¿Por qué se está islamizando el conflicto en el sur de Tailandia?

Por Javier Gil Pérez, Doctorando en el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado. (REAL INSTITUTO ELCANO, 18/01/07):

Tema: Este ARI analiza la difícil situación a la que debe enfrentarse el nuevo primer ministro de Tailandia, el general Surayud Chulanont. La caótica situación en el sur del país, donde desde enero de 2004 han muerto alrededor de 1.700 personas, en el marco de la lucha entre diversos grupos musulmanes y el ejército, se ha convertido en uno de los principales focos de inestabilidad en el área y amenaza con convertirse en un nuevo teatro de operaciones del yihadismo internacional.

Resumen: El análisis se centra en la dramática situación que se vive en el sur musulmán de Tailandia, ocasionada en buena medida por la agresiva política llevada a cabo por el depuesto primer ministro Thaksin Shinawatra, y explora las diferentes vías que puede adoptar el conflicto tras el golpe de Estado protagonizado por el ejército. La reciente visita del nuevo primer ministro, el general Surayud Chulanont, al foco de la insurgencia, Pattani, donde pidió perdón por los excesos y errores cometidos por la administración anterior, indica que se inicia una nueva etapa de diálogo entre el Gobierno central de Bangkok y los rebeldes del sur. Las cinco provincias meridionales, anexionadas por el antiguo reino de Siam, nunca han sido asimiladas en el nuevo Estado tailandés y repetidamente se han dado revueltas y sublevaciones hasta la más grave iniciada en enero de 2004. Desde una perspectiva general, el conflicto en el sur, aún siendo local, posee importantes ramificaciones que pueden afectar la seguridad regional en Asia-Pacifico, principalmente a Malasia y Tailandia, y azuzar más si cabe la tensa relación entre las distintas confesiones religiosas en el área.

Análisis:

Introducción histórica.
En 1786 el antiguo Reino de Siam, encabezado por su Rey Rama I, invadió y conquistó las provincias de Yala, Pattani, Narathiwat, Songkhla y Satun, que formaban parte del sultanato de Pattani. Estas provincias, junto con las de Kelantan, Terengganu y la parte norte del estado de Kedah, pertenecientes todas ellas en la actualidad a Malasia, componían el sultanato de Pattani, cuyo nacimiento databa de mediados del siglo XIII y que se llegó a convertir en un gran centro comercial y religioso dentro del sudeste asiático. Si bien esas provincias fueron conquistadas en 1786, no fue hasta 1909 cuando Pattani fue formalmente anexionada por Tailandia. Esta anexión fue reconocida por el poder colonial de la región, el Reino Unido, mediante tratado bilateral en el que Londres reconocía la soberanía de Tailandia sobre la región conquistada. Con el tratado se certificó el reparto del antiguo sultanato de Pattani entre los dos Estados, estableciendo en el caso de Tailandia una importante masa de población musulmana dentro de un Estado budista.

Si bien esta población ha sido integrada geográfica y políticamente en el Estado tailandés, nunca se ha sentido parte de éste, debido a que su referencia cultural, lingüística, religiosa y de identidad es el mundo malayo, personificado en su país vecino, Malasia, y en el antiguo reino de Pattani. Por ello, existe un grave problema de identidad, ya que la comunidad musulmana del sur se siente alienada dentro del Estado en el que se encuentra.

La raíz del conflicto entre ambas comunidades yace en el intento forzoso por parte del Gobierno tailandés de imponer patrones culturales y sociales a la minoría musulmana del sur mediante diversas campañas educativas, culturales y militares protagonizadas por Bangkok. Por ello, desde su incorporación al nuevo Estado se han dado continuos levantamientos de la población musulmana del sur contra el poder central. Algunos de los más importantes son los ocurridos en 1791, 1808, 1903, 1915 y 1948, que finalizaron con la consiguiente represión militar por parte de Bangkok. Estas continuas tensiones fueron las que provocaron la aparición de los primeros grupos insurgentes en la década de los sesenta y setenta.

