¿Por qué soy católico en los tiempos de Donald Trump?

Una persona ora en septiembre de 2018. Credit Shelby Lum/Richmond Times-Dispatch via Associated Press
Una persona ora en septiembre de 2018. Credit Shelby Lum/Richmond Times-Dispatch via Associated Press

Un sacerdote chileno, que no quiere dar su nombre aquí, tuvo la mala idea de salir de su casa con un alzacuello que lo identifica a primera vista como cura católico. Iba a cobrar un cheque al banco, pero en el camino fue fulminado con la mirada. Sin que tuviera tiempo ni lugar para responder, lo llamaron pedófilo, aprovechador, ladrón. La próxima vez que salga de su casa, me dice bajando la voz y la mirada, no llevará en su ropa ninguna señal de su vocación, no solo para ahorrarse el mal rato, sino para no provocar a los paseantes.

No me cuesta creer su relato. A comienzos de marzo de este año publiqué un libro que se llama Por qué soy católico. Lo hice con ánimo polémico a sabiendas de que la iglesia católica chilena —hasta hace poco tan poderosa como para impedir la legalización del divorcio (que se promulgó en 2004) y el aborto (que se aprobó en 2017 con tres causales muy restrictivas)— vivía una situación de desprestigio desde que salieron a la luz casos de abusos a menores de edad y manipulación de conciencia, es decir el uso de la confesión y la dirección espiritual para someter a los feligreses a los designios del sacerdote a cargo. No podía, sin embargo, imaginar que la iglesia caería aún más bajo de lo que estaba desde que el papa Francisco les pidiera la renuncia a todos los obispos y cardenales en mayo de 2018 tras su visita a Chile el año anterior.

¿Por qué soy católico en un momento como este? Quizás sea importante serlo en el mundo de Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, quien nos recuerda por antagonismo que el orgullo es un pecado y la humildad una virtud. Vivimos una época de altísima concentración de la riqueza y abismal desigualdad, y en un planeta conectado e informado como nunca, pero en el que millones de personas pasan hambre sin causar mayor revuelo.

Como quizás tampoco sea del todo malo que por llevar los signos de esta fe, que es la contraria de la que reina en Wall Street, la Casa Blanca y el Kremlin, recibas insultos, desprecios y mala miradas. Los primeros cristianos aguantaron eso y algo más: leones, ejecuciones en masa y exilios de toda suerte. Eso solo los hizo más comprometidos y mejores. Los católicos debemos recordar que la pompa y el poder de la iglesia están construidos sobre una montaña de dolor.

Es fácil perder la fe cuando se visita el Vaticano y se conocen los pecados y horrores que allí se han encubierto. Cuando estoy a punto de perder la fe, recuerdo mi visita hace algunos años a la iglesia Saint Vincent de Paul de la calle 23 en Manhattan, fundada en 1841 y hoy lamentablemente cerrada. Ahí rezaban haitianos, dominicanos, mexicanos, hijos y nietos de italianos e irlandeses, además de ancianas y ancianos enfermos. No todos eran rechazados por los poderosos de la tierra, pero no pertenecían de ninguna manera a los privilegiados. En esa iglesia, su pobreza no era un defecto ni una condena sino un tesoro, una fortaleza. No se les pedía ser triunfadores voluntariosos, ni menos puritanos libres de deseos y culpas. Allí, en distintos idiomas hablaban el mismo, el de su asumida debilidad.

Pero es difícil convivir con el hecho cada vez más claro de que es toda la institución de la iglesia la que está manchada y marcada por el abuso. No hay que subestimar la capacidad que tienen los nuevos testimonios para reabrir las heridas que parecían curarse con el tiempo. Cristián del Campo, provincial de los Jesuitas en Chile, presentó recientemente un informe interno demoledor sobre una de las figuras más emblemáticas de la compañía, Renato Poblete, quien falleció en 2010. El sacerdote habría abusado de al menos veintidós mujeres y alentado el aborto mientras la iglesia trataba de impedir que se legislara sobre cualquier interrupción voluntaria del embarazo.

