Por un 8-M transversal e inclusivo

De todas las transformaciones que ha experimentado el mundo en los últimos 100 años, ninguna es tan decisiva y tan justa como la del reconocimiento de los derechos de las mujeres. Visto con perspectiva histórica, la lucha por la igualdad ha alcanzado incuestionables logros en un tiempo muy corto.

Se podrían citar cientos de datos que ilustran este progreso, pero para no extendernos baste con recordar que hasta hace 45 años una mujer española no podía abrir una cuenta corriente sin permiso de su marido. O que en 1962 sólo el 20% del alumnado universitario eran mujeres, frente al 55% actual.

Sin embargo, la desigualdad persiste todavía en muchos aspectos de las vidas de las mujeres. Una vez más, citaremos apenas dos ejemplos de los muchos que podrían traerse: sólo el 16% de los puestos de alta dirección en las empresas españolas están ocupados por mujeres. Y, lo más importante, en una ciudad como Madrid, más del 80% de las personas que cuidan a niños, mayores o dependientes son mujeres. Esta asimetría en los cuidados explica buena parte de la desigualdad actual y abordarla es clave para seguir avanzando.

Por un 8-M transversal e inclusivoPor lo tanto, la igualdad entre mujeres y hombres es un camino del que hemos recorrido una parte fundamental pero de cuyo final estamos todavía lejos. Esta es, probablemente, la forma en que lo ve la mayoría de la sociedad. Pero no faltan voces, a derecha e izquierda, que tienen otros puntos de vista. Unos dicen que ya hemos llegado todo lo lejos que había que llegar. Otros, que todos los logros alcanzados hasta ahora son ilusorios y que la sociedad sigue siendo esencialmente tan machista como hace medio siglo.

En los últimos años, estas voces se han hecho más estridentes y han convertido la igualdad entre mujeres y hombres en un campo de batalla cuajado de trincheras. El enfrentamiento es especialmente lamentable cuando se entra en el terreno de la violencia machista, la manifestación más brutal de la desigualdad.

Esto puede tener consecuencias muy negativas para la igualdad. Como todo movimiento, el feminismo fue al principio la solitaria causa, todavía sin nombre, de un grupo de pioneras. De entre ellas, merece la pena destacar a Concepción Arenal, de cuyo nacimiento se cumplen ahora dos siglos. A Arenal y al resto de feministas de primera hora se fueron uniendo paulatinamente más y más mujeres. Desde el principio, la voz pública de todas ellas logró abrir brecha en la sociedad, sacudir conciencias e influir en la agenda política. El feminismo fue transformador desde el principio, pero se convirtió en imparable cuando se hizo transversal, cuando incorporó a mujeres y hombres con ideas muy diferentes sobre la vida y la sociedad.

La transversalidad y el carácter inclusivo de una causa tienen sus servidumbres. Al aumentar el pluralismo, se hace necesario negociar los fines y los medios. A cambio, los avances que se logran en virtud del consenso quedan afianzados y protegidos de los vaivenes políticos.

La polarización actual en torno al feminismo y a la igualdad de género pone en riesgo los avances pasados y futuros. Por lejos que se llegue hoy, es posible que mañana retrocedamos todavía más. Dado que en democracia no podemos dar por hecho quién va a gobernar, resulta muy importante que las principales reformas traigan el sello del consenso. Por tanto, los gobernantes de hoy tienen la obligación de salir de las trincheras y sustituirlas por puentes. Da igual si la tarea parece titánica: el acuerdo nunca es el camino más fácil pero siempre es el correcto.

Es perfectamente posible superar la polarización que se ha instalado en nuestro país a propósito de la igualdad entre mujeres y hombres. No estamos condenados a enfrentarnos, no estamos destinados a aislarnos mutuamente ni a volver a tiempos más oscuros. Las cuatro décadas de democracia que hemos vivido son mucho más que un simple accidente histórico.

¿Queremos símbolos y antecedentes? Precisamente Concepción Arenal nos los ofrece en su propia figura. Cristiana católica de firmes convicciones, tuvo que hacerse pasar por hombre para cursar sus estudios de derecho en la Universidad Central de Madrid. Hoy se la considera la madre del feminismo español y precursora del trabajo social. Es una referencia dentro y fuera de nuestro país. Arenal es un punto de encuentro de la tradición y la religión con la lucha por los derechos y por la igualdad.

Pero si no queremos irnos tan lejos, tenemos antecedentes más cercanos. En 2017, las fuerzas políticas firmaron el Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Es una guía perfecta para continuar por el camino de la igualdad, en este caso en relación con la violencia contra las mujeres.

El mismo espíritu de consenso debería servirnos para otros aspectos como la conciliación familiar y la corresponsabilidad en los cuidados. Así lo entendemos en el Ayuntamiento de Madrid y desde este espíritu estamos trabajando. Hasta ahora la mayoría de las fuerzas políticas hemos sabido aparcar las diferencias y centrarnos en lo esencial: reformas concretas y de eficacia contrastada para reducir la violencia y atender mejor a las víctimas, que se recogieron en una iniciativa con 21 medidas aprobadas muy holgadamente en el pleno municipal del pasado mes de noviembre. Un logro cuyo mérito debe repartirse entre todos los grupos que las apoyaron.

Cuando hablamos de igualdad entre mujeres y hombres hablamos de centros de emergencia para víctimas de violencia sexual o de trata; hablamos de corresponsabilidad en los cuidados; hablamos de escuelas infantiles para facilitar la conciliación; hablamos de campañas de sensibilización. De esto es de lo que hablamos, y no de sutilezas ideológicas en las que tal vez nunca nos pongamos de acuerdo. No se trata de extender culpas genéricas, sino de trabajar juntos para seguir progresando. Se trata, en definitiva, de tomar el relevo de Concepción Arenal, cuya determinación le llevó a impulsar reformas progresistas por las mujeres y los más desfavorecidos.

Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es una gran oportunidad para cerrar heridas. No tenemos que estar de acuerdo en todo, ni siquiera sería positivo que lo estuviéramos. Debemos preservar un espacio para el debate, con toda la pasión que se le pone a las causas que de verdad importan. Todo consenso político supone marcar unos límites que señalen el lugar de encuentro. Pero estos límites pueden ser una alambrada que separe a los buenos de los malos o una línea discontinua siempre abierta para quien quiera pasar. Desde nuestro punto de vista lo importante es reconocer lo conseguido, fijarse nuevos objetivos y buscar el mayor acuerdo posible para decir todos juntos: «Seguimos».

Begoña Villacís es vicealcaldesa de Madrid y Pepe Aniorte, concejal delegado de Familias, Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Madrid.

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