Por un ‘partido antipartidos’

Que no quepa el equívoco. Pese a que los cuadros del PP y el PSOE se nos aparezcan de manera creciente como esas «dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el Presupuesto» que describía Galdós, quede claro desde estas primeras líneas que mi propuesta no es acabar con los partidos sino regenerarlos, obligándoles a cumplir de forma democrática su función constitucional. O sea, que si la Acción Española de Calvo Sotelo concurría a las elecciones de la República bajo el lema Votemos para poder dejar de votar algún día, este partido antipartidos que ahora necesitamos debería proclamar exactamente lo contrario: Votemos para no correr el riesgo de dejar de hacerlo nunca.

Retomemos ahora la cuestión donde la dejamos el pasado domingo: en ese clarividente artículo de El Censor, que en abril de 1822 postulaba la creación de un «partido regulador» que respondiera a «la necesidad de formar un centro que, impasible como la ley y extranjero a los dos partidos, se agregue constantemente al que en cada discusión tenga la razón de su parte».

Fuera Miñano, Lista o Hermosilla quien lo escribiera, su anónimo autor tenía muy presente que estaba apelando a una rara especie de «ilustrados y juiciosos patriotas», porque «para resistir con igual valor a los halagos del poder y a la seducción de la vanidad, para defender el trono con una mano y la libertad con la otra, para oponerse con denuedo al furor de los demagogos y a la bajeza de los cortesanos, para tener con mano firme la balanza en el fiel de la libertad sin permitir que jamás se incline ni a la opresión ni a la licencia, es necesario tener toda la virtud de los Arístides y Catones».

Siguiendo el curso de nuestra Historia contemporánea de la mano del ya mencionado estudio de Fernández Sarasola sobre la participación política en España, esa concepción del «partido antipartidos» reaparece sucesivamente, con distintos matices y dispar fortuna, en la Unión Nacional del Marqués de Viluma; en la Unión Liberal promovida por Pacheco y Borrego que gobernó durante el Bienio Progresista y el final de la era isabelina; en el partido «antipolítico» que promovía Joaquín Costa, también con el nombre de Unión Nacional, para restañar las heridas del Desastre; en el «partido educador» con el que Ortega proponía hacer frente a la «vieja política», a la «corrupción organizada» y, atención, a la «peligrosa disciplina de partido» que veía entrelazadas en la Restauración; en el Partido Centrista, liderado por Portela Valladares con el respaldo e inspiración de Alcalá Zamora, en el 36; y, ya durante la democracia actual, en la UCD, el Partido Reformista, el CDS, UPyD y Ciutadans.

A estos dos últimos, únicas piezas que están hoy sobre el tablero, Sarasola los presenta como ejemplos de lo que denomina «partido de intelectuales» o «partido no profesional», recordando el papel que en un caso tuvieron en su origen los Savater y Vargas Llosa, y en el otro los Azúa, Boadella, Carreras o Espada. También subraya su «ambigua declaración de progresismo que permitiría aglutinar a afiliados con ideología dispar» y su carácter de «híbrido entre partido político y agrupación de electores».

Siendo todo esto cierto, podría parecer una paradoja que al frente de UPyD aparezca como líder indiscutible e incombustible una persona como Rosa Díez, a la que nadie dejaría de catalogar como «profesional» de la política. Pero exactamente eso es lo que pasó también con Adolfo Suárez, cuando se constató que la reforma pacífica de un régimen político –como alternativa a los cruentos cambios revolucionarios– sólo podía hacerla desde dentro alguien que hubiera sido cocinero antes que fraile.

Ahora se necesita algo parecido a lo que ocurrió al inicio de la Transición porque, aunque la actual casta política tenga una legitimidad de origen que no tenía la franquista, su endogamia egoísta, su insaciable ocupación de todas las esferas de la sociedad, su utilitarismo tecnocrático, su retórica vacua, su insensibilidad ante las grandes cuestiones nacionales, su cortoplacismo miope, su tolerancia con la corrupción, su control de la Justicia y de las demás instituciones diseñadas para controlarla a ella, y su manipulación de los medios de comunicación y hasta de la Agencia Tributaria, ha reabierto la misma brecha entre la España oficial y la España real que se empeñó en cerrar Adolfo Suárez.

Está claro que Rosa Díez va a suceder a Suárez en esa galería de dirigentes que, con gran mérito y coraje, trataron de abrir camino a una Tercera España tan alejada de los extremos como inconformista con las rutinas generadas por las madrastras de los intereses creados. Queda la duda de a cuál de los dos Suárez que conocemos emulará. Si hasta ahora ha recogido con acierto el testigo del Suárez que fundó y lideró el CDS, un partido chiquito que no llegó a ser matón, la gravedad de la situación límite a la que estamos llegando requiere que alguien –y hoy por hoy sólo puede hacerlo ella– sea capaz de actuar como el Suárez que promovió la UCD.

Ese es el dilema de Rosa Díez de cara a las próximas elecciones generales: limitarse a encabezar una fuerza compacta como UPyD, con una expectativa de duplicar o triplicar sus actuales cinco escaños y el riesgo de que, hasta en la mejor de las hipótesis, su papel sea tan parlamentariamente irrelevante como lo fue el del CDS; o convertirse en la promotora de una gran coalición electoral a lo UCD en la que, además de Ciutadans-Ciudadanos, quepan otros grupos centristas ya existentes, muchas de las personas decepcionadas con cuanto está ocurriendo en el PP y en el PSOE, y personalidades independientes a las que la partitocracia ha mantenido alejadas hasta hoy de la política.

