Por si nos tienen que rescatar

Suponga que usted tiene una familia numerosa. Sus hijos, ya mayores, han creado sus familias. Un día viene uno y le dice que no puede pagar su hipoteca. Bueno, para eso están los padres, ¿no? Usted le promete ayuda. Y luego viene otro. Y otro. Y otro le pide que le compre un coche nuevo, porque su banco ya no le da crédito. Y otro le pide su tarjeta de crédito, porque le han retirado la suya. Y usted tiene que hacer reformas en su casa, y aún le quedan algunas cuotas de su propia hipoteca,¿ ¿Está usted en condiciones de hacer frente a todas esas deudas?

Acabo de exponer la situación de la economía española. Usted es el Estado. Los gastos de sus hijos, y los suyos propios, son los de los parados, los ayuntamientos y las autonomías con déficit, los bancos que no pueden acudir a los mercados internacionales para financiarse¿ Ya les ha dicho a todos que se aprieten el cinturón, pero, claro, los hijos quieren conservar su casa, y usted necesita seguir pagando sus deudas¿

Al final se han enterado los abuelos, o sea, la Unión Europea. El enfado ha sido mayúsculo: el buen nombre de la familia y la concordia entre hijos y nietos están en peligro. ¿Están dispuestos los abuelos a ayudar a hijos y nietos? Porque usted no es hijo único, sino que tiene otros hermanos, y, claro, algunos se apuntan a las ayudas (Grecia, Irlanda, quizá también Portugal). Y otros (Alemania, los países nórdicos, Holanda) dicen que bueno, que si hay que ayudar, ayudarán, pero con cuentagotas, porque usted y algunos de su familia han sido siempre unos manirrotos, y ya está bien.

Sí, ya sé que esta es una versión muy simplificada de nuestros problemas en los últimos meses. Pero, a la hora de la verdad, los problemas de los países no son distintos de los de las familias. Y ahora todos nos dan consejos: los abuelos, claro, que nos piden explicaciones; y los bancos acreedores nuestros. Y los amigos (el FMI, por ejemplo, que sabe que tendrá que aportar algunos fondos si, al final, la Unión Europea acaba teniendo que ayudarnos). Y los curiosos (los economistas de todo el mundo, que han encontrado en nuestros problemas un bonito tema de conversación).

Bien. Gracias a todos por sus consejos, y a los abuelos por su buena voluntad para ayudar, una buena voluntad interesada, porque ellos se juegan también muchas cosas, si nosotros dejamos de pagar nuestras deudas: porque los que nos han prestado son, en buena medida, otros miembros de la familia, es decir, los bancos alemanes, ingleses, franceses¿ Pero ¿necesitaremos su ayuda? Nosotros decimos que no, pero el miedo es libre, y nuestros acreedores están nerviosos. De modo que vale la pena que nos pongamos en lo peor. ¿Qué puede ocurrirnos si España necesita el rescate de la UE?

Volvamos al ejemplo de la familia. Los abuelos ya nos han hecho saber que no nos ayudarán gratis. Querrán saber qué vamos a hacer, nosotros y nuestros hijos: cómo vamos a pagar la reforma del piso, qué ingresos esperamos para los próximos años, si podemos vender alguna plaza de garaje que no utilicemos¿ Claro que ya estamos haciéndolo: hemos anunciado dolorosas medidas fiscales, subidas de impuestos, reducciones de gastos, consolidaciones de cajas de ahorros, reformas de pensiones.

También sufrimos ya las consecuencias financieras de nuestra situación: elevadas primas de riesgo, tipos de interés más altos, dificultades para refinanciar nuestras deudas¿ Nada grave si la crisis dura poco tiempo, pero puede serlo si seguimos sin crédito durante muchos meses más. El anuncio del rescate supondría un alivio, pero con problemas adicionales. ¿Hasta dónde querrán ayudarnos los abuelos, es decir, hasta dónde estará dispuesta la UE a sostener la deuda española? ¿Cuáles serán sus condiciones? Y, en definitiva, los acreedores, ¿se fiarán de los abuelos? O sea, ¿puede Europa salvar a España y a los demás países con dificultades? La respuesta es, probablemente, sí, pero, ya lo hemos dicho, el miedo es libre.

En definitiva, con rescate o sin él, ya estamos haciendo los deberes y pagando las consecuencias de nuestros problemas. El impacto del rescate, si hiciese falta, se notaría, sobre todo, en las consecuencias financieras, que ahora ya sufrimos, pero que durarían más tiempo. No nos negarían el acceso a los mercados de crédito -ni siquiera lo hicieron con Argentina cuando suspendió pagos en el 2001-, pero lo tendríamos más difícil y más caro. Y como hemos vivido hasta ahora del crédito, tendríamos que apretarnos más el cinturón.

Los grandes perdedores del rescate serían nuestros políticos. Y, al final, todos tendríamos que replantearnos muchas cosas importantes. Pero, como ya he dicho, eso lo estamos haciendo ya. Lo que no sería bueno es que volviésemos a repetir los errores anteriores. Y menos aún que algunos hermanos se propongan aprovecharse de la crisis a costa del resto de la familia.

Antonio Argandoña, profesor del IESE. Universidad de Navarra.

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