La ideología de los grupos insurgentes.
Es muy importante aclarar las motivaciones que se encuentran detrás de los distintos grupos protagonistas de la revuelta en el sur. La razón es que continuamente se introduce el concepto de la yihad en cualquier revuelta o movimiento violento en el que se dan cita activistas musulmanes. Si bien los grupos que operan al sur persiguen la creación de un Estado independiente e islámico, este Estado responde al antiguo sultanato de Pattani, del cual emerge su componente de identidad. Ese nuevo Estado independiente, con el islam como base jurídica, sería el escenario apropiado donde poder practicar y utilizar con libertad su lengua, su cultura y su religión. Sólo un grupo de los que operan en la actualidad, el Movimiento muyahidin islámico de Pattani, persigue la creación de un nuevo Estado con fines exclusivamente religiosos.

De los cinco grupos que en la actualidad operan en el sur de Tailandia, dos de ellos, el Frente revolucionario nacional (BRN) y la Organización para la liberación de un Pattani unido (PULO), fueron los precursores de la lucha armada, creándose ambos en 1968. Ambos son grupos de carácter etno-nacionalista y su objetivo principal es la creación de un Estado independiente musulmán en el sur de Tailandia. Si bien en ambos el papel del islam es muy importante, no es el único. El BRN defiende el llamado NASOSI (nacionalismo, socialismo e islam) y la ideología del PULO está basada en el UBANGTAPKEMA, un acrónimo en malayo de “religión, raza, nacionalismo, patria y humanitarismo”. Esto significa que estos dos grupos no se encuentran dentro de la amplia red de grupos terroristas yihadistas que actúan en la actualidad a nivel mundial. Si bien el islam es una fuente de inspiración, no es el componente esencial de su ideología.

Este aspecto cambió con la aparición de los otros tres grupos que actúan en el sur de Tailandia. El primero es el GMIP, creado en 1995 por Nasori Saesaeng, un antiguo combatiente de la guerra en Afganistán contra la Unión Soviética. El GMIP es el único que está encuadrado dentro de la órbita yihadista mundial, y es también el único que ha llamado a la guerra santa contra el Estado tailandés.

Los otros dos grupos son Bersatu (o Unidad) y Pusaka. Bersatu se constituyó en 1989 como una organización integradora de las distintas organizaciones existentes hasta la fecha con el objetivo de unificar fuerzas. Por otro lado, Pusaka, creado en 1994, constituye una fundación religiosa-educativa cuyo objetivo es mejorar y expandir la enseñanza del islam en las provincias del sur tailandés. En el Pusaka, al igual que en el GMIP, el componente islámico es muy fuerte, si bien no al mismo nivel, ya que su llamada a la yihad se expresa en términos locales contra el Estado tailandés, no internacionales.

Por lo tanto, la aparición de estos nuevos grupos ha supuesto una mayor influencia del factor religioso dentro del conflicto en el sur musulmán.

¿Por qué el conflicto se está Islamizando?
Esta mayor presencia del islam en la ideología de los nuevos grupos es muy significativa e indica un lento pero paulatino cambio en las bases del conflicto que azota al sur de Tailandia. Las razones de este cambio son varias y se encuentran relacionadas entre sí.

En primer lugar, el Gobierno malayo ha ido reduciendo su apoyo a la causa musulmana. Si bien partidos como el PAS, que es el partido islamista por excelencia en Malasia y gobierna el estado fronterizo de Kelantan, y algunas organizaciones religiosas siguen ayudando, el Estado malayo ha bajado su perfil de actuación, reduciendo el peso de la influencia del nacionalismo malayo en el conflicto. Este hecho ha empujado a los diferentes grupos a buscar nuevas fuentes de legitimidad para mantener la lucha. Es ahí donde ha aparecido el islam de forma estelar, desplazando paulatinamente al nacionalismo malayo como eje del conflicto.

