Por qué nos sentimos engañados

Por Basilio Baltasar, editor (EL PAIS, 03/05/04):

Aquel que por falta de tiempo o exceso de convicciones adversas no pueda frecuentar los oficios litúrgicos del catolicismo español, leerá con enorme perplejidad la pastoral recientemente redactada por nuestros obispos. Al ciudadano decepcionado, que prefiere dirimir a solas la confusión de sus pleitos morales, o al irónico, que sonríe cuando recuerda las lecciones de religión recibidas en la escuela, les sorprenderá la vigencia de sus viejos prejuicios y encontrarán renovadas las razones que su asombro intelectual daba por perdidas.

Como nos habíamos acostumbrado al trance de una Iglesia resignada a cerrar seminarios vacíos, nos ha desconcertado la formidable voluntad política de los obispos y el esfuerzo desplegado para superar la prueba de fuego que ha chamuscado a tantas instituciones históricas: sostener una doctrina impugnada por el sentido común.

En nombre de la altísima instancia que los ha elegido para gobernar las almas y los cuerpos, los miembros de la Conferencia Episcopal han querido promulgar lo que una sociedad secularizada intentaba olvidar de una vez por todas. Que no es posible sustraerse al imperio de la ley que ellos representan.

Para aclarar desde un principio el asunto que en verdad les preocupa, y para mostrarse compungidos por los males que afligen al mundo, los autores de la pastoral proceden a lamentar la soledad moral que padece el individuo moderno: ese hombre amargado y frustrado por una larga serie de amores falsos.

A despecho de lo que a veces hemos sentido los laicos sometidos a este singular tormento, los obispos creen que está en nuestras manos evitar semejante desdicha sentimental. Si no hubiéramos sido agotados y derrotados, claro está, por el desafío implacable de la cultura dominante y por la mentalidad difusa propia de la revolución sexual.

Todo empezó, aunque ahora nos parezca mentira, con el amor romántico, tan idealista como irresponsable, que al desembocar en la banalización hedonista convirtió al sexo en un objeto de pernicioso efecto: la violencia doméstica, los abusos sexuales y… los hijos sin hogar. Consecuentemente, una legión de sujetos débiles arrastrados por los impulsos y aquejados de debilidad moral creen que el sexo es una mera excitación genital. La sociedad farisaica, advierten los obispos, ha ocultado los dramas personales de los fracasados.

Alarmados por el pansexualismo, y para poner coto al gran desmán de nuestro tiempo, los obispos consideran que ha llegado de nuevo el momento de proclamar la indisolubilidad conyugal, de reprochar a los esposos su individualismo intimista y de recordarles que en ningún caso serán libres de contraer una nueva unión, pues el vínculo matrimonial es un bien público del que no pueden disponer libremente los esposos.

Es importante dejar claro -añaden en su colofón los obispos- que la Iglesia no rechaza a los divorciados que se han casado de nuevo, sino que “son ellos mismos, con su situación objetiva, los que impiden que se les admita a los sacramentos”.

La pastoral, como puede verse, prolonga el ímpetu legislativo de la Iglesia -esa normativa que precede a las sanciones por ella inevitables-, condensa un vasto tratado de antropología anímica y restaura axiomas jurídicos que parecían haber caducado. Con un tono que no quiere ser irritante enfatiza la vieja ordenanza doctrinal y apadrina con severidad a los fieles tentados por la ligereza mundana de los tiempos modernos. La pastoral reproduce las figuras clásicas del sermón, pero en vez de las acostumbradas amenazas de condenación eterna se conforma prometiendo un jodido fracaso a los que tropiecen en este mundo.

Sin embargo, y a pesar de las presunciones teológicas que deslizan sus autores, el texto aborda los males de amor, y los dilemas de alcoba, con una sensibilidad extrañamente adecuada a la perturbada pasión que nos confunde. Es cierto que hasta hace poco los obispos disponían de una privilegiada fuente de información -la confidencia de los confesionarios-, pero hoy las cosas han cambiado a causa de ese intimismo individualista que, según denuncia la pastoral, ha sosegado la confianza de los pecadores. La enérgica elocuencia que los obispos dedican al dolor de corazón, y a la enervada derrota de los deseos, sólo puede proceder de un conocimiento ilustrado por las decepciones de la vida. Aunque huya asustada por el enjambre de los recuerdos, debe subsistir en algún lugar esa certeza que les ayuda a comprender nuestras secretas emociones. ¿De qué otro modo podría la más numerosa jerarquía de solteros que hay en España hablar con tanta seguridad de lo que nos somete y acongoja?

