Por qué votaré a Emmanuel Macron

El deber de dirigir Francia y de guiar a los franceses es una ardua tarea. Sé, por experiencia, que gobernar es un arte difícil. Presidir lo supera. Es tarea del presidente representar y defender Francia en el extranjero, proteger y unir a los franceses, y trazar un horizonte para el futuro a largo plazo. Así quisieron que fuera la función presidencial el general Charles de Gaulle y luego sus sucesores. Así la cincelaron. Por eso, la decisión que tenemos ante nosotros es tan determinante.

Ante un contexto internacional que nunca había sido tan inestable desde 1945, en el que incluso se teme un apocalipsis nuclear y al que se suma una situación nacional harto tensa, la decisión se impone sin fisuras. Sería inconcebible que cualquiera que haya ocupado un puesto en nuestras instituciones no se pronunciara en estas elecciones tan cruciales. Y como nunca eludo mis responsabilidades, también quiero expresar las razones políticas que hay tras ellas.

Esta campaña pone de manifiesto el fracaso de las dos familias políticas que durante mucho tiempo han articulado nuestra vida democrática. Encerradas en una oposición sistemática y ávidas de venganza, la izquierda y la derecha, desorientadas por la desafección del degagismo y la implosión que vivió el sistema en 2017, no han sido capaces de renovarse. Como espectadoras de una acción central que aprovecha lo mejor de ambos bandos, yerran el tiro hasta llegar, en ocasiones, a desbordar el campo republicano.

Siento respeto y estima por Anne Hidalgo y Valérie Pécresse. Ambas son republicanas de pura cepa. Pero, por desgracia, son rehenes de los errores de sus respectivos partidos.

La primera no tiene nada que hacer porque la izquierda está fuera de juego y lo seguirá estando mientras no haya roto definitivamente con su franja más contestataria y ciega, alejada de cualquier actitud de Estado. La izquierda está aplastada por ideologías comunitaristas, identitarias y victimarias.

Valérie Pécresse, por su parte, se encuentra atrapada ante la espada de Damocles de la primera vuelta y demasiado a menudo cede ante una parte de su bando que intenta destruir metódicamente el dique de contención que tan pacientemente se había construido contra la extrema derecha desde la época de la liberación.

Una vez más, la derecha republicana, falta de estrategia, confunde la necesidad de afrontar la realidad de cara y proponer soluciones con echar más leña al fuego y caer en todas las trampas de la ultraderecha.

Pero todavía puede restablecer el equilibrio con un discurso responsable, moderado y europeo. Porque si no está presente en la segunda vuelta corremos el riesgo de que acontezca una recomposición preocupante y se forme un bloque nacionalpopulista, el de una derecha radicalizada, que se convierta de facto en la única alternativa.

En 2017 voté por Emmanuel Macron en la primera vuelta. Quería evitar una segunda vuelta entre François Fillon y Marine Le Pen. Mi familia política había renunciado a gobernar. Y hacía tiempo que estaba convencido de que era imprescindible una época de cambios políticos.

Durante más de un año fui diputado y miembro de su mayoría. Todo el mundo sabe que tuvimos nuestras diferencias. Durante la campaña presidencial y luego al inicio de su quinquenio, atrapado por su muletilla de “al mismo tiempo”, con la que decía tener en cuenta principios que parecían opuestos, subestimó las preocupaciones de los franceses en materia de inmigración, inseguridad e islamismo. El laicismo y la República no son victorias definitivas, sino batallas que deben librarse por doquier y a cada instante.

Pero reflexionemos sobre estos cinco años de mandato que ahora llegan a su fin. Recordemos esta sucesión de crisis inéditas (social, sanitaria y ahora internacional) que se sumaron a las ya presentes, permanentes y lacerantes: el terrorismo islámico, el rechazo a la clase política, la inseguridad, el debilitamiento de la escuela y la integración republicanas, la inmigración, la desindustrialización del país y el lastre de la deuda.

¿Quién puede afirmar de buena fe que el presidente de la República no ha dado la cara ante todos estos problemas? Es evidente que se han cometido errores. Pero ¿quién puede decir, por ejemplo, que su consigna ante el coronavirus, el "cueste lo que cueste", no ha sido la respuesta adecuada a las consecuencias económicas de la crisis sanitaria?

