Por un consenso ético-científico

La discusión del aborto es un caso de cómo el comportamiento de los ciudadanos, cuando se refiere a aspectos importantes de la vida, queda supeditado a la legislación del Estado, el cual trabaja por alcanzar el mayor consenso posible sobre temas del bien común. Y, para llegar a tal efecto, es bueno que surja el debate. Sobre este punto, creo que debe intentarse un acuerdo ético-científico, pues la puerta para entrar en esa realidad es común a todos.

«Todo individuo tiene derecho a la vida», proclama la Declaración universal de los Derechos Humanos (Art. 3). Sin duda, todos apostamos por la vida, pero ¿se puede afirmar con seguridad que el embrión es desde el inicio un individuo?

La puerta que nos lleva a descubrir ese cuándo está abierta para todos, también para los que se profesan creyentes. La fe no sirve aquí para resolver el problema del aborto. «No está en el ámbito del magisterio de la Iglesia el resolver el problema del momento preciso después del cual nos encontramos frente a un ser humano en el pleno sentido de la palabra» (Bernhard Haring, autor de la famosa La ley de Cristo, célebre y acaso el más reconocido moralista en la Iglesia católica).

El mismo Vaticano II dejó escritas estas palabras: «La vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado». Pero el texto no determina el «cuándo» de esa concepción. El Vaticano II reconoció la autonomía e inviolabilidad del saber humano, dejando superada la posición anterior de sostener que la Iglesia católica tiene autoridad para interpretar como nadie las verdades incluso de la ética natural. Los católicos deben asumir las verdades científicamente avaladas, aun cuando luego puedan reforzar la estima de la vida desde otras motivaciones específicamente cristianas, pero admitiendo que entre fe y ciencia no debe- ría haber oposición, pues «una y otra están al servicio de la única verdad» (mensaje del concilio a los hombres del pensamiento y de la ciencia).
En general, los católicos han defendido el derecho a la vida «desde el primer instante de la fecundación», pero con exceso, pues tal afirmación no deja de ser una teoría discutida, no un dogma. De hecho, siempre existieron en la tradición cristiana teorías diferentes (teoría de la animación sucesiva defendida por santo Tomás y teoría de la animación simultánea, defendida por san Alberto Magno).

Hoy podemos enumerar dos teorías: las más clásicas, que afirman que el embrión es vida humana desde el principio, y las más modernas, que afirman que el embrión no es propiamente individuo humano hasta después de algunas semanas. Las primeras se apoyan en el hecho de que un embrión lo es por la clave genética de sus 46 cromosomas, que contendría toda su posterior evolución. Las modernas reconocen como factor determinante del embrión los genes, pero los genes por sí solos no acaban constituyendo un individuo humano: se necesitan otros factores extragenéticos –las hormonas maternales, los externamente operativos– para que la realidad del embrión pueda completarse.

Sobre la teoría moderna, argumenta el doctor Diego Gracia: «La mentalidad clásica, que sobrevalora el genoma como esencia del ser vivo, de manera que todo lo demás sería mero despliegue de las virtualidades allí contenidas, es la responsable de que la investigación biológica se haya concentrado de modo casi obsesivo en la genética, y haya postergado de modo característico el estudio del desarrollo, es decir, la embriología… La biología molecular ha permitido comprender que el desarrollo de las moléculas vivas no depende solo de los genes». (Ética de los confines de la vida). «No es fácil decir cuándo aparece la sustantividad humana, pero esto tiene que producirse en algún momento de la organogénesis llamada secundaria, no antes» (Ética y vida, III). «No parece posible que el momento constitucional sea anterior a las ocho semanas… En cualquier caso, el momento es difícil de precisar».

Refiriéndose a su amigo el filósofo Zubiri, Gracia escribe: «Hay que decir que, para el último Zubiri, la suficiencia constitucional se adquiere en un momento del desarrollo embrionario, que bien puede situarse, de acuerdo con los últimos datos de la literatura, en torno a las ocho semanas» (Ibidem). Y añade: «Trabajos como los de Grobstein, Byrne y Alonso Bedate (y con ellos otros muchos) hacen pensar que el cuándo (de la constitución individual) debe acontecer en torno a la octava semana del desarrollo, es decir, en el tránsito entre la fase embrionaria y la fetal… Entonces sí tendríamos un individuo humano estricto, y a partir de ese momento las acciones sobre el medio sí tendrían carácter causal, no antes» (Ibidem).

Quien siga, por lo tanto, esta teoría puede sostener razonablemente que la interrupción del embrión antes de la octava semana no puede ser considerada atentado contra la vida humana, ni pueden considerarse abortivos los métodos anticonceptivos que impiden el desarrollo embrionario antes de esa fecha. Esto es lo que, por lo menos, defienden no pocos científicos de primer orden (Grobstein, Alonso Bedate, J. M. Genis-Gálvez, etcétera).

Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo.