragar su altísimo nivel de vida (incluyendo, entre otros, su sueldo y el de su padre, también fiscal, que vivió el esplendor del secreto bancario suizo), y lo hacían en base a admitir legalmente en Suiza lo que era ilegal fuera de ella. ¿Y ahora se va a permitir considerar ilegal dentro de su país lo que en España no lo es? Lo siento, señor fiscal, pero entienda que con estos antecedentes no permitamos que nos «avasalle» y que le diga con delicadeza que «¿por qué no se calla?».

Otro mayestático exuberante y cotidiano es Quim Torra, que después de vociferar en catalán que «España “nos” roba», ahora dice en castellano que «Cataluña es nuestra casa»; pero lo hace con tal torpeza, arremetiendo contra nuestras instituciones, que lo estropea. Él recibe ordenes del golpista Puigdemont, tiene a medio gobierno en la cárcel por malversación y al ínclito padre de la patria, Pujol, viviendo de una dudosa herencia. Si Torra fuera ecuánime aceptaría que -en bendito momento- España frenó la sedición. ¿Qué hubiera hecho una Cataluña independiente con la crisis del Covid, con la deuda que acumula, sin capacidad de endeudamiento exterior, con el marasmo que hubiera implicado crear nuevas estructuras administrativas, otra moneda, un miniejército, una huída masiva de empresas, una pérdida probable de cerebros, con un paro en alza exponencial y sin una Policía Nacional que reforzara a los Mossos ante los previsibles desmanes y saqueos que se produjeran? No creo exagerar si digo que Torra, alguna noche, se ha despertado con la pesadilla de que eran independientes.

Al final, como dice Iglesias en autocita: «La gente cree…», pero cree otras cosas distintas a las que él piensa: creen que les gustaría tener un abuelo llamado Florenci, una educación pública como la que disfrutó el fiscal suizo, y una mansión en Galapagar con cascada en la piscina como las del Hola. En una sociedad democrática todos estamos expuestos a que nos pidan que nos callemos. La cuestión es que en esos casos, sobre todo si tenemos razón, no debemos hacerlo. Chávez se calló porque no la tenía. Torra habla con la boca pequeña porque ellos, como independientes, nunca habrían tenido acceso a los fondos europeos. El fiscal ginebrino se está haciendo un nombre a costa de nuestro Rey emérito, al que no procesará, e Iglesias, que ha huido de su única responsabilidad aceptada, la de las residencias de ancianos, llama prófugo a Don Juan Carlos. Iglesias no ha hecho nada por este país, pero tiene una ocasión de oro para enmendarlo, no dilatando la llegada de remesas europeas, y es callándose. No lo hará porque zangolotear es lo único que sabe, pero la sociedad civil lleva tiempo cambiando de canal cuando aparece, pregúntenle a TVE por sus ratings. Ahora Sánchez, a la espera de esas ayudas (que están por llegar dependiendo, en cierta medida, de unos presupuestos consensuadamente moderados), necesita más a Casado que a Iglesias para su supervivencia política; de ahí la desesperada facundia de este último. Sánchez no le dice a su vicepresidente «¿por qué no te callas?», pero espera que algún juez o instancia europea lo hagan por él.

José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado.

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