A lo largo del quinquenio, Macron también ha aprendido. Ha abordado asuntos de carácter presidencial y ha empezado a actuar. El discurso de Mureaux, en el que enunció la lucha contra los separatismos. La propia ley contra el separatismo. La consulta en materia de seguridad para mejorar las condiciones laborales de nuestras fuerzas del orden. El aumento del presupuesto de Justicia. El compromiso de una reforma de Schengen.

Los franceses saben que la elección de un jefe de Estado no es solo cuestión de preferencia por un programa. Se trata sobre todo de compartir una visión de lo que es Francia y de confiar en alguien capaz de garantizar su fuerza y su seguridad. Tenemos la posibilidad de permitir que un presidente de la República prosiga con su acción y la profundice gracias a la continuidad.

Además, la guerra que ha estallado en nuestro continente, la incalificable agresión a Ucrania por parte de Vladímir Putin, están moviendo todas las fichas del tablero: la defensa europea, el papel de la OTAN, la redefinición de la relación con nuestros aliados estadounidenses, el futuro del G7.

Necesitamos una voz fuerte para repensar las instituciones multilaterales y hacer de una vez para siempre que Europa sea una verdadera potencia, capaz de defender sus intereses estratégicos y sus valores democráticos (encarnados en estos momentos por el valiente pueblo ucraniano). Para hablar con una sola voz, la gran cuestión del siguiente quinquenio.

Como muchos republicanos de todo jaez ideológico, el 10 de abril votaré a Emmanuel Macron.

Se trata de un apoyo que surge de la responsabilidad y la exigencia. También es una apuesta. Aunque la mayoría de los franceses renueven su confianza en el jefe del Estado, los tiempos difíciles que vivimos no desaparecerán.

A pesar de eso, la dirección de los asuntos internacionales y de defensa no podrá ser la misma, la inmigración seguirá siendo un desafío, la inseguridad continuará siendo una realidad, el islamismo seguirá conquistando nuestros barrios, la violencia y las tensiones sociales aumentarán al ritmo de la desconfianza en la clase política.

Si, como espero, el presidente de la República sale reelegido, tendrá que dar un nuevo rumbo a su segundo mandato para reducir de una vez las fracturas entre los franceses y reconciliar al pueblo con la política y la democracia.

En cuanto al cómo, habrá que cortar por lo sano con la conciliación de puntos de vista irreconciliables y actuar con firmeza.

En cuanto a la gobernabilidad, necesitamos una mayoría con más arraigo ideológico y local para no dejar solo al presidente frente al pueblo. Tendrá que surgir un poderoso bando republicano para lo que tendrá que ser una recomposición que estabilice nuestro sistema político. Nos jugamos nuestro pacto democrático.

Estoy convencido de que también será menester un compromiso histórico entre todas las fuerzas políticas y sociales, incluidos los cargos locales, en torno a un programa de resurgimiento nacional para refundar el sistema educativo, reducir las desigualdades, reindustrializar nuestro país, replantear nuestra relación con el mundo laboral, reformar nuestro sistema de pensiones, abordar nuestros déficits públicos y sociales, poner sobre la mesa nuestras políticas migratorias, defender la integración y el mérito, combatir el islamismo o luchar contra el calentamiento global de la mano de la energía nuclear y, por supuesto, intensificar nuestros esfuerzos en materia de defensa. La obra de nuestras instituciones y nuestro sistema electoral no debe escapar a esta necesaria "unión sagrada".

Francia no había tenido que enfrentarse jamás a retos tan grandes. Retos que ponen en tela de juicio, en el plano nacional, su indivisibilidad. Y, en el plano internacional, su espacio singular en Europa y en el mundo. La historia y su vertiente trágica salen a la luz. Corresponde a los franceses decidir libremente su destino.

Mi responsabilidad como antiguo primer ministro y el amor que siento por mi país me obligan a no quedarme de brazos cruzados. Ante los riesgos que se atisban en el horizonte, respaldemos en bloque la única opción posible.

Manuel Valls fue primer ministro francés entre 2014 y 2016.

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