Por qué se frena el crecimiento

La innovación técnica es el único motor del progreso, y todo lo demás no es más que palabrería. En tiempos lejanos en los que no existía la innovación y en los que cada gesto se repetía de forma idéntica, solo era posible enriquecerse mediante el robo, el pillaje, la conquista y a costa de los demás. Los hombres no empezaron a enriquecerse de verdad, y todos juntos, hasta el siglo XVIII, la época en la que empezó la verdadera innovación; esta innovación afectó primero a la mecanización del sector textil, y luego a los transportes y a las máquinas gracias a la máquina de vapor. La civilización moderna surgió de ella, y a partir de esta revolución industrial la pobreza de masas fue sustituida por las clases medias. Y es lo que nos lleva a la paradoja de la economía actual: el ritmo de la innovación aumenta, mientras que las tasas de crecimiento registradas disminuyen en todas partes. Resulta que hay más investigadores que nunca, y en todo el mundo, y que registran más patentes que nunca en la historia de la humanidad –piensen en la genómica, en la informática y en la inteligencia artificial–, pero hoy en día un crecimiento anual del 2% por habitante se considera un éxito, mientras que hace treinta años, una época en la que la innovación era más rara, era del 5%. Es sorprendente, en concreto, que la revolución de internet no haya dado lugar a un hipercrecimiento, comparable al que provocaron, en su época, la máquina de vapor y la electricidad.

La primera explicación tiene que ver con el tiempo que transcurre entre una innovación y su traducción económica, ya que pasaron cuarenta años desde que se inventó la primera bombilla eléctrica, en 1879, hasta el espectacular aumento del crecimiento debido a una nueva energía eléctrica. Y transcurrieron veinte años entre la salida al mercado del primer ordenador personal en la década de 1970 y el incremento de la productividad que permitió esta nueva tecnología de la información. Algunos economistas optimistas, en el MIT de Boston en particular, llegan a la conclusión de que los recientes adelantos en la inteligencia artificial provocarán un espectacular repunte del crecimiento de aquí a diez o quince años.

Pero existe una explicación alternativa a la disminución del crecimiento, quizá más convincente, y es que se está pasando de un deseo de desarrollo cuantitativo a un deseo de desarrollo cualitativo. Así, el precio que se otorga a la vida humana ha reorientado la investigación hacia unos ámbitos en los que el impacto sobre el crecimiento es más difícil de medir. En EE.UU., en 1960, el 7% del gasto en investigación se destinaba a la sanidad, y hoy en día se destina el 25%. Como las enfermedades más graves se han erradicado, la innovación médica permite, por ejemplo, contener los efectos de un cáncer durante uno o dos años. No se puede comparar, en cifras brutas, con los efectos masivos de la erradicación del cólera o de la viruela, pero ahora es lo que esperamos del progreso. La innovación también está cada vez más relacionada con las mejoras del medio ambiente, que son difíciles de reflejar en estadísticas de crecimiento. Por ejemplo, en el coste de un automóvil, el 25% corresponde a los esfuerzos realizados en materia de seguridad y de calidad del aire, mientras que antes de 1970 estos representaban el 0%. El aire se ha vuelto más respirable y el número de víctimas de accidentes de tráfico ha descendido. Pero estos avances, que son reales, reducen la tasa de crecimiento cuantitativa tal y como se sigue publicando. También estamos menos dispuestos, colectivamente, a aceptar los riesgos de la innovación. En 1885, cuando Louis Pasteur probó la primera vacuna contra la rabia, que habría podido salir mal, no existía ninguna norma de precaución, mientras que hoy en día tienen que pasar entre diez y veinte años antes de que un medicamento, o un Organismo Genéticamente Modificado (OGM) en la agricultura, se saquen al mercado. Piensen en los drones, cuyo uso masivo podría revolucionar los transportes, pero, por el momento, todos los gobiernos se oponen a ellos, por temor a causar problemas a la aviación o violar nuestra intimidad. Se presta una gran atención a la uberización de la economía, pero esta economía del reparto solo representa el 0,5% de la producción nacional en EE.UU., y considerablemente menos en Europa, porque las profesiones amenazadas se oponen a ella, con el apoyo de los gobiernos. Sin duda, el coche sin conductor, que podría estar operativo para los transportes en camión en menos de cinco años, se verá frenado durante mucho tiempo por los sindicatos de transportistas.

En todos estos casos, y en muchos otros, los países buscan un inestable equilibrio entre la innovación, la tradición y la solidaridad. Por eso el progreso técnico ya no conduce automáticamente al progreso económico, y, o bien hay que explicarlo, o bien hay que modificar la medida del crecimiento. Resulta absurdo, en cambio, dar bombo al crecimiento estableciendo al mismo tiempo normativas que lo impiden.

Guy Sorman

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