Especialmente relevante resulta el testimonio de Marcela Aranda, una ingeniera y teóloga, que habría mantenido relaciones sexuales con Poblete durante más de diez años. Sexo y algo más, porque según su declaración, el cura la hacía participar de orgías con hombres enmascarados y otras prácticas cercanas al sadomasoquismo. Poblete, en cuyo honor fue erguido un parque gigantesco en el norponiente de Santiago, era el ejemplo mismo de la política “al estilo Robin Hood” aplicada por la Compañía de Jesús desde su fundación por el exsoldado vasco Ignacio de Loyola. Para conseguir más financiamiento para el Hogar de Cristo, una de las organizaciones de caridad más grandes y exitosas de Chile, el sacerdote confesaba a la élite y comía en sus mesas.

Que el horror del abuso sexual y moral esté tan cerca de lo mejor de esa iglesia que también protegió con valentía a las víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet y se instaló en las poblaciones más pobres de Santiago, trastorna a gente como mi madre. Ella trabaja de voluntaria en ese mismo Hogar de Cristo, atendiendo a los ancianos que la organización recoge cada noche de la calle para darles cama y comida caliente.

¿Por qué soy católico en el Chile de 2019, después de conocer esas verdades invariablemente amargas?, me preguntan muchos de mis amigos.

La razón son mi madre y otras voluntarias, quienes a pesar de saber que la institución está podrida por dentro y por fuera, siguen ahí, dándole comida, café y conversación a ancianos sin hogar.

Trato de justificar mi fe pensando que esta iglesia que ha hecho mucho mal, tiene como centro y objetivo algo que es para mí esencialmente bueno: que todos los hombres somos Dios y que Dios es la suma de todos los hombres.

No es necesaria una estructura de poder para creer en eso, es cierto, pero quizás no sea malo creerlo en grupo, resistir en comunidad al canto de sirena que predica que ser pobre es un error, cuando en realidad es una forma más plena de vivir. En el mundo de los triunfadores, con líderes como Trump que dicen ganar siempre y están seguros de ser los mejores en todo , mientras quienes no son como ellos son perdedores y fracasados, es necesario recordar una religión para la cual perder es ganar: creer en un condenado a muerte de Galilea, quien, sin dinero ni más poder que su fe, cambió al mundo a base justamente de hacer de su debilidad una fuerza.

Creer también en la fe de mi madre y sus amigas voluntarias del Hogar de Cristo suena romántico e iluso hasta que uno ve a Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, o al propio Trump adornar con palabras como “Dios” y “Jesucristo” sus discursos de odio. Pero es ante lo que ellos representan que el dogma católico —su tradición, su filosofía—, encarnado en el trabajo de voluntarias como mi madre, resulta una forma de resistencia.

Ser católico hoy plantea una paradoja. En la doctrina católica, en lo mejor de su historia —la del austero Francisco de Asís y la del férreo defensor de los derechos humanos en El Salvador monseñor Romero—, hay respuestas a muchos de los desafíos a una política y a una economía enfermas de orgullo y vanidad. Los sabemos quienes hemos aprendido a creer en la fe católica que se mantiene lejos de la pompa del Vaticano: lecciones de política práctica combinadas con una visión de la comunidad y sus problemas que el mundo de hoy necesita con urgencia.

Aunque la iglesia católica no está a la altura del mensaje de solidaridad que debe entregar, y sus actos y omisiones trasmiten valores contrarios a su fe, no es astuto dejarles a los Trump, Bolsonaros y Dutertes de este mundo el privilegio de hablar de Dios y la Biblia. Mucho menos abandonar el ansia de justicia de tantos católicos ante el naufragio y el nihilismo que a la hora de las elecciones explotan los líderes populistas.

Entonces, ¿quién podría hoy llevar ese mensaje a donde tiene que llegar? Gente como los creyentes inmigrantes y enfermos que vi en la iglesia de la calle 23 en Nueva York. Parecen estar tan solos como los primeros cristianos. Pero son millones en el mundo y nos dejan un mensaje claro: después de dos mil años, a los cristianos nos toca volver al punto de partida.

Rafael Gumucio, escritor chileno, dirige el Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales en Santiago. Su libro más reciente es Por qué soy católico.

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