¿Por qué regresar a Venus?

Hace unos días se anunciaba el lanzamiento de tres naves espaciales que explorarán Venus en el horizonte de 2030. Al anuncio de la agencia espacial estadounidense, NASA, dando luz verde a dos nuevas misiones denominadas DAVINICI+ y VERITAS, siguió otro de la agencia europea, ESA, confirmando el lanzamiento de EnVision. La selección de las dos misiones de NASA ha obligado a descartar por el momento otras dos que iban dirigidas al estudio de Io, una de las lunas más interesantes de Júpiter, y de Tritón, la gran y misteriosa luna de Neptuno. Con agua abundante, algunas de las lunas de los planetas gigantes son auténticos mundos-océano, muy prometedores a la hora de buscar vida extraterrestre. Afortunadamente, las misiones JUICE de la ESA y Europa Clipper de NASA explorarán algunas de estas lunas, un trabajo que se llevará en paralelo con la construcción de las nuevas naves que visitarán Venus.

Muchos estamos de acuerdo en que nuestro planeta gemelo y vecino más cercano había sido descuidado por las agencias espaciales durante demasiado tiempo. En efecto, la última misión de NASA a Venus (Magallanes) databa de 1990. Afortunadamente, la agencia europea lanzó Venus Express en 2005 y la japonesa (JAXA), la Akatsuki en 2010, pero esta última resultó exitosa solo parcialmente. Hay que ser conscientes de que, en el momento en que las nuevas misiones alcancen Venus (allá por 2030), habrá pasado mucho tiempo desde las últimas visitas y todos habremos estado concentrados mayoritariamente en Marte durante décadas. Por todo ello, la elección de Venus como próximo objetivo estratégico de NASA y ESA ha sido celebrada por un amplio sector de la comunidad de astrónomos. Sí, ha llegado el momento de volver la mirada a nuestro entrañable Venus, el más brillante de los astros del cielo nocturno.

¿Por qué regresar a Venus?Venus había saltado a la actualidad en septiembre pasado, cuando se anunció la detección de fosfeno (o fosfina) en su atmósfera, una sustancia química que podría ser producida por microbios. Sin embargo, estudios posteriores pusieron inmediatamente en duda el supuesto descubrimiento. En mi opinión, tras las últimas comprobaciones, no hay evidencia científica de que el fosfeno esté presente en Venus; creo que las primeras conclusiones se anunciaron demasiado eufórica y rápidamente. Pero también considero que este es un ejemplo muy ilustrativo de cómo funciona el método científico: observar, experimentar, medir, concluir y verificar, verificar hasta la extenuación, con todas las técnicas que sean oportunas, aunque ello lleve a los científicos a desdecirse, iterando y corrigiendo hasta acercarse a la realidad tanto como sea posible.

Lo cierto es que, con o sin fosfeno, Venus es suficientemente interesante por sí mismo. Resulta sorprendente que dos mundos gemelos, Venus y la Tierra, hayan seguido trayectorias evolutivas tan diferentes que hicieron de la Tierra un paraíso y de Venus un infierno. Aunque, en la actualidad, nuestro planeta hermano tiene una temperatura superficial de casi 500 grados Celsius, no parece imposible que haya sido habitable en un pasado lejano, quizás con agua líquida sobre su superficie hace unos cientos de millones de años.

Debido a su atmósfera tan espesa, se sabe muy poco de la superficie de Venus, de sus cráteres y de su actividad volcánica. Desde el espacio es imposible ver la superficie, y solo el radar ha permitido, hasta ahora, estudiar su rica orografía y llegar a dibujar un mapa global, pero que no tiene el detalle que sería indispensable para estudiar la actividad y estructura geológica del planeta. Las naves VERITAS y EnVision, proyectadas ahora, orbitarán en torno a Venus a una altitud de unos 250 kilómetros para, entre muchos otros objetivos, obtener nuevos mapas de radar que permitirán apreciar detalles en la superficie de tan solo 2,5 metros de tamaño.

También debido a su peculiar atmósfera, Venus nos ofrece un caso extremo de efecto invernadero donde algunos efectos atmosféricos pueden ser más evidentes (por estar más exagerados) que en la atmósfera terrestre actual. Quizá algunos de estos efectos podrían llegar a hacerse importantes en la Tierra si el efecto invernadero siguiese progresando en nuestro planeta. Al penetrar en la atmósfera de Venus, y descender por ella, la sonda DAVINCI+ tomará datos de las nubes y los vientos, de la presión y la temperatura. Además, analizará la composición química con alto grado de detalle. Y tomará imágenes de la superficie según se aproxima a ella.