Se quiere disimular con pomposidad, pero en las palabras de los obispos puede identificarse el rastro de una melancolía que, llevada a sus últimos extremos, ha hecho sufrir a muchos enamorados. Como si recordaran lo que no han conocido o anhelaran lo que se han prohibido, los obispos discurren conmovidos por la turbadora nostalgia del amor perdido. Quizá sea para ellos una sensación confusa o la conciencia clara del pecado de vivir, pero sólo un hombre o una mujer colocada en tal estado por el destino sabrá reconocer el estigma de esta tristeza. Y sólo los que han sufrido la amarga soledad de una larga serie de amores falsos pueden hilvanar esta frase y comprender la más invisible de las derrotas.

Así pues, la pastoral deshace los infundados reproches anticlericales -“¿y que sabrán ellos de todo esto?”- y revela por primera vez el origen de la indulgencia prestada a los sacerdotes pedófilos. En contra de lo que habíamos creído, la protección episcopal a los pederastas no es fruto de la solidaridad corporativa, sino el mismo espíritu benévolo consolando a las víctimas de amor perdido.

¿Qué otra razón podría explicar el injustificable comportamiento de la jerarquía católica, constantemente sometida al suplicio de comprender o amonestar al sacerdote atrapado en flagrante delito? En lugar de imponer los iracundos juicios de Jehová, la Iglesia se ha visto excepcionalmente impelida a practicar los consejos del carpintero de Nazaret. Y la gélida dureza de corazón se transforma por amor en la dulce y tolerante compasión que aquél había predicado. Los divorciados no merecerán el consuelo de los sacramentos, pero la ternura no es imposible con los tonsurados que han confundido el sexo con la mera excitación genital.

Bernard Law, cardenal de Boston, protegió al centenar de sacerdotes que la misma Iglesia había fichado por su reiterada implicación en diversos casos de abusos a menores.

El cardenal Humberto Madeiros, también de la diócesis bostoniana, fue objeto de 25 querellas por encubrir a los curas pedófilos y no hacer nada para evitar que siguieran delinquiendo.

En Estados Unidos, la Red de Supervivientes de Abusos Sexuales de Curas tiene 3.400 miembros y su principal cometido es rescatar a las víctimas del sórdido silencio que les imponen sus directores espirituales.

Para dar una respuesta al creciente escándalo en que se veía sumida la opinión pública católica, la Conferencia Episcopal estadounidense encargó un informe sobre los cuatro mil curas pederastas protegidos desde 1950 por la jerarquía eclesiástica.

Esta conducta negligente y cómplice con los pedófilos también ha sido adoptada por los obispos españoles. El obispo de Córdoba acaba de manifestar su “apoyo y cercanía” al párroco de Peñarroya -condenado a once años por abusar sexualmente de seis menores- y el obispo de Jaén ha declarado a los medios de comunicación que su deber es “no condenar moralmente” al párroco de Alcalá la Real, condenado a ocho años de prisión por abusar de un niño durante tres años.

A la luz de estos casos es más fácil entender las expresiones utilizadas por los obispos españoles en su pastoral. Y ya no costará tanto saber quiénes son esos “sujetos débiles arrastrados por los impulsos”, cuáles están “aquejados de debilidad moral” o dónde está esa “sociedad farisaica” que “ha ocultado los dramas personales de los fracasados”.

Pero la verdadera incógnita permanecerá sin resolver mientras no sepamos identificar la doctrina que regula el comportamiento episcopal. Cualquier persona sensata, y bien pensada, incluso las insensatas, pueden ver ofendidas sus convicciones morales o sus creencias religiosas al constatar el privilegiado trato que reciben los violadores que, precavidamente, se han vestido con sotana. Pero una vez superada la perplejidad, y descartadas las vanidosas sentencias que su celibato les anima a proferir, ya no habrá motivos para seguir escuchando a los encubridores. El deterioro de su prestigio entre los ciudadanos crecerá y la decadencia institucional que tanto temen será irremediable.

¿A santo de qué, entonces, ostentan en sus declaraciones la prebenda de la doble moral? ¿Qué les absuelve de cumplir lo que con tanto ahínco predican? ¿Cómo consiguen repudiar a los divorciados y a las madres solteras y acurrucar en la sacristía a los pedófilos?

Debe existir una autoridad, un ejemplo supremo que haga respetable este desfalco moral y conduzca a los obispos por la torcida senda que transitan sin pestañear. Una inspiración o un mandato que haga piadoso el derecho a mentir y les exima de someterse al escrutinio moral de la ley que nos imponen.

Nos gustaría haber resuelto el enigma de los obispos, pero el dios ventrílocuo que los ha escogido para darse a entender ha ordenado guardar este secreto.