¿Por qué podría ganar el sí en Escocia?

¿Consideró seriamente el Gobierno de David Cameron que uno de los posibles resultados del referéndum escocés fuera el apoyo mayoritario a la independencia? ¿Sabía que casi la mitad de los 900 referéndums que se han celebrado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial han acabado con la derrota de la postura que defendían los gobiernos que los convocaban? Quizás algún día lo sabremos. Pero de lo que no cabe duda es de que hoy ya sabe que los referéndums se pueden perder, que los vuelcos de la opinión pública no es que puedan pasar, es que pasan porque la incertidumbre es consustancial a todos los procesos electorales. Motivos por los que la mayoría de gobernantes huyen de los referéndums como si fueran un enjambre.

Durante meses, las noticias y las encuestas apuntaban a un resultado claro y previsible del referéndum escocés, con una clara mayoría favorable al mantenimiento de la unión. Nada de eso vale ya. El último mes de campaña ha hecho emerger un escenario con el que seguramente David Cameron no contaba cuando lanzó su órdago de todo o nada en contra de la propuesta del Gobierno escocés que prefería que los ciudadanos pudieran elegir también una tercera opción, el máximo traspaso de competencias sin salirse del Reino Unido. A dos días del referéndum, la posibilidad de una victoria del sí es real y, con ello, la posibilidad de que Escocia se convierta en un Estado independiente

El día después del referéndum leeremos explicaciones de porqué han ganado unos u otros. Pero sea quien sea el ganador final, necesitaremos entender qué ha ocurrido durante este último mes para que se haya pasado de una situación de claro predominio del no (con ventajas bastante superiores a los diez puntos en prácticamente todas las encuestas) a un resultado ajustado e incierto como el que hoy vaticinan la mayoría de los sondeos. Hemos leído ya relatos que nos ayudan a entender parte de estos cambios, desde la clara victoria del líder del sí en el último debate televisado, hasta esas estrategias de campaña tan diferentes utilizadas por uno y otro bando, con un predominio del discurso del miedo (¿qué moneda, qué defensa, qué pensiones?) por parte de los partidarios de mantener la unión, frente a la creación de un imaginario ilusionante y en positivo por parte de los partidarios del sí.

Pero buena parte de lo que está ocurriendo en Escocia es mucho menos escocés de lo que parece. Es decir, se están repitiendo patrones sociológicos que se han dado en anteriores convocatorias de referéndums alrededor del mundo. Incluso, podemos encontrar las mismas similitudes en los escasos referéndums que se han celebrado en nuestro país. Por ejemplo, una de las conclusiones más claras de los estudios reunidos en nuestro libro ¿Cómo votamos en los referéndums? es que la disputa que se da en los mismos va siempre mucho más allá de la pregunta que se haya planteado explícitamente a la ciudadanía. Así, sobre todo en aquellos casos en que las últimas elecciones queden lejos en el tiempo y por tanto los votantes tengan ganas de poder mostrar sus acuerdos y desacuerdos con el Gobierno, estas simpatías o antipatías van a convertirse en una parte importante de las explicaciones del voto en el referéndum. Ya sabemos que oficialmente las urnas de los referéndums no están diseñadas para llenarse de comentarios a la gestión de los distintos gobiernos. Pero la vida política previa y ajena al motivo del referéndum no sólo no desaparece sino que suele hacerse más visible gracias a las estrategias de los partidos. Y parte de los votantes va a aprovechar para manifestar sus entusiasmos o resquemores hacia sus gobernantes. Ha ocurrido en los casos españoles a nivel nacional y autonómico y va a ocurrir en Escocia, con una complejidad añadida: allí no sólo importa la valoración del Gobierno británico, sino también del escocés. Y en este terreno, los partidarios del sí tienen una fuerte ventaja puesto que entre los votantes escoceses la popularidad del Gobierno británico ha sido siempre muy reducida, mientras que el Gobierno regional concita mucho mayores niveles de apoyo.

Este rol que juegan el conjunto de las valoraciones y lealtades políticas (más allá de las preferencias estrictas a favor o en contra de la independencia) es especialmente importante entre uno de los colectivos que contaban con más indecisos y que más se ha movido en dirección hacia el apoyo a la independencia en los últimos meses: los votantes laboristas. En su mayoría se trata de votantes autonomistas, más bien partidarios de seguir formando parte de Gran Bretaña. Sin embargo, son también fervientes defensores de un amplio Estado del bienestar, mucho más cercano al modelo social que propugnan los partidarios del sí que a la propuesta más liberal, cada día más hegemónica en el conjunto de Gran Bretaña. Como es habitual en los referéndums, a estas personas les cuesta votar en contra de la opinión que siguen defendiendo los líderes del partido en el que han solido confiar y a convencerles va dirigida una campaña del no, muy dominada por figuras provenientes del laborismo.

La resolución de estas contradicciones podía resultar más difícil en un referéndum más complejo, con una pregunta llena de matices como la que vivieron los españoles con el referéndum de la OTAN, o con un formato de doble pregunta como la que pueden experimentar próximamente los catalanes. Pero una pregunta clara y sencilla -¿Debería ser Escocia un Estado Independiente?- como la escocesa facilita que el votante con menos recursos cognitivos pueda prescindir de las consignas de su partido para salir de la confusión sobre lo que le preguntan y pueda elegir más claramente entre dos alternativas fácilmente comprensibles.

Y LOS perfiles sociológicos de las personas que han decidido su voto (en su mayoría a favor del sí) en las últimas semanas apuntan en esa dirección y suponen un buen augurio para los partidarios de la independencia. Sobre todo, porque se asemejan en sus características y motivaciones a las personas que aún no se han decidido y que con su voto o abstención van a terminar de decantar la balanza de uno u otro lado. Por ejemplo en el referéndum de la OTAN, otro ejemplo de vuelco electoral, los ciudadanos que decidieron su voto en los dos últimos días lo hicieron de forma parecida a los que habían salido de la indecisión hacia el sí durante la campaña. Así, si una parte de los indecisos escoceses se ha ido decantando en las últimas semanas hacia el voto favorable a la independencia parece razonable pensar que, salvo que el no sea capaz de introducir nuevos argumentos o emociones en esta recta final, el resto de ese colectivo pueda seguir la misma dirección en las últimas horas de campaña.

O no. De hecho, la experiencia comparada aporta también un argumento importante que podría jugar decisivamente a favor de la victoria del no. Así, la clave podría estar en si la campaña favorable a mantener la unión es capaz de detener el proceso de decantación de indecisos. Si éstos llegan al día de la convocatoria sin haber tomado una decisión clara sólo habrá dos votos probables para ellas (la mayoría son mujeres): o bien resolver sus dudas quedándose en casa sin tomar partido (como hacen a veces quienes ya han decidido abandonar a su partido pero no han alcanzado un suficiente grado de identificación o de indignación para apoyar a los adversarios) o bien elegir la papeleta que menos riesgos aparenta, la que elige mantener las cosas (más o menos) como están.

En todo caso gane quien gane, los movimientos que se han producido en la opinión pública escocesa en la segunda mitad de agosto se convertirán en un caso digno de estudio. Tanto para los estudiosos de los referéndums, como para quienes especulen con convocarlos convencidos de que no pueden perderlos.

Joan Font es director del IESA-CSIC y Braulio Gómez, investigador de la Universidad de Deusto. Ambos son autores de ¿Cómo votamos en los referéndums?, editado por la Fundación Alternativas.

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