Veritas y Davinci+ son dos pequeñas naves del llamado programa Discovery, el de menor coste de los de NASA, mientras que EnVision es una misión de tipo medio de ESA. El presupuesto ronda los 500 millones de dólares para cada una de estas misiones. Es decir, la suma de todas ellas queda muy debajo de los 3.000 millones de dólares que cuesta una misión del programa Flagship de NASA. Sin embargo, gracias a su gran complementariedad, los objetivos combinados de estas tres misiones a Venus no son mucho menores que los de una típica Flagship.

No voy a insistir aquí en los innumerables beneficios que reporta la investigación espacial, sobre su impacto tecnológico y, por tanto, económico. Se calcula que cada dólar invertido en el programa espacial Apollo de la NASA generó 20 dólares de beneficio. Se estima que, actualmente, la inversión espacial multiplica su impacto económico por un factor que puede llegar a 60. El teflón, el kevlar, las telas ignífugas, el velcro, los códigos de barras, varios sistemas de purificación de agua y de desinfección, los audífonos digitales, las bombas cardíacas miniaturizadas... son algunos de los avances que han sido alcanzados gracias a la aplicación de tecnologías desarrolladas en el ámbito espacial.

Además de participar en la misión europea, varias agencias espaciales nacionales de Europa (la francesa CNES, la alemana DLR y la italiana ASI) ya han anunciado su colaboración con NASA en sus misiones a Venus. En España, tenemos un sector espacial muy pujante. Gracias sobre todo a nuestra participación en ESA, se ha creado un tejido empresarial y académico que aúna esfuerzos por mantener una fuerte actividad internacional muy competitiva. Por ello es especialmente adecuado el reciente anuncio del Gobierno de la creación de una Agencia Espacial Española, algo que venía siendo demandado por todo nuestro sector espacial durante muchos años. La creación de esta agencia optimizará recursos, propiciará la colaboración bilateral con agencias de otros países, como NASA, la japonesa JAXA o la china CNSA, y nos facilitará jugar un papel importante en estos programas de Venus.

Pasando a pensar en un plano diferente, podríamos especular sobre el interés de la creación de una agencia espacial de alcance mundial, al menos una gran federación que aúne los esfuerzos de todas las agencias existentes. Y es que, en mi opinión, además de los numerosos beneficios prácticos que reporta, la exploración espacial es la expresión más actual de la curiosidad y del espíritu aventurero que son inherentes al ser humano. Los proyectos espaciales actuales son ya demasiado ambiciosos como para ser llevados a cabo de manera individual por una nación, o por un grupo de naciones, como es el caso de Europa. Un programa espacial de alcance planetario promovería la cooperación, en lugar de la competición, permitiendo así abordar objetivos mucho más ambiciosos que los que pueda considerar cualquier programa regional. El estudio de Venus brindaba una ocasión muy propicia para haber diseñado una única misión desde el principio. Contando con la coordinación de esfuerzos entre las diferentes agencias del mundo se habría podido diseñar una única misión más coherente y mucho más ambiciosa que lo ofrecido por la suma de estas tres naves.

Además, un programa espacial mundial tendría un alcance político y social sin precedentes, pues fomentaría una perspectiva global de los asuntos humanos. Muchos de los retos que tenemos hoy planeados son de alcance planetario. La pandemia que estamos atravesando es un buen ejemplo. Una agencia espacial mundial podría servir de ejemplo de cómo construir una estructura federativa mundial que tenga objetivos muy específicos. Creo que tales estructuras serán necesarias para resolver problemas de escala global, como el cambio climático, y que potenciarán la creación de una conciencia y de un patriotismo a nivel planetario.

Son ideas que ya he expresado en otros lugares y que convergen con las de pensadores como el venerable Edgar Morin (autor de Tierra patria) o de la ya desaparecida Barbara Ward (autora de Tierra nave espacial). Recordemos cómo las primeras imágenes de la Tierra tomadas desde el espacio tuvieron un impacto emocional tan potente que condujeron a una concienciación sin precedentes sobre la fragilidad de nuestro mundo y al desarrollo de movimientos ecologistas. La perspectiva espacial nos hace sentirnos, a todos nosotros, terrícolas, ciudadanos de un mismo mundo, patriotas de una única, bella y frágil patria azul.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y autor de El universo improbable.

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