Por ahora UPyD está en la estrategia de lo que a mediados del XIX se llamaba el partido balancín. De lo que se trataría es de erigirse en balanza, es decir, en alternativa, tal y como acordó su reciente congreso. El descontento con un bipartidismo tan capaz de concertar la excarcelación de los peores asesinos como incapaz de plantar cara a los separatistas; podar el Estado y crear empleo de forma significativa está llegando a tales extremos, que sería imposible ponerle techo a una iniciativa así, abierta e integradora. Además, como en el caso de Falstaff, su ingenio no sólo sería bueno en sí mismo, sino que inocularía de regeneracionismo a los demás.

¡Cuánto me recuerdan hoy las reticencias de Rosa Díez hacia Albert Rivera y su bisoño equipo a las que reconcomían a Suárez en relación con Garrigues, Paco Ordóñez, Camuñas y demás atractivos dirigentes de la llamada «oposición moderada». Pero el «chusquero de la política», con la camisa azul aún en el armario, sabía que ellos podían aportarle lo que le faltaba a él; que viniendo como venían de familias ideológicas enfrentadas al Régimen, complementaban su proyecto político y le permitían presentarlo como una unión entre las dos orillas de las que procedían la mayor parte de los nuevos españoles que anhelaban un cambio sin traumas. Suárez no aspiraba a servir de bisagra entre AP y el PSOE o el PCE, sino a vertebrar la mayoría moderada que apostaba por la democracia; y tuvo la suficiente ambición y grandeza como para conseguirlo.

Rosa Díez debe ser consciente de que su procedencia socialista condiciona y previene a muchos de quienes desde la derecha y el centro simpatizan con sus planteamientos. «Sí, defiende a España… pero es de izquierdas». No hay más que leer la entrevista que publicamos el lunes con Pere Navarro para darse cuenta del simétrico empeño que hay por encerrar a Albert Rivera en el rincón opuesto: «Los de Ciutadans siempre votan con las posiciones de la derecha». Es evidente que la suma, o mejor dicho, la alianza de los dos partidos, neutralizaría ambos clichés y restablecería la verdad de lo que, en realidad, son atractivos proyectos transideológicos enfocados en las grandes prioridades nacionales.

No estoy proponiendo ni su fusión en un solo partido, como erróneamente terminó haciendo UCD, ni siquiera en una federación de partidos como la Unión Liberal bajo O’Donnell, sino su concurrencia conjunta a las elecciones con un programa basado en lo que Costa llamaba medidas «gacetables». Es decir, iniciativas concretas que pudieran llevarse a la Gaceta –hoy diríamos al BOE– con el respaldo de una mayoría parlamentaria liderada por Rosa Díez. Esas medidas compondrían un contrato de límites exactos, no sólo entre la coalición y los electores, sino también entre la coalición y los elegidos, de manera que en todo lo que no hubiera quedado expresamente incluido, personas de procedencias y opiniones diversas pudieran votar en conciencia, sin estar sometidas al castrador «mandato imperativo» de las cúpulas de los partidos.

Ya sólo esta innovación, tan potencialmente contagiosa, revitalizaría la vida parlamentaria infundiendo en los debates la veracidad de la incertidumbre. Pero si examinamos además los que a mi modo de ver deberían ser los cinco principales ejes de ese programa-contrato, constataremos que servirían de banderín de enganche a millones de españoles:

1.– «Promover el enriquecimiento del país y la baratura de la vida aumentando la potencia productiva» mediante «la simplificación de las ordenanzas», «la supresión de intermediarios», la «represión constante del fraude», la «rebaja de impuestos» o «la apertura de nuevos mercados en el extranjero».

2.– «Abaratar la Patria, simplificando la organización política y administrativa que, además de resultar excesivamente costosa, constituye una traba para el desenvolvimiento de las actividades individuales». Eso implicaría «reducir el personal en dos terceras partes cuando menos» para «desacostumbrar a las clases medias del parasitismo burocrático e irlas encarrilando hacia la industria y el trabajo de forma que dejen de ser una carga para los que trabajan y producen».

3.– «Pagar a las clases desvalidas y menesterosas la deuda contraída con ellas por las clases directoras y gobernantes… en forma de mejoras beneficiosas para la masa del pueblo… llevando a la Gaceta las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, enseñar al que no sabe y consolar al triste, que es el pueblo».

4.– «Afianzar la libertad de los ciudadanos, extirpando el caciquismo… abatiendo el poder feudal tanto de los diputados y senadores de oficio como de sus hechuras y de sus hacedores, teniendo a raya a su principal instrumento, los tribunales, cuya organización urge transformar, y más aún, su organización, su espíritu servil y despótico al mismo tiempo».

5.– «Contener el movimiento de retroceso y africanización del país y hacerlo europeo, no sólo mediante todo lo anterior, sino también, y muy principalmente, renovando hasta la raíz sus instituciones docentes, poniendo el alma entera en la escuela de niños y sacrificándole la mejor parte del Presupuesto… prendiendo fuego a la vieja Universidad, fábrica de licenciados y proletarios de levita, y edificando sobre sus cimientos la Facultad moderna, despertadora de las energías individuales, mandando todos los años al extranjero legiones de jóvenes sobresalientes».

Comprendo que se hayan quedado sin aliento ante la contemporaneidad de este programa. No en vano nació con el siglo… pasado, pues fue presentado por Joaquín Costa el 3 de enero de 1900 en su legendario discurso del Círculo Mercantil de Madrid. Se titulaba ¿Quiénes deben gobernar después de la catástrofe nacional? Intelectuales como los que promovieron UPyD y Ciutadans deberían empezar a responder esta pregunta. Y con ellos los demás. Necesitamos, sí, encontrar a nuestros Arístides y Catones.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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