En segundo lugar, Tailandia, al igual que otros países del sudeste asiático como Indonesia y Filipinas, también se ha visto afectado por la nueva ola ideológica islamista que desde finales de los años setenta ha emergido de Oriente Medio y que ha conseguido llegar a todos los rincones de la tierra. Ese fundamentalismo islámico se ha transmitido por medio del establecimiento de mezquitas, pondoks (las escuelas religiosas islámicas en Tailandia), becas a estudiantes tailandeses en Oriente Medio, la distribución de publicaciones, etc. Todo ello ha sido financiado por organizaciones religiosas de Oriente Medio o por algunos Estados del Golfo como Arabia Saudí. A ese hecho hay que sumar la participación de musulmanes del sur de Tailandia en algunos de los campos de batalla del yihadismo internacional, como el legendario Afganistán o los más cercanos del sur de Filipinas o las Molucas y Sulawesi en Indonesia. Esa experiencia ha supuesto para los distintos participantes un modelo que seguir y un importante impulso para luchar y alcanzar sus objetivos. Por último, la ideología yihadista, que recrea un mundo dicotómico entre creyentes y no creyentes en la fe musulmana y donde el islam se encuentra bajo ataque de los infieles, ha sido extrapolada al escenario tailandés, donde se presenta a un Estado opresor que ataca a una minoría musulmana.

En tercer lugar, la guerra contra el terror propiciada por la Administración Bush ha sido catalogada por los musulmanes del sur de Tailandia como una guerra contra el islam. Esto ha impulsado con fuerza la causa islamista en Tailandia. Además, el ambiente internacional y regional ha favorecido la penetración e influencia de esta ideología en Tailandia. El agravamiento del eterno conflicto árabe-israelí, la actual situación en Irak y la entrega por parte del Gobierno tailandés de Riduan Isamuddin, alias Hambali, el jefe de al-Qaeda en el sudeste asiático y su máximo dirigente no árabe, ha sido visto como una traición hacia los musulmanes y un acto de seguidismo hacia Bush, lo cual encolerizó a la población del sur. Asimismo, la agresiva política hacia el sur del antiguo primer ministro, Thaksin Shinawatra, ha jugado un papel impulsor en el renacimiento de la violencia en la zona en 2004. Sus intensas campañas militares, con masacres como la que se produjo en Krue Se que se saldó con 108 insurgentes muertos, la imposición de la ley marcial, que dio vía libre al Ejército para operar con brutalidad, y la eliminación del centro administrativo del sur en 2002, que tan buenos resultados había dado como órgano de solución de conflictos entre las dos comunidades en el sur, se convirtieron en elementos que propiciaron y propagaron el nuevo ciclo de violencia.

Estos factores, que están impulsando el cambio de base del conflicto, han producido también un efecto en la propia forma en la que los grupos operan. Por ello, la nueva ola de violencia iniciada en enero de 2004 posee importantes diferencias con las anteriores. Estas diferencias se concretan en tres aspectos:

  1. La anterior confrontación se circunscribía dentro de una lucha de guerrillas entre los representantes de los distintos grupos y el ejército tailandés. En la actualidad, el terrorismo urbano es el que goza de preponderancia. Este cambio ha supuesto que la antigua estructura de unidades de guerrilla en las que se dividían los grupos insurgentes ha sido sustituida por una nueva estructura más acorde con la actividad terrorista, mediante el empleo de células secretas. El fin de la lucha de guerrillas ha impulsado un cambio en el ámbito de actuación, de manera que la antigua lucha en la jungla ha sido reemplazada por el ámbito urbano.
  2. A los antiguos objetivos militares, policiales y gubernamentales se han añadido nuevos objetivos: población civil e infraestructuras públicas como estaciones de tren, hoteles, puertos, etc. Es decir, se ha producido una ampliación en los objetivos atacados.
  3. Por último, el medio de actuación también ha sido modificado. El antiguo modus operandi consistía en realizar emboscadas y ataques directos en grupo contra objetivos militares. Ahora predominan el uso masivo de ataques con bombas y los asesinatos indiscriminados.

Las posibilidades de que los cambios que se están produciendo en el seno de la insurgencia en el sur de Tailandia se consoliden dependen de dos factores. El primero de ellos se encuentra en la habilidad del nuevo Gobierno para neutralizar las causas que están detrás del conflicto, es decir, para afrontar las diferencias étnicas, culturales, religiosas y lingüísticas de la comunidad musulmana del sur. Esto significa que se debe garantizar que los musulmanes del sur puedan desarrollar su cultura, religión e idioma, sin ataques ni presiones desde el Gobierno central. En segundo término, el Gobierno debe suprimir la participación de agentes extranjeros en el conflicto. Este hecho se sustenta en unas buenas relaciones con su vecino malayo para el control de la frontera común y en el control de las diversas pondoks, mezquitas y publicaciones que existen y que se han desarrollado en el sur con apoyo económico de Oriente Medio. Estos dos hechos supondrían el freno a la causa islamista pero no su eliminación del panorama político en Tailandia. El fin del radicalismo islámico depende en buena medida de cómo evolucionen los diversos conflictos que nutren el ideario yihadista y de la solución definitiva o no del conflicto en el sur. La persistente crisis en el sur beneficia la creciente influencia de los tres factores arriba mencionados. Por consiguiente, la posible desaparición del factor islamista del conflicto se encuentra lejana en el horizonte. La actual situación en Irak y Afganistán no incita al optimismo. Por ello, el factor islamista es un elemento de inseguridad presente y de futuro en Tailandia.

Conclusiones: El nuevo Gobierno tailandés es consciente de la posibilidad de que el antiguo conflicto de carácter étnico-nacionalista se convierta en uno netamente religioso, entre musulmanes y budistas. La experiencia de Filipinas así lo demuestra. De ahí que el nombramiento de un primer ministro ampliamente respetado y valorado en la sociedad y con amplias credenciales de lucha contra la corrupción y con gran capacidad de diálogo constituye un gesto de acercamiento de vital importancia hacia la población del sur musulmán, siempre crítica con la falta de sensibilidad política y cultural hacia ellos. Las recientes visitas al corazón de la insurgencia en Pattani, donde el primer ministro, el general Surayud Chulanont, ha ofrecido la introducción parcial del Derecho islámico y la posibilidad de usar el yawi –dialecto malayo escrito en caracteres árabes– en actividades oficiales, indican que el nuevo Gobierno esta dispuesto a neutralizar algunas de las principales motivaciones que están alimentando el conflicto. El primer ministro tiene ante sí una posibilidad de oro, quizá la última, para integrar definitivamente a la comunidad musulmana del sur en Tailandia y dar fin a este antiguo problema que data de dos siglos atrás. El Gobierno debe realizar un análisis correcto del conflicto, teniendo en cuenta que éste hunde sus raíces en el pasado pero que está adquiriendo nuevos elementos, para que la situación actual no degenere en un nuevo campo de batalla dentro del imaginario yihadista mundial, al igual que Chechenia, Líbano, Filipinas, etc. La propia detención de Hambali y la certeza de que ha existido y existe apoyo en los ámbitos logístico, de entrenamiento y económico de diversos grupos u organizaciones extranjeras como el Gerakan Aceh Merdeka (Movimiento de Aceh libre), el KMM malayo, el FMLI, la Jemaa Islamiyah o la propia al-Qaeda indica que las redes transnacionales están presentes en la zona y que tienen un protagonismo en la revuelta. Esto constituye un tenebroso aviso de que la ideología yihadista está ganando terreno. Sin embargo, hasta ahora la letalidad de los atentados es relativamente pequeña y los artefactos utilizados son rudimentarios, lo que indica que la presencia de redes extranjeras no es muy potente todavía.

En suma, las posibilidades de que el conflicto se radicalice y entre en una dinámica de lucha religiosa son reales, por lo que es necesaria la máxima colaboración de todas las partes envueltas en el conflicto. El cese de las hostilidades en el área contribuiría a mejorar las percepciones entre las diferentes religiones en el sudeste asiático y serviría de ejemplo y de base para solucionar otros conflictos históricos y crónicos que enfrentan a distintas religiones y etnias en la región.